Un
sobreviviente de la vida real
Por: Mirie Mouynés*

A tan sólo unos días del suceso, conversamos largo por teléfono.
Su voz aún tiene la urgencia de quien ha visto la muerte de cerca. Pero
es la alegría y un inmenso agradecimiento ante una segunda oportunidad
de vivir lo que palpas en cada una de sus palabras. Me disculpo al pedirle que
cuente, otra vez, lo sucedido. Para mi sorpresa, me agradece la oportunidad de
hacerlo: “Me ayuda, ¿sabes? Me lo saco de adentro. Al contarlo entiendo
mejor lo que pasó, me ayuda a procesarlo, le encuentro sentido.”
¿De qué está hecho un sobreviviente? ¿Se nace
o se aprende a serlo? Son muchos los tipos de naufragios que nos depara la
vida. La experiencia de Miguel nos acerca a ese espíritu que comparten
quienes han superado pruebas tan difíciles como la que él enfrentó.
El mar: un amigo desde pequeño
Veranos en Taboga, vida entre botes, para Miguel el mar es una forma de vida.
No es de extrañar que, al jubilarse de Merryll Lynch -trabajo que
lo llevara a vivir en Florida, Estados Unidos- escogiera Isla Morada, en
los Cayos de la Florida, como su lugar predilecto para pasar los fines de
semana. Tampoco es de extrañar que se hiciera voluntario de los Guardacostas:
al mar hay que respetarlo y todas las precauciones que se puedan tomar son
pocas cuando se mide la vida de un ser humano frente al poderío de
un océano.
Miguel Corcó no sólo es miembro de la Junta Directiva en su
capítulo del United States Coast Guard Auxiliary (los voluntarios de
los guardacostas encargados de promover la seguridad en el mar), sino que su
bote, el Boston Whaler “Scooby Doo 3” contaba con todos los aparejos
necesarios para clasificarlo como bote de “Búsqueda y Rescate”,
misión realizada en más de una ocasión.
Cada minuto cuenta, cada decisión tiene una consecuencia
No importa cuan bien preparados estemos, los accidentes ocurren. En cuestión
de segundos, errores de juicio, por pequeños que parezcan, pueden poner
nuestra vida en peligro. Nadie mejor que Miguel, editor del “Safety Lines” -boletín
informativo del Departamento de Seguridad Marina y Protección Ambiental
del cuerpo auxiliar de los Guardacostas- para saber la importancia de dejar
un plan de navegación -datos de a dónde vas y a qué hora
vas a regresar- antes de zarpar. Debió haberle dicho a su esposa sus
planes. Pero no había planes: se trataba tan sólo de calentar
los motores del bote. A las 12:30 de la tarde, Ann, sentada leyendo en la terraza
de su casa en Isla Morada, lo ve arrancar su bote y salir rumbo al Atlántico.
El segundo error fue quitarse el chaleco salvavidas. Las posibilidades de
sobrevivir a un naufragio se incrementan inmensamente si lo llevas puesto.
Además, sus chalecos estaban equipados de EPIRBs o Emergency Position
Indicating Radio Beacons. Tan pronto caes al agua, este aparato se activa emitiendo
una señal que recoge la National Oceanic & Atmospheric Administration
(NOAA) y que pasa inmediatamente a los guardacostas. Utilizando el GPS
(Global Positioning System), se puede saber, en cuestión de minutos, la longitud
y latitud exactas del lugar donde se encuentra la persona. Pero un hombre no
se mide por sus errores, sino por cómo enfrenta las consecuencias.
“Esto es un sueño”: flotando en la mitad del océano
“Debe serlo, tiene que serlo. Voy a despertar: ¡no puedo creer que
me voy a morir!”. Pero mantiene la calma y no permite que el pánico
se apodere de él. Un suéter polo, un reloj, una gorra, lentes,
calzoncillos y jeans, son todas las posesiones materiales que tiene consigo.
En el “inhundible” Boston Whaler se alejan radios, luces de bengala,
silbatos, cuchillas, chalecos salvavidas y el más sofisticado equipo que
un bote pueda tener.
De la incredulidad pasa a la frustración. Nada parece tan previsible
como aquello que vemos en retrospectiva. “¿Por qué hice
esto?” “¿Por qué me quité el chaleco?” “¡Soy
un estúpido!”. Pero sacar la frustración es una forma de
aceptar la realidad: había pisado el aceite derramado, se había
resbalado y se encontraba en medio del Océano Atlántico. No importaban
las razones: perder tiempo en ellas le robaría aún más
energía. Lo que descubriría en las 19 horas que tenía
por delante serían sus herramientas humanas para sobrevivir lo inimaginable.
“Una de las necesidades más antiguas del ser humano es contar
con alguien que se pregunte dónde estás cuando no has vuelto
de noche a casa”.
Margaret Mead, antropóloga
La rutina tiene sus ventajas. Lo que más tranquiliza a Miguel es la
seguridad de que Ann se preocupará si él no regresa al atardecer.
Cometió el grave error de no decirle a dónde iba, pero ella sabe
que él no navega de noche, ni con el mar picado. Además, él
conoce la importancia que dan los Guardacostas a uno de los suyos. Sabe su
modus operandi, que no cesarán hasta encontrarlo. Si bien buscarán
un bote a la deriva cerca de los arrecifes, la esperanza del rescate al anochecer
lo llena de fuerzas. Se puede estar solo en medio de una multitud y acompañado
en la más absoluta de las soledades. Se plantea sus opciones y decide
nadar hacia la costa.
En efecto, Ann presiente que algo no está bien: es rarísimo
que Miguel no haya regresado, que no haya llamado. A las 3:00, intenta comunicarse
usando el radio de su bote pequeño, pero no hay respuesta. Se queda
en el muelle. Su vecino, también consciente de que algo anda mal, decide
llamar por el radio de su bote, con mayor alcance. Nada. A las 6:00, llama
a los Guardacostas. Ellos lo conocen, pero tienen que hacer las preguntas de
rigor: “¿Cuál es su rutina?” “¿Iría
a otro lado?” “¿Estaría tomando?”. Después
de todo, son los Florida Keys. No, Miguel no toma desde hace más de
27 años: sólo tiene un riñón. Además, es
extremadamente precavido y detallista: la seguridad es lo más importante.
Desde ese momento hasta cuando lo rescaten, Ann se comunicará con los
Guardacostas, por lo menos, una vez cada hora.
Estar preparado y confiar en tu capacidad
A pesar de lo precario de la situación, Miguel confía en sus
conocimientos del mar, en su capacidad de orientarse, en la importancia de
mantener su cabeza cubierta para evitar la hipotermia. Conoce al detalle el
plan de acción de los Guardacostas: entiende por qué, durante
la noche, escucha el sonido estático de los helicópteros: ellos
buscan un bote o las señales de bengala de un náufrago, antes
de moverse hacia alguna dirección en particular. También sabe
en qué circunstancias atacan los tiburones y esos conocimientos lo ayudan
a enfrentar mejor la situación. “Me picaron aguamalas”,
me comentará más tarde. “Pero el dolor era una forma más
de comprobar que aún estaba vivo.”
Miguel mete los lentes y la gorra en los calzoncillos y comienza a nadar,
literalmente, “contra viento y marea”. “¿Has oído
eso de qué es mejor: calzoncillos tipo boxers o briefs?”, me pregunta. “Pues,
si tienes que escoger, definitivamente vete por los cortos, porque resultan
mucho más útiles en situaciones extremas.” Sonrío
y pienso cómo el sentido del humor es una de las herramientas más
poderosas ante situaciones traumáticas: te ayuda a ver la experiencia
desde otra perspectiva, desafía su gravedad y la hace más manejable.
Más que las condiciones físicas del individuo, su fortaleza de
carácter y sus recursos son los que, en un momento dado, pueden salvarle
la vida.
Cae la noche
“Jesús: ¿cómo se siente morir?”. “¿Será de
hipotermia o moriré ahogado?”. “Sencillamente, ¿me
hundiré por cansancio cuando ya no pueda más?… comenzó una
conversación que, más que una búsqueda de respuestas concretas,
era una forma de afrontar lo inevitable. Conversó con tíos y abuelos: “Espérenme,
voy para allá. No sé cuándo exactamente, pero estoy cerca.”
Piensa en su esposa, en sus dos hijos. Se plantea sus futuros: su bienestar
económico está resuelto y eso le da una gran tranquilidad. Imagina
cómo la vida seguirá su curso. De alguna manera, aceptar lo inevitable,
le da una gran serenidad. “Todos vamos a morir. Mi momento ha llegado.” Comienza
a rezar Ave Marías, Padre Nuestros, el Acto de Contricción. Cae
el sol y se despide del último atardecer de su vida. Pero sigue nadando
y las oraciones se van convirtiendo en mantras: se suceden una a otras y lo
ayudan a no pensar en lo aterrador de sus circunstancias.
“Se le puede quitar todo a un hombre excepto una cosa: la última
de sus libertades: elegir su actitud en cualquier conjunto de circunstancias
dadas, elegir su propio camino.” Viktor Frankl, Psiquiatra austriaco
superviviente del Holocausto
Mientras escucho a Miguel contar su experiencia, no puedo dejar de pensar
en Viktor Frankl, en su extraordinaria obra “Man’s Search for Meaning” donde
recoge su experiencia en los campos de concentración y sienta las bases
de lo que será la tercera corriente de psicoterapia: la Logoterapia
o Terapia del Sentido.
En medio de la vastedad del Océano Atlántico, Miguel está acompañado
de su familia, de sus recuerdos, de la seguridad de que su esposa llamará a
sus compañeros guardacostas, que ellos harán lo indecible para
rescatar a uno de los suyos. Su fe en un Ser Supremo le da ánimos cuando
piensa que ya no le quedan energías. El amor por su familia lo mantiene
luchando. Bien decía Frankl en sus obras que “quienes mayor capacidad
tienen para sobrevivir incluso en aquellas situaciones límites son los
que están orientados hacia el futuro, hacia una tarea que los espera,
hacia un sentido que deben cumplir.” Para vivir, “el hombre necesita
algo que merezca la pena ser vivido y ese significado tiene el valor de la
supervivencia del mundo.” Su familia y sus hijos: allí radica
el significado de Miguel. Tiene un plan y se aferra a la esperanza del rescate:
tiene mucho por qué sobrevivir.
El Pegasus
Contar con las habilidades de un superviviente es esencial, tener la voluntad
de sobrevivir es vital. Diecinueve horas de viento y oleaje, de soledad y
de frío; de cansancio. De acuerdo a los libros, un hombre puede sobrevivir
en aguas a 60 – 70º durante 12 horas antes de morir de hipotermia.
Han pasado diecinueve largas horas desde que cayó al mar en temperaturas
similares.
Son las 9:00 a.m. El inmenso yate de lujo “Pegasus” ha alterado
su rumbo esta mañana. En vez de viajar cerca de la costa, el capitán
opta por navegar mar adentro para llegar más rápido a su destino.
Pegasus, el caballo mágico y alado de mitología griega, se acerca
a un pequeño punto en el Océano Atlántico. Miguel hace
señas y les grita a todo pulmón pidiendo auxilio, pero el barco
sigue su rumbo. Unos segundos después, escucha el sonido más
maravilloso que jamás haya oído: el cambio de velocidad que hace
el motor de un barco. El dueño del yate cree haber visto un hombre en
el agua y ha dado la orden al capitán de dar la vuelta. Suben a Miguel
al bote donde se aferra a las manos de Clover, la esposa del dueño,
para que no desaparezca como un espejismo.
Minutos más tarde, sus compañeros Guardacostas llegan para hacerse
cargo de él. No es hasta ahora que ellos y su familia se enterarán
de la magnitud de la experiencia que acaba de vivir. Diecinueve horas en el
mar y a 25 millas náuticas de donde cayó, encontró el
Pegasus a este hombre que jamás se dio por vencido.
*Mirie Mouynés es propietaria de Allegro.
Fotos
cortesía de Miguel Corcó.
Viernes 3 de Abril: una tarde perfecta |
12:30 p.m. Temperatura en los Cayos
(Florida): 71º C; el mar como
un lago. Miguel Corcó decide dar una vuelta en el bote para calentar
los motores. Revisa el equipo: todo en orden. Se pone el chaleco salvavidas
de invierno para protegerse del viento. Zarpa rumbo al Atlántico.
1:30 p.m. Una gran mancha de algas promete buena pesca. Con Semana Santa
cerca, la posibilidad de pescar dorados es tentadora. Se aleja 10 millas
náuticas donde ya no se ve la costa. Pone los motores en neutral.
Sus cañas de pescar están en la casa, pero la suerte parece
acompañarle y encuentra dos extra. El calor comienza a sentirse.
Se quita el chaleco salvavidas y lo pone en el asiento del lado.
2:30 p.m. No tiene suerte y se aleja aún más. Escoge
otro sitio, apaga el motor izquierdo, el derecho lo deja encendido a
baja velocidad. Pone la lancha en piloto automático, rumbo al
este, con el viento y las olas a favor. Sale a trasegar aceite de un
motor a otro. El aceite se derrama, intenta recogerlo pero el trapo está húmedo
y empeora el asunto. Se levanta a buscar un trapo seco y se resbala.
Las manos llenas de aceite le impiden asirse al barandal de la lancha.
Cae en mar abierto.
2:35 p.m. Durante un instante, considera la opción de agarrar
una de las líneas de las cañas que le pasa cerca y atar
el anzuelo a su pantalón, pero la posibilidad de enredarse y morir
ahogado lo disuaden. Ve al Scooby Doo 3 alejarse rumbo al este. Los jeans
pesan demasiado: se los quita.
2:45 p.m. De la incredulidad inicial y la frustración
que le sigue, pasa a crear un plan de acción: nadar
hacia el oeste, rumbo a la costa. Pero en esa dirección
el viento está en contra y las olas de 5 – 6 pies
le revientan en el rostro. Queda agotado. Decide flotar y nadar
de espaldas a ratos.
4:30 p.m. Un carguero se acerca. Viene directo hacia él, seguro
que lo ha visto. A pesar del temor de que la corriente lo arrastre, hace
señas con su sombrero, sólo para verlo seguir de largo
sin percatarse que deja atrás a un hombre a punto de perder las
esperanzas.
7:00 p.m. Cae la noche. Es el día antes de luna llena y su luz
ilumina el mar. Reza, conversa con antepasados. Escucha el sonido lejano
de helicópteros de búsqueda.
10:00 p.m. Ve unas luces rojas. “¡He
nadado tanto que he llegado a una boya!”. Aunque sabe las pocas
probabilidades, nada hacia las luces, sin parar, durante más de
una hora. Levanta la vista: las luces han desaparecido en la
oscuridad de la noche.
4:30 a.m. Sábado 4 de abril. El
alba trae consigo nuevas esperanzas. Sus compañeros guardacostas
tienen 12 horas de luz para encontrarlo. Intenta leer el reloj,
sólo
para darse cuenta que la sal y los golpes de las olas han dejado
sus ojos tan maltrechos que apenas ve la silueta de
su mano.
9:00 a.m. Escucha el motor de un yate. Le hace señales, pero
el yate pasa de largo. Unos segundos después, da la vuelta. Han
encontrado a Miguel.
9:30 a.m. El yate es rodeado por helicópteros
y botes de los Guardacostas. Trasladan a Miguel: ellos se encargarán
de llevar a su compañero a casa. |