Historias
que la naturaleza quiere contar
Por: Eva Aguilar

A la naturaleza, hace ya unos años que no le va muy bien. Indefensa ante
la expansión del ser humano, la naturaleza quiere contarnos acerca de
su fragilidad. Por ejemplo, de lo mucho que tarda un águila arpía
en empezar su etapa reproductiva y los pocos polluelos que puede traer a la vida,
mientras que el hombre ha tardado escasos años en poner a esta majestuosa
ave en un serio peligro de extinción. Y si es por contar, también
puede decirnos que no es inmortal: una vez que una especie de animal o planta
desaparece de la faz de la Tierra, jamás vuelve a resurgir.
Pero hay secretos que la naturaleza todavía guarda y que también
está dispuesta a revelar. Y, si se lo permiten, también le gustaría
hacer un trato: si el ser humano la cuida, ella le aportará beneficios
y prosperidad.
Escuchar a la naturaleza y transmitir sus mensajes es un trabajo que exige
establecer estrategias bien definidas. Estrategias que van acompañadas
de un lenguaje compuesto por palabras llenas de vida como biodiversidad, ecosistemas,
especies, genes, que no a todo el mundo le interesa aprender, ni siquiera entender.
“La naturaleza no le interesa a todo el mundo. Por eso los productos
de comunicación relacionados con la protección ambiental deben
llevar un ingrediente primordial: ser necesariamente entretenidos para poder
plantarle trincheras a esa cultura horrible del talk show”, dice Alejandro
Balaguer, uno de esos periodistas que se ha pasado gran parte de su carrera
sirviendo de mediador entre el lenguaje humano y el de la vida natural.
Fotógrafo profesional, Balaguer nació en Argentina hace 45 años,
20 de los cuales ha vivido en Perú. Sus trabajos sobre la naturaleza
y el costumbrismo latinoamericano se han publicado en revistas como “National
Geographic”, “Geo”, “Time” y “Newsweek”,
entre otras, y ha sido corresponsal fotográfico de la agencia de noticias
Associated Press.
En Perú, Balaguer es el director de la Asociación Andes y Mares,
una organización periodística que difunde criterios de conservación
de la naturaleza, de turismo sostenible, y de rescate y difusión del
patrimonio cultural.
Su trabajo como divulgador de temas ambientales y científicos lo trajo
a Panamá en el mes de julio del año pasado. Aquí encontró suficientes
razones para pasar 20 días del mes en Panamá y apenas los otros
10 en Perú. Y así, desde septiembre es el director editorial
de la Fundación Albatros Media, una empresa que él llama la “hermana” de
Andes y Mares, porque su objetivo es convertirse en una plataforma que ayude
a los panameños a valorar sus recursos naturales.
Estrategias de guerra
En Panamá, Alejandro Balaguer tuvo un estreno de lujo: el Parque Nacional
Coiba. “Llegué a Panamá y enseguida me fui para Coiba,
como si fuera un preso”, ríe Balaguer. Para entonces se empezaba
a discutir en el pleno de la Asamblea Legislativa la ley que debe proteger
el parque. Un grupo de científicos e investigadores, que conocían
el trabajo de Balaguer en Perú, lo invitaron a Panamá para que
pusiera en práctica sus estrategias de comunicación a favor de
la conservación de la que se ha convertido en la más controversial
de las áreas protegidas.

Balaguer encontró en Coiba un lugar de características ecológicas
que lo hacían merecedor de una atención especial: un territorio
insular formado por un 85% de bosque primario con grandes porciones que jamás
han sido pisadas por el hombre, además de que la isla es el refugio
de 147 especies de aves, entre ellas especies que no se encuentran en ningún
otro lugar del mundo como el colaespina de Coiba, así como el águila
crestada, el colibrí gorgizafiro, el saltarín coludo y la guacamaya
bandera, cuyas poblaciones han desaparecido en el resto del país.
En sus aguas, el parque alberga 1,700 hectáreas de arrecifes coralinos
y comunidades de coral, lo que constituye la mayor extensión de arrecifes
coralinos continentales del Pacífico oriental. Además, en los
mares de Coiba han establecido su hábitat ballenas jorobadas, orcas
y diversas especies de delfines, y es un semillero de peces como el dorado
y el atún.
Balaguer tenía muy claro de qué forma iba a utilizar toda esta
información. “Hace unos años desarrollé una fórmula
para, a través de una serie de productos periodísticos, crear
una campaña de prensa donde aplicamos la dinámica de cobertura
de un enfrentamiento armado a una expedición con fines científicos
e investigativos”, cuenta el periodista.
En otras palabras, en vez de filmar y documentar a militares y desplazados
de una guerra, filman sus propias aventuras en los lugares que recorren y recogen
las opiniones de los pescadores, científicos, indígenas y de
todo aquel que de alguna manera tenga una opinión o se vea afectado
por esa continua controversia que se produce entre el hombre y la naturaleza.
De las expediciones a Coiba salieron tres documentales de tre
s a cinco minutos
que ya se han transmitido por una televisora local. En una de esas aventuras
encontraron dos delfines varados en una playa. Después de permanecer
toda la noche fuera del agua, ambos mamíferos parecían perder
las pocas energías que les quedaban a consecuencia del fulminante sol
que caía sobre ellos.
Balaguer y su equipo, compuesto únicamente por cinco personas, cogieron
a los delfines en brazos y se metieron con ellos en el agua, en un intento
por reanimarlos. “Era como cargar a un ser humano”, dice Kevan
Mantell, buzo profesional y gran conocedor de las profundidades marinas de
Coiba, quien trabaja como productor de campo en el equipo de Albatros.
El documental resulta dramático e incluso un poco angustiante porque
los delfines pasan un rato sin moverse. El equipo de Albatros se resiste a
darse por vencido y finalmente ambos mamíferos, animados por la frescura
del agua y sintiéndose en su ambiente, empiezan a nadar y terminan por
alejarse de la playa.
Además de estos cortometrajes, el plan es desarrollar una serie de
seis documentales de 30 minutos cada uno, también para televisión,
que recibirán el nombre de “Bitácora” y que se realizarán
en forma de un diario de viaje durante las expediciones a áreas naturales.
La Fundación Albatros Media también distribuye material periodístico
de forma gratuita a un periódico local y, a través de una radio
de cobertura nacional, transmiten en directo desde lugares alejados gracias
a la ayuda de teléfonos satelitales, como si se tratara de una agencia
de noticias pero para la naturaleza.
Pero ahí no queda todo. Existe un proyecto de un libro que se llamará “Panamá desde
el aire” y que recogerá las fotografías que Balaguer ha
tomado en diversos lugares desde un avión. Igualmente, se publicará un
libro para niños de fauna panameña que incluirá animales
como las águilas arpías, los monos cariblancos, las guacamayas,
ballenas, cocodrilos y caimanes.
“Al mostrar las bellezas naturales y acompañarlas con algunos
mensajes tratamos de ir creando un sentido de pertenencia en la gente, que
digan esto es mío”, explica Balaguer. Albatros se sostiene con
recursos propios que le permiten invertir en productos que dentro de tres años
podrían ayudar a sostener la empresa. También cuentan con el
apoyo de empresas privadas que empiezan a creer que invertir en la conservación
y en la educación es una forma de responsabilidad social.
Cocodrilos que practican surf
Si bien Coiba fue el paraíso natural con el que la Fundación
Albatros Media vio su origen, Panamá tiene muchas más cosas que
mostrar. En julio, Alejandro Balaguer y su equipo seguirán a las ballenas
jorobadas que llegan al Archipiélago de las Perlas provenientes de ambos
polos. Un fenómeno muy poco estudiado que, sin embargo, ocurre todos
los años muy cerca de nosotros.
Panamá parece tener lo suficientemente maravillado a Balaguer como
para entretenerlo por lo menos durante los próximos dos años,
después de los cuales la estrategia de comunicación será dirigida
también al resto de los países de Centroamérica.
“Para mí, Panamá ha sido una sorpresa”, reconoce
Balaguer. “En los últimos 20 años, en mi casa no me han
visto la cara porque he estado recorriendo los cinco continentes, desarrollando
un montón de proyectos, y pensé que ya nada me asombraba. Sin
embargo, la imagen que tiene cualquier extranjero de Panamá proviene
de un vacío de información que lo llena únicamente el
Canal de Panamá. Esa percepción cambia cuando llegas aquí y
tienes la suerte de ver ese Panamá profundo que no se muestra: Río
Caimito, donde hay unos bosques primarios increíbles; San Blas, Darién,
todo el Archipiélago de las Perlas, donde en un solo día vimos
hasta 15 tiburones ballena de casi 20 metros; y Coiba, en cuyas playas vírgenes
he visto cocodrilos corriendo olas como si fueran surfers”.
De acuerdo con Balaguer, la investigación científica y la educación
ambiental que se va a desarrollar tiene que ver directamente con el desarrollo
de las comunidades locales, porque el turismo sostenible de bajo impacto que
se genera alrededor de actividades dentro de áreas protegidas produce
millones de dólares.
Sin salir del continente, sólo Costa Rica genera ocho millones de dólares
al año en recursos derivados del buceo en la Isla de Cocos, donde llegan
personas de todo el mundo dispuestas a pagar mucho dinero por ver tiburones
y ballenas. Y las islas Galápagos recaudan para Ecuador 200 millones
de dólares anuales en ecoturismo.
“Para un buzo, ver un tiburón ballena es como para un escalador
llegar a la punta del Everest”, asegura el director editorial de Albatros.
Y, para la naturaleza, saber que alguien está dispuesta a escucharla
y transmitir su mensaje, es haber encontrado el modo perfecto para dar a conocer
esas historias que quiere contar.
Fotos cortesía de Alejandro Balaguer, Fundación
Albatros Media.