Raíces que trascienden
Por: Julieta de Diego de Fábrega
Muchas veces me he preguntado a qué se debe la excelencia
en las artes: ¿a un asunto genético, herencia
mixta de una maravillosa mezcla de razas y culturas nacidas
a la sombra de nuestra bandera, o simplemente a una dedicación
meticulosa al trabajo, mezclada con una gran dosis de valentía?
Lo cierto es que, de cualquier forma, es un privilegio nacer
en un país en el cual ciertos compatriotas han logrado
que el nombre de nuestra pequeña Patria sea reconocido
internacionalmente, aun a costa de importantes sacrificios
como abandonar la tierra que los vio nacer. Este es el caso
de tres panameños, pertenecientes a distintas generaciones
y orígenes, pero todos con un mismo deseo de superación
y amor a la música. A ellos, y a los muchos otros
que se han atrevido a perseguir sus sueños, les dedicamos
estas páginas.
Roque
Cordero: un alma sin arrugas
A sus 85 años, don Roque Cordero tiene mucho que
contar. Las sabias enseñanzas del maestro afloran
en cada frase, lo cual es de esperarse viniendo de una persona
que por más de cincuenta años se dedicó
a enseñar. Su especialidad: la composición
musical.
Además de la docencia, Cordero es internacionalmente
reconocido como un compositor de primera calidad y sus obras
han sido ejecutadas en importantes escenarios alrededor
del mundo. Prueba de su talento son los múltiples
premios y reconocimientos que ha recibido. En 1949, se hizo
acreedor a la Beca Guggenheim para estudiar creación
musical, siendo el primer panameño en recibir ese
honor y apenas el sexto latinoamericano. Por otro lado,
la Universidad de Hamline le otorgó, en 1966, un
Doctorado Honorario, y Panamá lo honró, en
1982, con la Orden Vasco Núñez de Balboa en
el grado de Gran Cruz.
Cordero fue elocuente al contarnos su historia. “Mire”,
me dijo, “yo soy hijo de un zapatero de Santa Ana;
mi padre era un artista en lo que hacía, un ejemplo
a imitar”. Y así prosiguió la conversación
que nos llevó a conocer la candidez y aplomo de este
hombre, para quien el secreto de la eterna juventud consiste
en “no permitir arrugas en el alma, pues se verían
en el rostro”.
“Mi intención ha sido conseguir que a través
de mi música el nombre de mi país logre reconocimiento
mundial” declaró Roque Cordero en una entrevista,
y quien observe su hoja de vida no puede menos que concluir
que lo ha logrado. En 1941, Don Roque se inició como
profesor de música en el Colegio Artes y Oficios
“Melchor Lasso de la Vega”. Dos años
después, recibió una beca para estudiar Educación
Musical en Estados Unidos. Entonces conoció al Maestro
Dimitri Mitropoulos y éste, luego de ver la partitura
de Capricho Interiorano, una de las composiciones de Cordero,
le ofreció pagar sus estudios bajo la tutela del
reconocido compositor vienés Ernst Krenek. La supuesta
estadía de nueve meses duró siete años.
En 1950, Cordero regresó a Panamá con la
intención de quedarse, pero como director y profesor
del Instituto Nacional de Música y luego como director
de la Orquesta Sinfónica Nacional no encontró
el apoyo económico necesario para cumplir sus planes.
Así, optó por regresar a Estados Unidos, esta
vez como subdirector del Centro Latinoamericano de Música
y Profesor de Composición en la Universidad de Indiana.
Sus últimos veintisiete años de docencia transcurrieron
como profesor distinguido de composición musical
en Illinois State University, de donde se jubiló
en 1999.
Yomira John: de Pueblo Nuevo a París
¿Quién iba a pensar que una chiquilla inquieta
que creció entre Pueblo Nuevo y Puerto Armuelles
y que una vez soñó con ser profesora de niños
discapacitados, terminaría cantando con Luis Miguel
y Ricky Martin o llevando nuestra música hasta el
viejo continente?
Confirmamos una vez más que no hay sueño
imposible cuando hay voluntad, sobre todo la de dejar todo
por un reto. Este es el caso de Yomira, una audaz chica
cuya niñez fue rica en travesuras y actividades artísticas,
como su participación en el “Segundo Festival
Juvenil Silvia de Grasse”, donde representó
al Instituto Comercial Panamá, su alma matter. Por
esos años, la profesora Cecilia Machado la instó
a inscribirse en el Conservatorio Nacional para tomar clases
de canto y propició su primer contacto con el Maestro
Jorge Ledezma y el Coro Música Viva. Con ellos compartió
momentos maravillosos que consolidaron su amor por la música.
Su tío Carlos “el Cañonero” Mendoza
(exboxeador) vivía en México y la convenció
de que siguiera sus estudios allá, asegurándole
que podría seguir cantando. Así, obtuvo una
media beca para pagar sus estudios de educación especial
y partió hacia ese país. En 1989, la crisis
política de Panamá y la escasez de dinero
la hicieron dudar sobre sus planes, pero a través
de una amiga consiguió trabajo en una discoteca en
Acapulco. Poco después, conoció al cantante
español Joseles, quien le ofreció trabajo
en un prestigioso bar del Distrito Federal y, como ella
misma dice, cuando el público la escuchó “¡zas!
Comenzó otra historia”.
Luis Miguel la vio actuar y al día siguiente la
contrató para su coro, un trabajo que tuvo por casi
tres años. Sucedió lo mismo con Ricky Martin,
con quien se identificó muchísimo. Sin embargo,
sentía que “le faltaban sus raíces,
necesitaba cantar desde el corazón, le faltaba el
tambor y la panameñidad”. Ya tenía planes
para grabar su primer CD cuando conoció a Damien
Provoust, su actual esposo, quien la apoyó moral
y económicamente en la producción de “Así
son pá los pela´os!”, su primera producción.
Juntos exploraron posibilidades y finalmente decidieron
radicarse en París, donde Yomira nos cuenta que el
público francés la “descubre con gran
asombro y cariño”. Pienso que quizás
porque disfruta interpretar los temas que hablan sobre lo
cotidiano de los pueblos latinos, los que presenta con “mucha
energía y pasión”. La Radio Latina,
en París, promueve su disco compacto y sus giras
están dando a conocer su estilo, que parece gustar
mucho en el viejo continente.
Erika Ender Simões: la chica que
se atrevió a soñar
Erika Ender tiene sólo 27 años y ya ve su
nombre aparecer junto al de grandes artistas de la canción.
Quizás no los acompaña en el escenario, pero
de su pluma nacen las canciones que aumentan su fama y reconocimiento.
Desde los dos años, empezó a ver en la manguera
de su ducha un micrófono y desde ése, su primer
escenario, empezó a cantar. A los nueve, escribió
sus primeras canciones y a través de programas infantiles
como “Chiquibum” y “Dominguito”
descubrió el mundo de la televisión. Además
del apoyo incondicional de sus padres, Erika tropezó
con la profesora Ana Cecilia Plicet, quien fue determinante
en el desarrollo de su creatividad. En 1990, ganó
el primer premio en el concurso “Vístete de
Patria”, con la poesía “A mi Bandera
Perdida”. Años más tarde, obtuvo el
primer lugar como intérprete en el Festival Nacional
de la Tamborera con “Panamá la Verde”,
que le abrió muchas puertas.
“Cuando yo sea grande me iré a Miami a trabajar
para ser una gran artista” pensaba Erika, y a los
22 años emprendió el viaje real. No fue fácil
y Erika considera que lo más duro de ser compositora
es “ser persistente y no rendirse”, sobre todo
en una actividad que históricamente ha sido dominada
por los hombres.
Oir sus temas interpretados por Chayanne, Azúcar
Moreno y Elvis Crespo, entre otros, la emociona muchísimo.
Que “Candela” haya sido escogida como “Mejor
Canción Pop del Año” por ASCAP (American
Society of Composers, Authors and Publishers) la emociona
aún más. Y todos los panameños que
asistieron al concierto de Chayanne, en Atlapa, también
tuvieron la oportunidad de sentirse orgullosos al escuchar,
de boca del artista, una mención especial para nuestra
querida Erika.
De Panamá extraña a su familia, pero en Miami
tiene a su esposo quien, como manifiesta Erika, “ha
hecho de mis sueños los suyos”, sueños
que espera seguir realizando día a día.
Tres rostros, tres panameños comprometidos con la
excelencia, que se mantienen unidos a la Patria a través
del cordón plateado de su música. Tres artistas,
que orgullosos de sus raíces, encontraron en ellas
el vehículo hacia el éxito.