¡Casi
me muero!
Por: Gladys Navarro de Gerbaud
Pocas cosas resultan más intrigantes que pensar en nuestra muerte.
Lo desconocido e incierto del tema lo hacen desaparecer de nuestro diario
vivir, hasta que un día, y sin querer, nos topamos con personas
que han estado a punto de abandonar este mundo sin previo aviso.
Quienes han pasado por esta experiencia reevalúan sus vidas,
a menudo cambian sus prioridades y analizan, a conciencia, si su perspectiva
de existencia es la más correcta, un ejercicio espiritual que
no nos vendría mal a todos los demás.
Tomás Francisco (Pancho) Guardia
Escoffery
"De
repente, entrando al puente, oí un ruido espantoso, como si
fuera un temblor. Era el bus que venía cayendo, para encima de
nosotros".
Esta es una de las memorias más claras que tiene Pancho Guardia
del accidente que casi le quita la vida. Eran las 7:20 de la noche y
regresaba, junto a su esposa, de una boda en el interior. Nunca imaginaron
que, menos de diez minutos después de haber entrado en la Interamericana,
chocarían con un bus que acababa de colisionar con un camión,
dejando un saldo de doce muertos. Cuando vieron el bus de frente que
venía deslizándose volteado desde una loma, no había
hacia dónde tomar. Pasó rastrillando el lado en el que él
manejaba, y su carro se salió de la carretera, chocando contra
un cerro que había a un costado.
Diez minutos después, con una enorme herida en el brazo izquierdo,
con ocho costillas rotas y el bazo roto, Pancho despertaba de la inconsciencia.
A su esposa no le pasó nada. Por la magnitud del accidente que
se había producido, fue cerca de la una de la madrugada que pudo
llegar al hospital en la ciudad de Panamá. Era el sábado
19 de junio de 1999, el día antes del Día de Padre. Pancho
sólo tenía 50 años, un año más que
la edad en que murió su padre, el Ing. Tommy Guardia.
A partir de ese momento y hasta el 20 de septiembre de ese año,
día en que salió del hospital, sólo tiene vagos
recuerdos. En realidad, fueron tres meses de agonía constante
por complicaciones inesperadas. Aparte de extraerle el bazo, causante
de una hemorragia interna, el estado de sus pulmones era preocupante.
Pero lo más grave es que su delicado estado de salud fue cultivo
fértil para adquirir una bacteria nosocomial, de aquéllas
que sólo se encuentran en los hospitales. A partir de entonces,
tuvo un paro renal y fue conectado a una máquina de diálisis;
y sufrió un paro pulmonar y fue conectado a un respirador, el
cual nunca se le pudo quitar. Estuvo cuatro semanas en cuidados intensivos
y rebajó 50 libras. En tres ocasiones los doctores dijeron: "no
pasará la noche". Dos veces su hijo fue traído del
extranjero para el último adiós.
Pero no era su turno de partir. ¿Lo salvó ese antibiótico
supuestamente obsoleto que finalmente logró combatir la infección
o fueron las constantes plegarias de sus seres queridos? En cualquier
caso, Pancho se salvó y su vida empezó de nuevo. ¿Vio
algo? ¿Tuvo alguna experiencia sobrenatural? "Sólo
tuve un sueño interminable, con muchísimos episodios angustiosos,
en uno de los cuales me llevaban a enterrar pensando que estaba muerto.
Fue terrible", nos cuenta.
Para Pancho, lo más importante de esta experiencia fue que lo
llevó a valorar y agradecer lo que tenía. Y es que hoy
Pancho Guardia es un hombre distinto, quien a diario se cuestiona: ¿Qué hago
aquí? ¿Cuáles son mis prioridades? ¿Estoy
cumpliendo mi responsabilidad con el prójimo? "Si Dios me
dio la oportunidad de vivir de nuevo, tengo que aprovecharla. El trabajo
es importante, pero más importante es mi familia. Ahora trato
de ser más consciente de que debo hacer el bien, trato de no pelear
o regañar por cualquier cosa, y tomo todo con más calma. ¡Qué lástima
que para cambiar tu vida tengas que pasar por algo así!".
Dra. Marisín Villalaz de Arias
"Me
sonreí, porque me di cuenta que no iba a morir".
Nunca pensó que le pasaría algo así, menos a ella,
otorrinolaringóloga de profesión y, por lo tanto, conocedora
de los trastornos del cuerpo. Quizás el dicho: "en casa de
herrero, cuchillo de palo" se aplica perfectamente en el caso de
doña Marisín, quien a pesar de sufrir de intensos dolores
de estómago por meses, no prestó mayor importancia a su
pesar. Cuando lo hizo, ya casi era muy tarde. Con una terrible úlcera,
llegó a urgencia con una hemoglobina de 5.9, cuando lo regular
para una mujer es de 12 o 13. Tenía sólo 47 años
y casi muere desangrada.
"Me sentía sumamente débil, muy mal. De inmediato
me pusieron una transfusión de sangre pero, como doctora, veía
que estaba muy lenta y le pedí a mi madre que buscara a una enfermera.
En ese momento, sentí que me elevaba y subía hasta una
especie de superficie donde vi a mucha gente que conocía. Se veían
pequeñas y todas estaban muy contentas. Cuando iba llegando, caí en
cuenta que significaba que iba a morir y empecé a pedirle a Dios,
con todas mis fuerzas, que no me llevara, porque tenía dos hijos
muy jóvenes. ¿Qué sería de ellos? Entonces
sentí que empezaba a bajar, hasta volver a la cama", nos
relata doña Marisín.
Al día siguiente, la operaron del estómago. Aunque fue
un procedimiento difícil, a juicio de los doctores el peor momento
de su gravedad fue cuando llegó al hospital. Incluso uno de ellos,
sin conocer su experiencia sobrenatural, le preguntó qué había
sentido al estar tan cerca de la muerte.
Hoy, a sus 72 años y con una energía contagiosa, doña
Marisín reflexiona sobre esta experiencia que le hizo ver y vivir
la vida de otra forma. Nos dice que a partir de ese día realizó que
era mortal y que podía morir joven. Por eso, se propuso vivir
a plenitud cada minuto que tuviera en sus manos. Haciendo honor a esta
promesa, su perseverancia innata se fortaleció para enriquecer
una carrera y una docencia médica que acabó a los 63 años,
y para brindar apoyo total a la Cruzada Civilista, aun en los momentos
más riesgosos.
"Me di cuenta que no valía la pena mortificarse tanto y
me volví un tanto filosófica, siguiendo la línea
del pensamiento: si tienes un problema y tiene solución, ¿para
qué te preocupas? Y si no tiene solución, ¿para
qué te preocupas? Luego de casi morir, me apegué mucho
más a la vida, siendo más positiva que antes, proponiéndome
cosas que a veces la gente no entendía. Y es que nunca descanso,
pues todavía tengo mucho por hacer y mucho que ver".
Dr. Juan Francisco de la Guardia
"Uno
está en esta vida para hacer algo, y hacerlo bien".
Corría el año de 1977 y a Juan Francisco, de 22 años,
sólo le faltaba un semestre para graduarse de médico. Regresaba,
en carro, de pasar vacaciones en Guatemala, en compañía
de un primo. Luego de cruzar la frontera entre Nicaragua y Costa Rica,
la llanta delantera izquierda explotó y su auto chocó de
frente contra un camión que venía en dirección opuesta.
Su primo murió al instante y Juan Francisco quedó en coma
por cuarenta días. Nadie sabía si despertaría, menos
aún cómo estaría al hacerlo. En ese lapso, sufrió cuatro
paros cardíacos, cinco paros pulmonares, tuvo diabetes insípida,
convulsionó y tuvo innumerables daños, incluyendo la fractura
de seis costillas que todavía permanecen mal alineadas. Al despertar,
tenía limitaciones serias: el lado derecho del cuerpo estaba paralizado
y tuvo que aprender a caminar, escribir y hablar de nuevo.
La experiencia de estar al borde de la muerte le hizo comprender que
la vida era pasajera y que Dios le había dado otra oportunidad.
Por eso, se impuso vencer todos los obstáculos de una ardua rehabilitación
y, gracias a su perseverancia, a los seis meses logró regresar
a la universidad.
Los años pasaron y premiaron su actitud: se realizó profesionalmente
como otorrinolaringólogo, cuya asociación hoy preside.
En lo personal, formó una hermosa familia y, en 1994, recibió la
Orden "Manuel Amador Guerrero", en Grado de Gran Oficial, por
su desempeño como presidente del Cuerpo de Delegados del Tribunal
Electoral. Entonces ocurrió lo inimaginable: a los 43 años,
nuevamente estuvo a punto de morir. Fue en 1998, cuando se sometió a
un CAT (tomografía axial computarizada) para diagnosticar las
causas de ciertas molestias en el pecho. Como parte de la prueba, había
que inyectar yodo en el cuerpo, lo que en Juan Francisco produjo una
reacción alérgica severa que ocasionó un choque
anafiláctico, del cual pocas personas se salvan.
En esa ocasión, Juan Francisco quedó inconsciente y experimentó algo
que nunca había sentido. "Sentí que caminaba inmensamente
feliz hacia personas que nunca logré reconocer, pero a medida
que me acercaba a ellas mi felicidad aumentaba. Era una sensación
maravillosa de una paz que jamás había sentido. De repente,
todo se explicaba por sí solo. Me recriminaba por haberme puesto
bravo y por haberme preocupado por tantas tonterías. Entonces
sentí que me estaban tratando de despertar, y disgustado ansiaba
que me dejaran, porque estaba feliz".
A partir de ese momento, su vida fue otra. Haber vivido esa experiencia
le confirmó que hay un más allá y que nos están
esperando. Fue una vivencia que lo marcó y lo hizo cambiar su
escala de prioridades, cuestionar su existencia y tomar todo con más
calma. "Además de convertirme en una persona mucho más
humilde, me llevó a analizar: ¿Para qué me pones
estas cosas en mi camino? ¿Para qué me das más tiempo? ¿Qué esperas
de mí? Y desde entonces me he entregado mucho más a Dios,
buscándolo en las cosas pequeñas y dedicándome mucho
más a mi familia".
Martha Cucalón de Guerra
"Le toqué la puerta y me dijo que todavía tenía que
hacer algo abajo".
Dos días después de haber cumplido 35 años, el 27
de noviembre de 1993, Martha se sometió a una operación
para separar ciertas adherencias entre sus ovarios e intestinos. Como
cualquier tratamiento quirúrgico, existían riesgos, pero
nunca considerados mortales. Ya en su habitación, al caminar Martha
sintió gases incómodos, que poco a poco se convirtieron
en dolores abdominales insoportables. Le administraron medicamentos para
el dolor y así pasó las siguientes 72 horas. Lo que ni
Martha ni los doctores sabían era que, a pocas horas de salir
de la operación, se le habían perforado los intestinos
en un lugar que suponen quedó demasiado débil.
Desde ese momento, el estado de salud de Martha empeoró considerablemente.
Estuvo 19 días en cuidados intensivos, quince de ellos inconsciente.
Le hicieron dos operaciones para lavar sus intestinos y aminorar la septicemia
que le invadía el cuerpo. Por su débil situación,
en cuidados intensivos adquirió otra bacteria. "Me combatían
una, y salía otra", nos cuenta. Aparte, en un procedimiento
se le perforó uno de los pulmones y fue conectada a un respirador
artificial. La trataron veintidós médicos distintos. En
una de las crisis, sus familiares fueron informados que quizás
no pasaría la noche y su hermana viajó del exterior para
despedirse de ella.
Pero a Martha no le tocaba partir. Menos de un mes después de
la operación original, logró salir de cuidados intensivos.
Tenía tantos deseos de vivir, que no vaciló en fijarse
difíciles metas de recuperación y olvidar los dolores,
cicatrices e incomodidades de los tratamientos. El 23 de enero de 1994
logró salir del hospital, y, después de poco más
de un mes, estaba de vuelta en su trabajo. Sin embargo, su vida cambió significativamente
a raíz de esta experiencia. Meses después logró tener
esa niña que ella y su esposo habían anhelado por más
de diez años. Se volvió una persona más apegada
a Dios y le agradece esa misión que puso en su vida: criar a su
hija. "La vida toma otro valor", nos dice, "aunque no
tengo la misma fuerza física que antes y sufriré de problemas
digestivos por el resto de mis días, soy feliz, muy feliz".
Alfredo (Fello) de la Guardia D.
"Vi a mi ángel y era una belleza".
Tenía 56 años y era un hombre bastante saludable. Caminaba
regularmente y llevaba una vida tranquila. Pero cuando las emergencias
llegan, lo hacen sin avisar, aunque se trate de algo tan común
como un catarro mal cuidado, y eso fue lo que le pasó a Fello.
En menos de lo que imaginó, y principalmente debido a que se autorrecetó y
no le dio a su cuerpo oportunidad para recuperarse, el catarro se convirtió en
una "leve" pulmonía. Ingresó en el hospital esperando
salir en tres días, pero su estadía se extendió a
casi un mes. Aparte de estar diez días en cuidados intensivos,
desarrolló septicemia, sufrió un paro cardíaco,
tuvo un paro renal y los pulmones inhabilitados. Los doctores esperaban
lo peor y alertaron a la familia que un transplante de corazón
quizás sería necesario. Su hijo viajó del exterior
para poder verlo antes de morir.
"Luego de ingresar al hospital, como estaba débil me infecté con
una bacteria tan fuerte que en dos días me dejó en cuidados
intensivos y no había antibiótico capaz de combatirla.
Al poco tiempo, me hicieron una punción en los pulmones y eso
ayudó", nos cuenta. Fello estuvo al borde de la muerte y,
al despertar de su inconsciencia, narró que había visto
a su ángel, al cual incesantemente señalaba en una esquina,
maravillado. "Allí, en la pared, estaba, con una túnica
blanca que tenía un brillo especial. El pelo era largo, de color
amarillo intenso, y la cara como de una niña de siete años,
pero no la pude distinguir bien. Luego de verla, sentí mucha tranquilidad
y paz. Mi esposa después me confesó que ese día
le habían estado rezando a los ángeles", nos cuenta.
La experiencia de casi morir dejó en Fello huellas muy profundas.
Se siente más católico, más caritativo, y mucho
más sensitivo al dolor y las necesidades de los demás. "Dios
me quiso dejar aquí más tiempo y, aunque no le temo a la
muerte, quiero seguir viviendo. Me encanta compartir con mis hijos, ver,
mientras vivo, que son felices y ayudarles en lo que pueda. Definitivamente
creo que hay un ser divino que nos protege y que a algunos, como a mí,
nos da otra oportunidad".
Son historias impresionantes, de gente común y corriente que
un día, por circunstancias inesperadas, vuelven a vivir. Pero
lo más increíble es que todos ellos, sin excepción,
regresan fortalecidos y enriquecidos espiritualmente, con enseñanzas
divinas que los llevan a vivir cada día con más humildad,
con más deseos de disfrutar de las pequeñas cosas de la
vida junto a sus seres queridos y con más ímpetu para realizarse
como individuos a través de la ayuda a los demás. Dios
les dio otra oportunidad y ellos la han sabido aprovechar siendo mejores
personas... y, quién sabe, si parte de su misión sea que
los demás comprendamos la importancia del mensaje, que se han
dado la tarea de transmitir desde que "volvieron a nacer".
Fotos: Ariel Atencio.