Mamás
especiales
Por:
Gladys Navarro de Gerbaud
Ser madre no es tarea fácil. Requiere abnegación,
dedicación y mucho amor. Pero cuando ese
ser que trajimos al mundo nos sorprende y, con
su sola presencia, interroga todas nuestras convicciones
y creencias, para luego convertirnos en mejores
personas, mucho más humanas y fuertes, es
entonces cuando comprendemos que el papel
de una madre tiene muchos matices, a
veces insospechados para el resto de la sociedad.
¿Cómo cambia la vida al tener un
hijo especial? ¿Qué es lo más
difícil y, por otro lado, lo más
valioso de ser una madre especial? ¿Qué se
hace cuando se tiene un hijo especial? Son preguntas
difíciles y, a la vez, realidades vividas
a diario por muchas mujeres, quienes deponiendo
intereses personales se vuelcan a la tarea de sacar
adelante a sus familias, de la mejor manera posible.
Agradecemos la gran sinceridad y confianza de Clelia,
Vivian y Coqui, quienes nos abrieron no sólo
las puertas de sus hogares, sino las de sus corazones,
con la esperanza de ayudar a otros a superar situaciones
difíciles.
Clelia de Dianous de Arango
"De todo en
la vida, tienes que hacerte una mejor persona. Dios
quiere que aprendamos a
ser felices".
Clelia tiene 37 años y, hace tres, dio a
luz a una hermosa bebé a quien bautizaron
con el nombre de Carlota María. La dicha
era grande: después de dos niños,
llegaba la anhelada mujercita. Pero, aunque todo,
incluso los reportes médicos, indicaban
que era una bebé normal, había "algo" que
preocupaba a la familia. Carlota María tenía
un "sustito" constante, lo que luego
describirían como "el reflejo del
moro". A los dos meses y medio, luego de
un electroencefalograma y una resonancia magnética
(MRI), se comprobó que Carlota María
tenía parálisis cerebral. Hasta el
día de hoy, no se sabe qué lo causó,
ni si llegará a hablar o a caminar.
Al principio fue terrible. Clelia, al igual que
su esposo e hijos, estaban muy confundidos. La
presión causada por la situación
y la incertidumbre de no saber si estaban haciendo
lo correcto, los estaban consumiendo. Cuando pensó que
ya no podría aguantar más, una larga
conversación con el mismo sacerdote que
había bautizado a Carlota María alivió su
zozobra y la llevó a aceptar su realidad,
después de tres meses de constante sufrimiento. "En
este momento, no se le puede pedir a Dios salud,
sino paz para poder saber qué hacer. La
mujer tiene mucha responsabilidad de velar por
el bienestar de su familia", le dijo el padre
sabiamente. Y Clelia siguió sus consejos.
Le pidió a Dios que la ayudara y al Espíritu
Santo que le concediera el don de la paz. Se sintió iluminada,
su sensación constante de angustia cesó y
empezó a tomar todo con más calma. "Comencé a
ver las cosas desde otro punto de vista, definiendo
lo que era más importante y tratando de
eliminar todo lo negativo en mí",
nos contó.
¿Qué ha pasado desde entonces? Carlota
María ingresó al I.N.M.F.R., antiguamente
C.R.I., donde diariamente asiste a terapia de 8
de la mañana a 12 mediodía. Cuando
tenía dos años, viajó al Children´s
Hospital, en Philadelphia, Estados Unidos, donde
los exámenes revelaron que los pronósticos
iniciales no habían mejorado. Pero esto,
que para cualquiera sería una tragedia,
para Clelia ha sido una prueba que Dios les puso
y que la ha hecho cambiar drásticamente. "Lo último
que se pierde es la esperanza. Esta prueba tan
dura me ha hecho aprender a gozar y atesorar cada
momento que paso junto a mis tres hijos. Por eso,
decidí dedicarme de lleno a ellos, para
darles todo el amor y la fortaleza que me fuera
posible. Ahora, más que nunca, me llena
mucho más estar con cada uno de ellos, ayudarlos
a estudiar, estar con Carlota María, abrazarla...",
nos dijo Clelia, con una serenidad y seguridad
impresionante.
Y es que Clelia no sólo se ve, sino que
realmente se siente feliz. Como nos comentó en
algún momento, todo está en la actitud,
en la forma como reaccionamos a las pruebas que
se nos presentan. No todo es color de rosa en su
vida: no ha sido fácil explicarle a los
hermanos de Carlota María el por qué de
esta experiencia, ni lidiar con las secuelas emocionales
y económicas que involucra tener un hijo
especial en casa, pero tomando una cosa a la vez
y manteniendo su espíritu enriquecido, Clelia
y su familia han logrado grandes resultados. "Ella
es un ángel que Dios puso a vivir con nosotros
y nos ha enseñado muchas cosas. Hay que
gozarla y quererla como es, a su manera. Ella es
discapacitada, pero es feliz, lo único que
es distinta. Si alguien a quien estimara mucho
le pasara algo así, le diría que
lo más importante es obtener la paz para
aceptar la realidad y, luego, poder decidir qué hacer
con su vida. No vale la pena desesperarse, ni sentir
lástima por uno mismo. Luego de haber sido
testigo de la gran valentía y fortaleza
diaria de cientos de mamás quienes, con
menos recursos y ayuda, sacan adelante a sus hijos
especiales, no me puedo sentir mal, más
bien agradecida por todo lo que he aprendido gracias
a Carlota María".
Vivian Fernández de Torrijos
"Dios
me puso este reto en la vida con un propósito".
Vivian tiene 37 años y tuvo a su primera
hija, Daniela, hace diez años. Aunque todo
parecía ir bien en su embarazo, cerca de
las 30 semanas empezó a sentir que la bebé no
se movía. Como consecuencia de una placenta
calcificada, Dani, como cariñosamente la
llaman, no se estaba alimentando ni desarrollando
apropiadamente. Nació a las 31 semanas,
siendo una bebé prematura con muchas complicaciones.
Para Vivian y su familia fueron momentos muy difíciles.
Los dos primeros meses, Dani los pasó en
cuidados intensivos, entre la vida y la muerte.
Tuvo mucho sufrimiento intrauterino, sus pulmones
no se habían desarrollado completamente
y su cerebro no había madurado lo suficiente
en ciertas áreas, lo que luego resultaría
en un retraso motor considerable. Definitivamente,
no era la mejor experiencia para una madre primeriza.
La primera pregunta que toda madre de un niño
especial se hace es: ¿Por qué a mí?
Aún cuando nunca consideró lo que
les ocurrió como una desgracia, Vivian también
pasó por esa faceta de diversos cuestionamientos.
En el camino, otros padres de niños especiales
se solidarizaron con su familia y una persona allegada
le recomendó apoyarse en el estudio de la
Biblia, lo cual fortaleció su fe y le ha
brindado una guía en la vida desde ese momento.
Así, inconscientemente, Vivian empezó a
cambiar la pregunta de: ¿Por qué a
mí?, a: ¿Para qué a mí?
Y la respuesta que encontró la hizo crecer
como persona. "Son situaciones muy personales
que te hacen fortalecerte espiritualmente y comprender
que lo más importante es lo que llevas dentro.
Dani es muy fuerte y bella en su interior, tiene
un carisma y una simpatía únicos,
y eso nos enseñó a todos a aceptarla
así. También, en lo personal, me
hizo aprender a aceptar las diferencias de las
personas de una forma totalmente natural y a comprender
a muchísimas mamás que están
peor que yo y que, día a día, luchan
por sus hijos. Creo que ese era el propósito
de esta prueba que Dios nos puso".
¿Cómo manejaron la situación?
Lo primero que hicieron fue empezar con las terapias.
Dani tenía un buen pronóstico: si
se le ayudaba, luchando podría salir adelante.
Así, Vivian se puso ese reto en su vida
y, poco a poco, las cosas empezaron a mejorar.
Dani asistía continuamente al antiguo C.R.I.
ya que para Vivian, así como para muchas
otras mamás que atraviesan por situaciones
similares, era ideal encontrar la atención
integral de un centro que manejara todas las áreas
en las cuales Dani necesitaba mejorar. "Las
mamás no debemos escatimar en terapia para
nuestros hijos. Es de suma importancia que, en
cuanto al niño se le diagnostique algo que
requiere terapia, se le brinde. Requiere de mucha
paciencia y se invierte muchísimo tiempo
y esfuerzo, pues hay un largo camino por delante,
pero realmente se nota el cambio. No puedes conformarte",
nos comentó.
¿Ha sido difícil? Definitivamente,
sobre todo por la cantidad de tiempo que hay que
dedicarle a los tratamientos, un tiempo valioso
que consumen a la madre y al hijo. "Siempre
les digo a otras personas con hijos especiales
que los gocen al máximo, que no se los pierdan
mientras crecen por estar obsesionadas con los
avances. No debemos perder el tiempo viendo lo
que el niño no hace, sino disfrutar de lo
que sí hace. Aparte, no hay nada que saque
más adelante a estos niños que el
amor". ¿Qué hacer para que
los demás aceptaran la realidad? Tratar
a Dani como cualquiera de sus hijos, criándola
con disciplina e involucrándola en todas
las actividades familiares. "Si la madre
da el ejemplo, los demás la seguirán",
nos dice convencida, y agrega: "Todavía,
al día de hoy, estamos trabajando en la
parte motora, pero Dani ha superado muchísimas
barreras, incluso aprender a caminar fue algo inmenso.
Quizás lo más reconfortante de tener
una hija especial sea vivir con ella cada pequeño
logro y saber que, después de pasar por
tanto y saber cómo llegó a casa,
hoy en día lee, escribe y asiste a la escuela
como cualquier otra niña de cuarto grado".
Coqui Calderón de Augrain
"La vida continúa y hay que seguirla. Que
te tengan lástima es lo último que
quieres".
Coqui tiene 66 años. Vanesa, su hija, 28.
Quienes conocen a Coqui saben que, aunque a los
38 años el doctor le hubiera advertido los
riesgos de un embarazo a esa edad, ella no le hubiera
hecho caso. Soñaba con tener otro hijo.
Vanesa nació con Síndrome de Down
y fue muy impactante para toda la familia. Surgió la
tristeza inicial y, lo peor, el no saber a qué atenerse,
pues nadie espera que le suceda algo así.
La pregunta: ¿Por qué a mí?
se repetía una y otra vez en la mente de
Coqui, y no encontraba respuesta. "¿Por
qué no?", nos dice hoy en día,
segura de que cuestionar la realidad, aunque común
en las madres de hijos especiales, no es lo más
apropiado.
¿Cómo lo llegó a aceptar?
Después de pasar por un proceso largo y
doloroso. Cuando finalmente dejó de interrogarse,
es cuando logró sobreponerse y empezó a
actuar. Para ayudar a Vanesa a desarrollar sus
potenciales, empezaron por ingresarla a un programa
establecido por el instituto Glenn Dowman, en Estados
Unidos. Coqui se entrenaba por un período
de tiempo allá y luego realizaba un plan
riguroso de trabajo diario para Vanesa, en Panamá.
Tuvo mucha ayuda de I.P.H.E. y de instructores
que hacían su tarea más llevadera,
desde lograr que Vanesa se arrastrara, gateara
y luego caminara varios kilómetros al día,
conforme iba creciendo, hasta fortalecer sus potenciales
intelectuales mediante el flujo constante de información.
Hoy día, Vanesa entiende tres idiomas, pinta
hermosos cuadros, se graduó de auxiliar
de oficina y mantiene un buen estado de salud físico,
cuya dieta siempre es vigilada de cerca por su
madre, para evitar "trampas" a la hora
de comer de más, una de las debilidades
más notables de Vanesa.
Lo que en un momento pensaron sería una
tragedia para la familia, realmente fue una bendición.
No quiere decir esto que no han habido momentos
difíciles: ¿Cómo manejar la
independencia de un ser que anhela comportarse
como adulto, pero no lo es? ¿Cómo
lidiar con la reacción inconsciente de la
gente que siente lástima por tu hija, haciéndole
daño al permitirle lo que a cualquier otra
criatura le negarían? ¿Cómo
ayudarla a socializar en una cultura donde los
discapacitados son, generalmente, marginados? Pero
todo eso se ha ido manejando, poco a poco, y lo
que ha resultado es una familia para la que Vanesa
lo es todo. "Es una bendición de Dios
tener una hija como Vanesa", nos cuenta Coqui. "Ella
es el centro de mi casa, es mi hogar. La alegría
de la familia. Se hace querer y quiere sin condiciones.
Es un ser lleno de alegría, amor, cariño.
Es incondicional".
¿Qué significó para Coqui
tener una hija especial? "Me hizo cambiar
completamente. Yo era una persona muy enfocada
en mí y, de repente, me tuve que volcar
totalmente en otra persona. Crecí, me humanicé y
se acabó cualquier egoísmo. Un hijo
es parte de uno y uno hace lo que sea por él.
Cuando tienes un hijo especial empiezas a ver la
vida de otra manera, a enfocarla de forma distinta,
más humana. Te das cuenta de las desgracias
ajenas y eres mucho más vulnerable a la
realidad de los demás. Piensas más
en el resto del mundo". En cuanto a la actitud
que debe tener una madre en estas circunstancias,
Coqui no piensa que es de héroe, sino más
bien de balance. "La mamá pone la
pauta de cómo tratar el problema y los demás
la siguen. Sólo la mamá puede llevar
un caso así adelante. Además, no
es el fin del mundo, es otro problema más
que hay que resolver en la vida. Todas las situaciones
tienen sus partes buenas y malas, y hay que buscar
lo bueno".
Una vez leí un escrito que decía
que Dios le daba a cada mujer la carga que pensaba
podría soportar. Una madre especial tiene
una personalidad, una independencia y una fortaleza "diferentes".
Ella sabe sacar a su hijo de su mundo propio y,
con amor, enseñarle a ser feliz, aceptándose
como es. Un reconocimiento a todas aquellas madres
que, con gran valentía, dignidad y, sobre
todo, humildad, forjan un mejor mañana para
aquellos seres maravillosos y especiales que
trajeron al mundo.
Fotos: Silvia Grunhüt
/ Space 67.