¡Yo
quiero llegar a los 90…!
Por: Carlos A. Leiro P., Ph.D.
Cuando murió mi padre, a los 75 años de edad, yo tenía 40,
y pensé que había sido bueno para mí haber podido disfrutar
de mi padre hasta esa edad. Cuando él murió, yo me sentía
maduro y preparado –si es que puede haber tal cosa- para afrontar esa pérdida.
Sin embargo, me hubiera gustado que él y mis hijos –sus nietos-
se hubieran disfrutado más. Saqué cálculos y me puse a pensar
que me gustaría que mis hijos tuvieran la misma oportunidad de tener a
su papá vivo y sano, por los menos hasta que ellos tuvieran la edad que
yo tenía cuando murió mi papá, o, si era posible, mucho
más.
Eso empezó mi búsqueda de información y me llevó a
hacer varios cambios en mi estilo de vida, como hacer ejercicio regularmente
y comer un poco más sanamente. En mi búsqueda de información,
descubrí cosas interesantísimas, como la importancia de la respiración,
la alimentación baja en grasas, la relación entre salud dental
(si ¡dental!) y la longevidad, la importancia de la Vitamina E y del
Selenio como factores protectores de los estragos que hacen los radicales libres
alrededor de todo nuestro cuerpo, y otras cosas más.
Sin embargo, como psicólogo al fin, lo que más me interesó fueron
los factores de “estilo de vida” y de “forma de ser” de
las personas longevas. Así, entré en contacto con interesantes
libros como “Longevidad Cerebral”, de Drama Singh, y “Living
to 100”, de Thomas Perls y Margery Hutter, y me di cuenta de que no se
trataba de llegar a los 80 o los 90 así por así, sino más
bien de cómo uno iba aprendiendo a vivir su vida de una manera más
sabia, para tener y conservar la calidad de vida. Pensé que con buena
salud física y mental debía ser delicioso llegar a los 90, y
empecé a revisar la literatura buscando los aspectos psicológicos
y de la personalidad de los longevos o aún centenarias.
En mi búsqueda de información se me ocurrió -además-
preguntarle a algunas personas mayores de 90 años que por qué creían
que estaban vivas a esa edad y con relativa buena salud, y qué creían
ellas que habían hecho, a lo largo de sus vidas, para merecer tan codiciado
honor: ¿Qué les había ayudado a llegar a esa edad? Específicamente,
le pregunté a dos personas: Al Dr. Armando Lavergne, médico ginecólogo
y docente universitario por más de 30 años, a quien conozco y
admiro desde hace tiempo, y que tiene 93 años de edad. Y a Cristina
Rodríguez Martínez, mujer sencilla y trabajadora agrícola
y manual, vallera de pura cepa, quien tiene 94 años de edad, y aún
cocina y atiende la casa donde viven ella y su hijo de 70 años. Lo que
sigue a continuación es el resultado de las observaciones que he podido
hacer debido a la gentileza de mis entrevistados, y producto de mis lecturas
acerca del tema de personalidad y longevidad.
Me parece que pudieran haber, al menos, 7 factores psicológicos clave:
1) sentido de propósito en la vida, 2) capacidad de tomarse un poco
a la ligera a si mismo, 3) actitud de fe, 4) presencia sostenida de redes sociales
de apoyo, 5) actitud de aceptación de lo que es, 6) intereses que estimulan
la actividad cerebral, y 7) moderación y disciplina.
1) Sentido de propósito:
Cuando le pregunte al Dr. Lavergne qué le gustaba de su vida, se le
enjugaron los ojos y me dijo “haber podido dar… compartir con los
demás y haber enseñado a otros lo que yo sabía”.
La investigación científica parece estar de acuerdo con sus observaciones
y muestra que las personas longevas han mantenido una sensación de propósito
a lo largo de sus vidas. Tal parece que sentir que la vida tiene sentido da,
en efecto, “vida” a las personas longevas. Para los longevos, generalmente
la vida no ha sido fácil, han sufrido sacrificios y cada uno de los
logros han sido duramente trabajados. Para los longevos, muchas veces el trabajo,
realizado con vocación e integridad -independientemente de si fue remunerado
o no- le ha dado sentido a sus vidas.
2) Capacidad de tomarse a la ligera:
Una de las características que con mayor frecuencia nos sorprende de
las personas longevas es su capacidad de encontrar el lado humorístico
de las situaciones difíciles. Esa actitud cautiva, deslumbra y cuestiona
a los demás. Nosotros, los “chiquillos” de 40 a 70 años,
con muchos menos problemas, a veces mantenemos una actitud pesimista. Cuando
entrevisté a Cristina Rodríguez, me recibió con una sonrisa
pícara y me dijo “¿qué quiere un buen mozo como
usted con una mujer tan pobrecita y tan fea como yo…?” Y soltó una
risita nerviosa. El humor sirve para reconocer realidades difíciles
y para protegernos del dolor de las heridas emocionales.
3) Actitud existencial de fe:
Tal parece que, a medida que van llegando a edades más avanzadas, las
personas tienden a irse acercando más a Dios. Cristina Rodríguez
reza y habla con Dios casi todo el día. Se siente muy cómoda
en su relación personal con Dios y se asombra de que Dios la tenga por
acá todavía… Los científicos saben que la espiritualidad
ayuda a que la gente viva más, pero exactamente cómo ocurre esto
es, aún, un misterio. Cualquier científico o médico estará de
acuerdo con que la religión es buena para el alma y para el cuerpo,
y que las personas con una fe sólida tienden a vivir más y mejor,
y hasta a morir más tranquilamente.
4) Presencia sostenida de redes de apoyo:
Aún cuando ella a veces pasa días sola, Cristina Rodríguez
siempre tiene compañía que la visite. “Ella es la persona
más viejita que tenemos en el barrio y siempre estamos dándole
la vuelta para ver como está”, me dijo María Esther, residente
de El Hato, en el Valle de Antón, y quien fue mi contacto con Cristina.
Ya sea la postura de fe, el humor o la capacidad de contar historias que muchos
ni siquiera recuerdan, esa “actitud ante la vida” que parecen transmitir
las personas longevas, hace que los demás se sientan atraídos
a ellas y las visiten. El Dr. Lavergne me habló de su familia y del
bienestar que le proveía el contacto con sus hijos, dos de los cuales
vivían en el mismo edificio. Los doctores Thomas Perls y Margery Hutter
comentan en su libro sobre los hábitos de los centenarios que les sorprendió ver
con qué frecuencia los centenarios que estudiaron vivían cerca
de familiares o amigos, que los visitaban con frecuencia.
5) Aceptación de lo que es:
Tal parece que las personas longevas tienen una actitud de aceptación
de las cosas como son. Pareciera que no pelean tanto con la realidad como otras
personas. El día que visité al Dr. Armando Lavergne, no hacía
más de 4 meses que una de sus hijas había muerto, y sólo
dos meses desde que su esposa Marta, con quien estuvo casado por más
de 63 años, “se había ido”. La actitud de Don Armando
era de serena aceptación. La investigación de los doctores Perls
y Hunter, citada arriba, reporta que el factor psicológico que más
diferencia a las personas longevas del resto de la población es la capacidad
de “no pelear con la realidad”, de aceptar las cosas como son.
Como grupo, las personas longevas se enojan mucho menos y son menos impulsivas
que el resto de la población, y éste es un rasgo que los acompaña
desde siempre. Se trata de personas que están en paz con ellas mismas,
tienen una sana autoestima y no internalizan el enojo, sino que cuando hay
que hacerlo, son capaces de sacarlo de una manera apropiada.
6) Intereses que estimulan la actividad cerebral:
Además de realizar las labores de la casa a diario, hasta hace poco
Cristina tejía suéteres, medias, camisetas y gorros. El Dr. Lavergne,
aparte de ser un ávido lector y un excelente conversador, se encuentra
en proceso de terminar un libro sobre su vida. Los neurólogos geriátricos
comentan que las personas longevas que mantienen actividades complejas, que
requieren de la participación de diferentes áreas cerebrales
(como escribir, realizar manualidades o tocar un instrumento musical, etc.),
logran crear constantemente nuevas reservas para compensar las pérdidas
neuronales del proceso de envejecimiento.
7) Moderación y disciplina:
Cuando le pregunté al Dr. Lavergne qué podía imaginar él
que lo había ayudado a llegar a esta edad con salud, me dijo que si
podía haber sido algo, habrían sido las dos cosas que siempre
había practicado: la moderación y la disciplina. Estas dos actitudes,
que a su vez había aprendido de su padre, lo habían ayudado en
momentos difíciles a tener muy claro como comportarse, y a decidir entre
lo bueno y lo malo. Y me comentó que estos mismos dos principios lo
seguían ayudando en el arte de aprender a envejecer con dignidad y,
de paso, disfrutarlo. La moderación tiene una manifestación cimera
en el campo de las emociones, específicamente en lo relacionado con
el, enojo, la ira y el resentimiento. Cuando le pregunté a Cristina
Rodríguez cuál era su secreto para haber llegado a los 94 años,
me dijo que -aparte del té de Cedrón hervido en Agua Bendita
que tomaba todos los días- la clave había sido “no coger
rabias por nada”.
Conclusión
Es seguro que estas reflexiones no pueden cambiar el peso de la genética
en nuestra expectativa de vida. Contra eso, no hay mucho que podamos hacer.
Sin embargo, hay mucho que sí podemos hacer. Los factores psicológicos
mencionados arriba se cristalizan en conductas que podemos incorporar en
nuestro diario vivir. Podemos cambiar poco a poco, con el concurso de nuestra
perseverancia,
o rápidamente, con el concurso de nuestra autoconciencia y nuestra voluntad.
Al revisar mi conducta y mis actitudes frente al modelo de las personas longevas,
puedo encontrar al menos una arista de crecimiento y cambiar. Con el poder
de mi esfuerzo, puedo ampliar mi expectativa de vida y alargar mis días
en este lugar.