La grandeza de
lo cotidiano
Por: Julieta de Diego de Fábrega
"El verdadero viaje del descubrimiento no consiste
en buscar nuevos paisajes sino en mirar con ojos nuevos". Proust
Entre las definiciones de grandeza que encuentro en el Diccionario
de la Real Academia de la Lengua Española hay una que dice:
Elevación de espíritu, excelencia moral. Delibero sobre
estas cinco palabras pues, por alguna razón, no concuerdan
con la imagen que el común de los ciudadanos tiene de grandeza. “Grande
es aquél que dejó un legado a la humanidad”,
contesta generalmente la persona a quien se le pide una definición
del término.
Entramos entonces a batallar con legado. ¿Será una
obra física, como el Taj Majal o el Canal de Panamá? ¿Será una
magnífica aventura literaria, como Hamlet o Cien Años
de Soledad? ¿Será una hazaña histórica,
una religión, un código de ética, un invento
o una foto en sepia de la abuela? Obviamente todo lo anterior califica,
pero de alguna manera excluye a la mayoría de la población
del mundo de llegar a ostentar el título de “Grande”.
Sin embargo, siguiendo la línea de la definición oficial
del término, la excelencia moral parece relativamente accesible,
lo cual nos da a todos la posibilidad de aspirar a la grandeza. Mohandas
Gandhi dijo, en una ocasión, que él se consideraba
una persona promedio y que estaba totalmente seguro de que cualquier
hombre o mujer podía imitar sus logros con tan sólo
hacer el mismo esfuerzo. Entonces, si Gandhi era un hombre promedio,
con habilidades promedio, lo único que nos separa de la grandeza
es la voluntad de serlo, no sólo como entes individuales,
sino como nación.
Toda nación aspira a ser grande, a ser más que una
zona verde en un Mapamundi y Panamá no es la excepción.
Estamos a escasos meses de la celebración del Centenario y,
aunque cien años parezcan una eternidad, para un país
son pocos. En lo que a vida republicana se refiere, apenas estamos
empezando a caminar. Nuestras fronteras nos permiten disponer de
escasos 78,000 kms2, ante lo cual sería válido preguntarse
cómo un territorio tan pequeño puede convertirse en
una gran nación.
Irónicamente, las grandes interrogantes casi siempre se resuelven
con respuestas sencillas, accesibles a la persona común. Podríamos
concluir, entonces, que si cada panameño decide desarrollar
al máximo sus habilidades, cumplir al pie de la letra con
las obligaciones propias de su edad y ser un ciudadano responsable,
tendríamos como resultado un país maravilloso. Es así de
fácil: la grandeza, como cualidad perdurable, se compone de
una multitud de pequeños actos bien hechos y no discrimina
en lo que a profesiones se refiere.
¡Es tan grande la madre que se ocupa en cuerpo y alma del
bienestar de sus hijos, como el estadista más encumbrado que
tiene a su cargo el funcionamiento de un país! ¡Es tan
grande el niño que, como esponja, se sienta en su salón
de clases a absorber cada gota de conocimiento, como el científico
que dedica todos sus esfuerzos a crear la vacuna contra el SIDA!,
porque para ocupar la silla frente al microscopio, ese científico
fue, primero hijo, y luego estudiante.
¡Y es tan grande el maestro que tiene a su cargo cinco niños
en una escuelita rural, como el profesor que maneja cien mentes privilegiadas
en la Universidad de Harvard!, pues con su esfuerzo podría
lograr que los primeros llegaran donde están los segundos. ¡Es
tan responsable del aseo de una ciudad el que tiene a su cargo cien
camiones recolectores de basura, como el que se abstiene de tirar
papeles por la ventana de su auto!
Y al final, es la suma de todas estas “pequeñas
grandezas” lo que produce una sociedad equilibrada
y sana, capaz de trabajar al máximo, divertirse
al máximo, compartir al máximo y ser
modelo para otras sociedades. La excelencia de una
nación existe gracias a la excelencia de cada
uno de sus ciudadanos, una excelencia que, probablemente,
no pondrá nuestro nombre en los libros de historia
pero que, seguramente, puede convertir 78,000 kms2
en uno de los países más grandes del
mundo.
El Banco General en su campaña del Centenario, ¡Vive
Panamá!, nos permite ver, dentro del corazón de seis
panameños que representan al ciudadano común, la satisfacción
que les da tomar con entusiasmo sus responsabilidades habituales,
enalteciendo así cada una de las actividades que practican.
Y al observar en sus ojos el brillo que da el sentirse orgullosos
de lo que hacen, no podemos menos que sentir el deseo irreprimible
de empezar a desarrollar nuestros propios talentos.
Enseñar con el ejemplo ha probado ser una pedagogía
eficaz. En la práctica es sencillo y en la mayoría
de los casos el modelo individual es imitado por una población
más extensa, a saber: nuestra familia, nuestro barrio, nuestra
ciudad, nuestro país. Para hacer esta patria grande, sólo
debemos seguir reglas sencillas y no preguntarnos: ¿qué hiciste?,
sino: ¿cómo lo hiciste?.