La
muerte de un hijo, un amor infinito
Por: Giselle De La Hoz de Martínez

Empezar estas líneas ha tocado fibras profundas dentro de mí...
cada instante que me disponía a escribir, veía como mi pecho palpitaba
aceleradamente y mi respiración se acortaba. Finalmente, sentada frente
a mi ventana, observando la profundidad del mar y la oscuridad de la madrugada,
tomé la pluma y me dispuse a escribir... palabras inspiradas por el espíritu,
transparentes y humildes.
Sumergida en la tristeza en donde puedo ver, sentir y oler el dolor de no
tener a mi hijo a mi lado, me mueve el deseo de comunicar mis sentimientos,
reacciones, reflexiones y creencias, inspirada por el valor de irradiar esperanza
a aquellas familias que en este momento están padeciendo la desgarradora
experiencia de perder un hijo. Ojalá este rayito de luz ilumine a aquellos
hogares que tienen la fortuna de no sentir este vacío, tomando conciencia
de nuestra vulnerabilidad como seres humanos para así poder enfrentar
el sufrimiento o la muerte de los demás.
La experiencia personal
¡Cuántas veces hemos deseado fervorosamente una vida feliz, sin dificultades,
sin sufrimientos! Sin embargo, esa existencia es meramente utópica e
inhumana. Lamentablemente, nuestro existir está condicionado por la
dificultad y por alguna forma de sufrimiento. Se necesita valor para enfrentar
el dolor que causa la muerte de un hijo, se necesita el apoyo, hasta del que
no nos conoce, con su oración. Se necesita coraje para arrancar el miedo,
un miedo que invade, que paraliza, una tristeza que nos envuelve e inestabiliza,
unas culpas que se entierran como agujas por todo el cuerpo noche y día,
añorando cada amanecer de un nuevo día tener a ese hijo adorado
con nosotros.
Piero Rafael murió el 27 de junio de 1998, cuando tenía 5 años
y medio, a consecuencia de un accidente con un arma de fuego en el Valle de
Antón. Esa noche llena de nubes oscuras, con llovizna, mil preguntas
llegaban a mi mente... ¿Sufrió antes de morir? Se asustó? ¿Cómo
enfrentar la vida sin él? ¿Por qué a mi hijo le tocó esto? ¿Qué mal
he hecho yo para merecer este castigo? ¿Qué voy a hacer sin mi
hijito? ¿Qué será de mi otro hijo, Paolo, con una madre
triste toda su vida? Estas fueron, una y otra vez, las preguntas e imágenes
que me torturaban, rodeada de muchos seres queridos que deseaban aliviar nuestro
dolor. Doy gracias a esos abrazos, rezos, llamadas de preocupación y
largas horas escuchándonos, que nos permitieron sobrevivir esa primera
etapa.
Enterrar mi hijo... despedirme, preguntarle a Dios dónde estaba mi
pequeño: "¿Esa vida eterna realmente existe?" "Si
eres tan bueno: ¿Por qué te lo llevaste?..." "Permítele
a la Virgen tenerlo en sus brazos". Mi corazón se me desgarraba,
no podía llorar, sentía que el dolor encarnado en mis entrañas
no iba a salir. Sentía que no iba a poder vivir. Quise estar a su lado,
sentí que había fracasado como madre, cuestioné la existencia
misma de la vida, se desmoronaban mis cimientos, mis valores, mis creencias.
Mi familia, sin Piero, no era familia. Hablar de él constantemente y
ver algunas de sus fotos me confortaba.
El camino del duelo está lleno de miedos, culpas, resentimientos, impotencia,
pasividad, vacío y odio. Son sentimientos que aterrorizan, que juzgamos
en nosotros mismos, dolorosos de enfrentar y, a veces, irreales, provocados
por nuestras fantasías. ¡Si tan sólo pudiésemos
entender, desde niños, nuestra propia vulnerabilidad, nuestras limitantes,
nuestros errores, pudiésemos acariciarnos con mucha más benevolencia,
misericordia y paciencia! Con frecuencia los sentimientos de culpa que nos
agobian son reales, en cuyo caso es saludable enfrentarlos, razonarlos y perdonarnos.
Este acto de humildad nos permitirá enseñar a nuestros hijos
a enfrentar la adversidad y situaciones dolorosas.
La pareja
Cuando evoco el pasado, confirmo que mi esposo estuvo y está a mi lado,
largas horas y días de desvelo, mirando hacia el techo y buscando respuestas
a nuestro dolor. Hoy, él, mi compañero, es quien escucha mi dolor,
quien seca mis lágrimas, quien agarra mi mano, me abraza y algunos momentos
es mi bastón para caminar.
Pero en ese momento, tener que enfrentar mutuos reproches, culpas, amargura
nos hizo vivir momentos difíciles. Sumergidos en la tristeza, reaccionando
explosivamente al dolor y, algunas veces, no comprendiendo el silencio, la
falta de comunicación nos empujó a recurrir a ayuda psicológica
y espiritual, reconociendo el compromiso y la responsabilidad que teníamos
hacia nuestro matrimonio y hacia nuestro otro hijo. Esto nos permitió decir
lo que sentíamos sin herirnos, respetando el dolor de cada uno, sin
juicios y conscientes de que solamente juntos podíamos recuperar nuestra
estado emocional y, por ende, apoyar a nuestro hijo.
Hoy día, a través del dolor entrañable que sentimos por
no tener a Piero, estamos concientes de nuestro amor. La risa de mi esposo
me contagia, su perseverancia me anima, su deseo de cambiar y crecer interiormente
me hace respetarlo más, y su tristeza y dolor de padre me hacen llorar.
Los otros hijos
Cuando miro las fotos de mis tres hijos, Piero Rafael, Paolo Francesco y
Leonardo Stefano, siento una dicha inmensa por el regalo que Dios me dio.
A veces me detengo a ver la foto de Paolo y me conmueve la tristeza que lleva
en su alma de que su hermano, compañerito, no estará a su lado
compartiendo su cuarto, el partido de football, sus juguetes. Lo admiro por
lo valiente que ha sido y me entristece que a tan temprana edad conoció el
sufrimiento. Paolo tenía cuatro años cuando su hermano murió.
Los hijos sufren mucho por el hermano que murió y sufren el hecho de
ver que sus padres no volverán a ser los mismos. Ellos quieren ser notados
y recibir la expresión del amor de sus padres, a pesar del dolor que
sienten por el hijo que murió.
Hoy puedo sentir ese amor pleno de tener a Paolo y luego a Leonardo, quien
nació dos años más tarde. Es maravilloso poder abrazarlos.
A veces miro el cielo y veo cómo las estrellas brillan, entonces me
acerco a ellos y siento que son luceros que brillan en mi vida, que me hacen
agradecer a la vida por la dicha de tenerlos a mi lado. Todas las noches beso
a mis dos hijos en la frente y le pido a Dios que me enseñe a protegerlos
y a enseñarles a enfrentarse a la adversidad.
Dios
Independientemente de cuál sea nuestro credo religioso, todos tenemos
una dimensión espiritual que no podemos soslayar y que nos viene de
un Ser Supremo. Cuando perdemos un ser querido, algunos nos aferramos más
a Dios que otros. Algunos se distancian de Dios por meses y años.
En muchos instantes experimenté rabia hacia Dios, sentada largas horas
donde está el Santísimo, cuestionando del por qué... Muchas
noches, cuando me disponía a cerrar mis ventanas, miraba al cielo, un
cielo estrellado y preguntaba: "Dios mío, ¿cuál
de esas estrellitas representa mi hijo...?
A través de talleres de perdón y del perdón espiritual
he podido experimentar el proceso de auto-perdonarme y perdonar. A través
de mis oraciones, he encontrado la paz, amor y esperanza, y me siento unida,
a través del dolor, con aquellas familias que sufren por la perdida
de un ser querido. Esta es la manifestación de Dios en mi vida.
Reflexiones
Han pasado cinco largos años, cada junio que transcurre siento que mi
dolor se apacigua y es menos intenso. Cada aniversario de muerte, fecha de
su cumpleaños, día de la madre, me sumerjo en la soledad de mi
recámara, describo mi tristeza en poemas, participo de los rituales
de la iglesia, comparto mi tiempo con mi esposo, hijos y con aquellas personas
que me brindan el espacio para compartir mi tristeza.
A lo largo de estos años, he aprendido, aún cuando sé que
no volveré a ser la misma, a vivir cada alegría y cada tristeza
con intensidad. Admito mis errores con menos soberbia, me trato con benevolencia
y paciencia. He aprendido que toda acción y decisión tienen una
consecuencia y que su resultado no depende estrictamente de nosotros. Que no
tengo control sobre todo lo que ocurre a mi alrededor. Que los hijos pueden
morir antes que los padres. Que le tenía miedo a la muerte. Que fui
y sigo siendo una buena madre, pero no perfecta. Que la plenitud se encuentra
dentro de mí, no en lo que me rodea.
Transformar las culpas y el dolor ayudando a los demás
A medida que el tiempo transcurría y que me encontraba en noches y días
oscuros, me preguntaba qué hacían aquellas personas que no contasen
con el apoyo familiar, social, económico para enfrentar su dolor, sobretodo
en los casos de experiencias traumáticas, tales como los casos que involucraban
la pérdida de niños y adolescentes. Allí nació la
idea de reunirnos un grupo de padres, moderado por una terapeuta, buscando
esperanza en el dolor. En julio del año 2000, la Fundación Piero
Rafael Martínez De la Hoz abre las puertas a la comunidad para devolverle
las ganas de vivir a aquellas familias a las que su dolor no les permitía
ver la luz.
A través de la labor que hace la Fundación le he encontrado
un significado a la vida de Piero Rafael. He aprendido a cuidar, valorar y
amar más la vida; a no juzgar el dolor y la forma de reaccionar del
que sufre. A respetar la autonomía de cada ser humano y el derecho a
ser diferente. Aprendí que el haber vivido esta pena no significa que
no pueda tener otras penas. Y, sobretodo, aprendí, que el recuerdo y
el legado que dejó nuestro hijo perdurará en nuestros corazones
y el de aquellos que lo conocieron, y que su semilla de amor seguirá germinando.
Esperanza en el dolor
A aquellos padres que han perdido un hijo, mi deseo es de que con estas líneas
puedan encontrar esperanza en el dolor. A pesar de que, en muchos momentos,
la tristeza les impedirá ver la luz, navegando en la oscuridad del dolor,
un dolor entrañable que año tras año irá siendo
menos intenso, hay muchas personas a su alrededor que estarán dispuestas
a ayudarles, tal vez sin saber cómo. Somos nosotros quienes podemos,
a través de nuestro trayecto, permitirles brindarnos su hombro para
apoyarnos.
Respetemos el sufrimiento
Respetar significa valorar a los demás. Extendamos este respeto valorando
al que sufre, aprendiendo a no juzgar, a ser empáticos, a ponernos en
el lugar del que sufre, ya que, aunque nos parezca difícil e injusto,
la muerte es un hecho inevitable que a todos nos afectará. Contribuyamos
a una sociedad más sensible, respetuosa y humana. El no tomar conciencia
de nuestra propia vulnerabilidad nos dificultará enfrentarnos al sufrimiento
o la muerte de los demás.
Cada duelo es individual y circunstancial y, quizá, estas reflexiones
para algunos no sean más que palabras huecas, sin contenido. Sin embargo,
estoy segura que habrá otras personas que las valoren y, entre líneas,
puedan encontrar el valor y la paz para enfrentar su propio dolor, tal como
lo hice yo.