Vivir sin ella...
Por: Gladys Navarro
de Gerbaud
¿Qué se puede pensar cuando la compañera de toda una vida,
la madre de tus hijos, se marcha? Un golpe tan duro no se llega a imaginar jamás.
La herida nunca se borrará. Pero detrás de una experiencia tan
desgarradora, encontramos una lección de fortaleza, amor auténtico
y valentía indescriptibles. Estos padres, a quienes el destino los ha
hecho afrontar repentinamente la viudez, son el vivo ejemplo de que no nos podemos
dar por vencidos ante la adversidad. Ellos, como otros que han atravesado situaciones
similares, decidieron salir adelante, luchando día a día por volver
a encontrarle sentido a sus vidas y continuar siendo los pilares de sus familias.
Su actitud, su tesón y su valor son la razón de este escrito
y un ejemplo a seguir.
Juan David Morgan
“Me di cuenta de que era la verdadera prueba de
nuestro amor...”
Juan David y Gretel estuvieron unidos por más de 40 años: 3
de novios y 38 de casados. Su matrimonio estuvo lleno de felicidad. Fue un
verdadero hogar, en todo el sentido de la palabra, bendecido por la llegada
de cuatro hijos y, luego, de los nietos. Pero a finales de agosto de 1998,
la vida les cambiaría: Gretel fue diagnosticada con un tumor canceroso
en el cerebro. Allí empezarían a librar juntos, una lucha incesante
de casi tres años. Durante ese difícil trayecto, el inmenso
desprendimiento y la total devoción de un esposo, cuya meta diaria
era fortalecer y dar esperanza a su amada, se mezclaba con el deseo de ella
de no ser una carga y su preocupación constante porque él no
sufriera por ella. Gretel nunca se quejó ni se dio por vencida. Falleció el
domingo 22 de julio de 2001, a los 57 años de edad, de la mano de
Juan David.
¿Qué hace un hombre cuando le pasa algo así? Con
59 años, Juan David tendría que aprender a vivir de nuevo.
Ese mismo muchacho que de joven se inventó mil y una maneras de
cortejar y enamorar a su quinceañera, también la había
acompañado en la mayor de las pruebas: enfrentar la muerte. Sabía
que sería muy difícil, pero a la vez imprescindible, aceptar
que la vida continúa y que el dolor que todos sentían debía
ser superado. Sus hijos ya eran adultos: Juan David tenía 38 años,
Jorge 36, Gretel 31 y Carlos 21. Además, los tres mayores ya estaban
casados. Esto, definitivamente, ayudaba, pero la realidad es que nada resulta
fácil en estos casos. “Uno nunca se prepara para que alguien
falte”, nos comentó Juan David, “aunque sí se
crea una dinámica familiar en la que todos se unen alrededor de
la tragedia y se apoyan los unos a los otros. Cuando uno pasa por esto
es cuando entiende lo importantes que son la familia y los amigos, y eso
ayuda mucho”.
¿Se llega uno a resignar? ¿Se llega a sentir paz de nuevo? “Resignar,
no, aceptarlo, sí. Yo sentí paz desde el primer momento que
comprendí que era una enfermedad fatal. Entonces, me di cuenta de
que era una prueba que había que superar y que nuestro amor era
de verdad, un amor que surgió con más fuerza en esa situación.
El tiempo ayuda, indudablemente, pues pone las cosas en perspectiva y hace
el dolor más llevadero, porque se aleja en el tiempo”.
¿Se puede uno recuperar y volver a sonreir después de pasar
por una tragedia de este tipo? “Hay que hacerlo. Durante la enfermedad
nunca perdimos el sentido del humor. La risa es una manera de enfrentar
la tragedia. Hay que ser capaz de darse cuenta de que la vida sigue su
curso. Sabíamos que Gretel se iba a morir, pero tratamos de enfrentarlo
de manera positiva. Eso también te deja satisfacciones y recuerdos
gratos”.
La partida de Gretel tuvo un efecto muy profundo en todos. Los hizo unirse
muchísimo como familia y enorgullecerse de haberla tenido y ser
parte de su legado en la tierra. Los hizo recordar el verdadero significado
de vivir. Los hizo comprender que era una obligación sobrellevar
la angustia de perder a un ser querido, pues es parte del ciclo de la vida,
que habían cosas por las cuales seguir viviendo y que no habrá ningún
obstáculo que ya no puedan superar.
Hoy en día, a casi tres años de la partida de Gretel, Juan
David mantiene una apretada agenda de trabajo y diversas actividades que
le ayudan a mantenerse ocupado. Piensa en ella a diario, la extraña
al cruzar la puerta de su cuarto en las noches y le duele “no tener
con quién envejecer”. Pero en la balanza coloca el ejemplo
de amor incondicional que les dejó y esa parte de ella que sigue
viviendo en la sonrisa de sus hijos y nietos, una sonrisa que heredaron
de una mujer desprendida, alegre y, sobre todo, muy buena, por quien ha
valido la pena seguir adelante.
Yuri Moreno
“Fue mi novia de toda la vida”
Cuando Yuri Moreno asumió el cargo de Presidente del Club Activo
20-30 de Panamá, en junio de 2002, jamás imaginó que
viviría en carne propia una de las causas con las cuales se había
solidarizado voluntariamente. Menos aún pensó que once meses
después su esposa, Diana Lis, perdería la batalla contra
una de las enfermedades más despiadadas y crueles que han existido.
Para Poly, como todos conocían a Diana Lis, una persona extraordinaria
con un maravilloso don de gente, fue un golpe terrible enterarse, de la
noche a la mañana, que podría morir pronto. Poly jamás
fumó, por lo que nunca se imaginó que una persistente tos
seca, que pasó por alto por varios meses, tendría mayores
consecuencias. Sin embargo, una radiografía pulmonar revelaría,
en enero de 2003, que tenía un tipo rarísimo de cáncer
cuyo tumor original nunca pudo ser localizado. Poly falleció hace
menos de un año, el martes 15 de julio de 2003, a la edad de 36
años, seis meses después de haber sido diagnosticada. Yuri,
de 39 años, perdía a su amor de toda la vida, su novia desde
que ella tenía 16 años y él 19. Al partir su compañera
de 11 años de matrimonio, Yuri quedó a cargo de Luigi y Ana
Lucía, de 8 y 5 años respectivamente.
¿Qué hacer ante una situación así? ¿Cómo
explicarle a los niños? ¿Cómo vivir sin la esposa,
sin la madre de tus hijos? Yuri trató, desde el primer momento,
de ser abierto y transmitirles a sus hijos la realidad de forma prudente,
explicándoles que así era la vida y que a cualquiera le podía
pasar. Con una valentía admirable, supo establecer las pautas, organizándose
para manejar la situación de la mejor manera posible. Claro que
aceptó ayuda externa, tan necesaria en esos momentos. “No
me imagino cómo hubiésemos podido sobrevivir a algo así sin
el apoyo familiar. Tanto mi familia como la de Poly se volcaron en nosotros
y nos están ayudando a salir adelante”, nos comentó.
Aparte, Yuri buscó ayuda profesional para sus hijos, pero teniendo
muy en cuenta que eso no sustituía su relación con ellos
ni les arreglaría el problema. “Es sumamente importante mantener
una buena comunicación con tus hijos. Siempre había participado
y me involucraba mucho en su día a día, lo que fue un buen
entrenamiento para lo que me tocaría vivir”.
¿Cómo manejaste la pérdida de Poly? ¿Qué huellas
dejó esta experiencia tan difícil en ti? ¿En qué cambiaste? “Todavía
lo estoy manejando. Había tenido otros golpes, pero nada se compara
con la pérdida de la madre de tus hijos. Sobrevivir esto te da una
fortaleza especial, no sólo por ti sino por tus hijos, porque sabes
que ahora tú eres quien no puede faltar. En general, he tratado
de tener la determinación necesaria para que mi vida siga teniendo
el mismo curso que llevaba, pues pienso que esto es lo mejor para los niños.
A cada hora pienso en Poly, pero me repito a mí mismo que la vida
sigue y que, antes de morir, ella me pidió que siguiera. Por otro
lado, el valor me lo dan mis hijos y su recuerdo. Hay muchas cosas que
hago o trato de hacer porque pienso que ella lo hubiera hecho así”.
No podemos dejar de mencionar que, antes de fallecer, Poly tuvo la fortaleza
de pensar y transmitir qué quería para sus hijos cuando ella
no estuviera. Reunió a su familia y les explicó, franca y
humildemente, sus deseos. “Quiero que siempre estén allí para
ellos”, les dijo. ¿Fue esto y toda su enfermedad una preparación
para lo que vendría? ¿No hubiera sido mejor que falleciera
sana, en vez de tener que sufrir tanto? Es una interrogante que Yuri todavía
no ha podido contestarse. Si morir, para Poly, fue “descansar”,
entonces él se ha resignado, porque así no podía seguir.
Para Yuri, recordar a su mujer es más que un tributo. “Cada
vez que puedo hablo de ella. Puede morir la persona, pero no el recuerdo,
las ideas y todo lo que te dejó. Creo firmemente que hay que seguir
viviendo, pero sin olvidar el recuerdo de la persona amada”.
Guillermo Antonio Adames
“Cuando se pierde a alguien como Mónica, eso deja una marca”
Mónica siempre fue una persona súper alegre, de esas que
vale la pena conocer. Su calidad humana, su sensibilidad y su inteligencia
lograron cautivar a Guillermo Antonio o Ñito, como muchos le conocen,
desde el primer momento. Tras siete años de matrimonio y dos hermosas
hijas, la vida les sonreía. Pero, por esas incomprensibles cuestiones
del destino, a mediados de 1996 a Mónica le detectaron cáncer.
Una intensa lucha se inició, la cual culminaría en Houston,
el martes 1ero de abril de 1997, fecha en que Mónica cumplía
39 años de edad. Ñito tenía 47 años.
Siete años han pasado desde que Camila y Ana Sofía, que
en ese entonces tenían 4 y 3 años respectivamente, se despidieron
de su mamá. Muchas preguntas, algunas sin respuesta, se han hecho.
Mucho dolor se ha superado. El paso de los años y la dedicación
total de un padre, para quien el matrimonio y el nacimiento de sus hijas
fue “una felicidad absoluta”, ha resultado en dos niñas
ejemplares, en todo sentido. “Cuando encuentras a esa persona, con
unas cualidades que llenan todo lo que como hombre habías anhelado,
y te regala dos hijas, ¿qué mas le puedes pedir a la vida?”,
nos comentó Ñito.
¿Qué hacer con dos niñas tan chiquitas? ¿Cómo
explicarles lo inexplicable? ¿Qué hacer de allí en
adelante? “Lo primero que hice fue buscar ayuda profesional. Decidí que
una persona con niñas de la edad de mis hijas, que supiera tratarlas
como lo haría con las suyas, sería lo mejor. Anabella de
Brostella nos ayudó mucho. A ellas les encantaba verla y luego yo
también la visité. Siempre fui una persona muy reservada,
pero por mis hijas haría lo necesario. Aparte, me propuse dedicarles
todo el tiempo posible, no sólo en calidad sino en cantidad, pues
el tiempo que se va no se recupera. Cada mañana las despierto para
ir a la escuela y desayunamos juntos, les reviso sus tareas y cuadernos,
ceno con ellas y las acuesto, y mis fines de semana son enteramente de
ellas. Mis hijas saben que cuentan conmigo, soy su amigo, su confidente,
se saben queridas y amadas por mí, y eso es lo más importante”.
¿Cómo cumplir con el rol de madre y padre a la vez? “Las
madres son irremplazables. Soy conciente de que los hombres no tenemos
sus cualidades naturales, pero trato de hacerlo. Uno a veces tiene que
hacer cosas que no haría de otra forma: iba a los cumpleaños
para ver cómo funcionaban las mamás y me les acercaba para
preguntarles. Ellas me daban el pulso de las cosas. Además, los
primeros años era el único papá que iba a las reuniones
de delegados de la escuela. No es fácil tratar de ser un buen padre,
es un reto permanente desde que me levanto hasta que me acuesto”.
Ñito considera importantísimo mantener sólidas relaciones
familiares y así lo ha tratado de inculcar en Camila y Ana Sofía. “Les
he hecho ver que ellas son una extensión de su mamá en la
tierra y que su abuela, la mamá de Mónica, también
lo es. Ellas tienen una relación muy bonita”.
¿Cómo ves la vida hoy? ¿Cómo has cambiado? “Un
golpe tan duro lo conduce a uno a recurrir a una humildad y a una modestia
que yo nunca había practicado. Te hace ver la vida de otra manera,
a querer y amar mucho a quienes son de tu sangre. Sé que tengo que
proyectarle a mis hijas una vida con sentimientos y optimismo. En las adversidades
es cuando se prueba a la gente y se demuestra si de verdad tienes una vida
con bases sólidas. Ver a mis hijas como niñas felices y equilibradas
es la alegría que recibo y saber que cumplí con mi esposa
hasta el último día y que cumplo hoy me hace sentir bien.
No tengo tiempo de sentir pena conmigo mismo. Lo importante es que, en
el cielo, Mónica vea que estoy cumpliendo a cabalidad mis responsabilidades.
Físicamente no está, pero en nuestra mente sí, porque
los difuntos más queridos mueren sólo cuando se les olvida”.
Todos han aceptado los designios del Señor. Todos hicieron lo imposible
por salvar a sus compañeras. Todos decidieron salir adelante y siguen
tratando, día a día, de rehacer y vivir sus vidas positivamente.
La viudez es un duro golpe que cada ser humano aprende a manejar en forma
distinta. Un tributo a éstos y otros muchos padres que, de la noche
a la mañana, perdieron a ese ser que tanto amaban, quienes nos dan
un maravilloso ejemplo de coraje y determinación, de amor y actitud
positiva hacia lo que les ha tocado vivir.
Fotos: Silvia Grunhüt / Space 67.