Entre el
inmenso mar y el cálido
verdor tropical aparece enclavada esta impresionante
residencia, cuya belleza arquitectónica, reflejada
en hermosas terrazas y balcones, techos de varios niveles
y una cúpula central espectacular, nos deja
sin aliento.
Una casa blanca entre el cielo y el mar
Por: Vickie de
Dahlgren
Sentimos que, de forma prácticamente instantánea,
fuimos transportados a una fascinante y pretérita
isla del Mar Jónico, al divisar desde lejos esta
monumental construcción de formas puras y volúmenes
netamente acusados.

Estábamos frente a un caserón que desde
el exterior nos traía a la memoria algún
pequeño poblado incrustado en cualquiera de aquellas
maravillosas islas del “Mare Nostrum”, que
son un reposo para la vista y el espíritu.
En este paraje todo es natural y pareciera haber sido
creado para servir al hombre. Posee todos los elementos
constructivos a la medida humana como patrón y los
componentes utilizados en sus edificaciones se han venido
manejando por siglos. Por ejemplo, el uso de gruesas paredes,
fachadas de grandes superficies con muy poca decoración
y pintadas de blanco; volúmenes variados en los
techumbres y cúpulas, emparrados o porches, son
todas características propias de la arquitectura
mediterránea, cuyo principal objetivo es el de proteger
al individuo del exceso de sol de la región.
Para diseñar esta mansión, sueño
dorado de los propietarios, fue comisionado el arquitecto
Alvaro Cambefort, quien exitosamente logró desarrollar
la ilusión que la pareja tenía de transportar,
a este lugar, aunque fuera un trozo de Santorini, aquella
isla griega famosa por la forma tan caprichosa en la que
están colocadas las pequeñas construcciones,
blancas en su totalidad, con detalles en puertas y ventanas
del mismo azul del cielo limpio que se disfruta prácticamente
todo el año. Nadie que haya visitado Santorini podrá olvidar
ese paisaje único, en el que las iglesias, casas
y callejones se sitúan en acantilados que miran
al fondo del cráter de un antiguo volcán
en extinción.
“Alvaro interpretó nuestros deseos maravillosamente”,
nos comentan sus dueños, “aprovechó lo
quebrado del terreno para diseñar una casa con el
aspecto de una pequeña aldea mediterránea
de varias alturas en los techos, corredores y escaleras,
para conectar los diferentes ambientes internos”.
Desde
lejos observamos la silueta de esta edificación
con sus variadas alturas de techos, algunos abovedados
y otros cubiertos de tejas, las paredes todas pintadas
de blanco creando un contraste estupendo con el verde profundo
del jardín que la rodea, el maravilloso azul del
firmamento y el aqua de las aguas del mar que divisamos
al fondo.
Sobre una pequeña cúpula, colocada en la
fachada principal de la casa, observamos una figura que
representa la media luna creciente, símbolo de la
religión islámica. De manera natural, este
símbolo, a todas luces visible, reitera la tolerancia
y el respeto que existe en nuestro país hacia cada
una de las razas y religiones que enriquecen nuestra cultura.
A través de dos grandes puertas en madera de teca,
acabadas en tono natural con oscuros herrajes decorativos,
entramos a la casa. Aquí encontramos un pequeño
vestíbulo, punto desde el cual podemos tener una
idea clara de la distribución interna de la vivienda.
Las áreas de habitación de la familia están
totalmente independientes de los ambientes sociales y los
aposentos de los invitados. Un pequeño corredor
nos dirige al área familiar, encontrando como primera
habitación un acogedor family room donde padres
e hijos se reúnen a conversar o ver televisión
antes de irse a dormir.
Todos los dormitorios son ambientes sumamente
espaciosos,
con grandes ventanales y cada uno de ellos posee un pequeño
balcón. En las recámaras de los niños,
los balconcitos miran a una pequeña ladera cubierta
por una vegetación maravillosa que crea un bosquecito,
donde resalta el naranja de las flores de los árboles
flamboyanes.
La recámara principal es también espaciosa
y está iluminada, más que por los grandes
ventanales, por pequeñas ventanas colocadas estratégicamente
en la parte superior de las paredes. “Lograr áreas
amplias y bien iluminadas fue un requisito primordial en
diseño”, nos comentó su propietaria
con alegría.
El balcón de esta habitación tiene una pequeña
pérgola que crea un interesante área de luz
y sombra. Desde allí se disfruta del verde de la
naturaleza, pero también se puede apreciar la inmensidad
del mar.
Junto al family room, nos llama la atención una
pequeña pieza dedicada a la oración, colocada
en dirección a la Meca, Ciudad Santa del Islam,
ubicada en Arabia Saudita. Todo aquí es blanco y
en el piso encontramos pequeñas alfombras donde
los hombres ofrecen el “namaz”, forma de rezo
que se practica varias veces al día. Como única
decoración encontramos dos piezas de plata colocadas
en las paredes, una con el nombre de Allah y otra con el
de Mahoma.
Regresamos a nuestro punto de partida por un interesante
corredor flanqueado por ventanas de madera y vidrio, en
un lado, y un pequeño oasis, en el otro, este último
cubierto por un emparrado, elemento que tamiza la luz y
permite la ventilación. Este corredor nos lleva
al pequeño vestíbulo de las áreas
sociales, desde donde se puede visitar el área destinada
a las recámaras de visitas, la cocina o el área
social.
Empinadas y muy bien iluminadas por la luz que se filtra
desde un tragaluz en la parte superior del techo y del
jardín interno, sendas escaleras sirven de guía
a las alcobas de visitas. La amplitud y la iluminación
son también características de estos aposentos.
Pequeños balcones igualmente permiten a los huéspedes
disfrutar de un extraordinario paisaje y sentirse integrados
a la naturaleza.
La cocina es otra de las estancias a las que se llega
desde este vestíbulo. Es un lugar que realmente
estimula los sentidos. No sólo está llena
de vivos colores y una nitidez increíble, sino que
su diseño permite apreciar claramente la belleza
natural del ambiente que la rodea.
Entramos al área social y nos llama la atención
lo monumental de este ambiente de forma semicircular, en
forma de torreón, y las formidables columnas que
soportan la cúpula central. Este gran espacio abierto
alberga tres niveles.
El nivel inferior es el de mayor radio, ya que sirve de
base para las dos losas superiores. En la parte central
está el comedor, al que se accede desde el nivel
inferior a través de dos escaleras ubicadas, cada
una de ellas, en los laterales del semicírculo.
Finalmente, el den se encuentra exactamente sobre el comedor.
La vista que se aprecia desde este salón es maravillosa
ya que son muchos y muy amplios los ventanales ubicados
ordenadamente en las altas paredes del torreón.
La silueta de unos cocoteros balanceándose suavemente
por la brisa marina, el subir y bajar de las olas, al igual
que las coloridas pangas de los pescadores de la región,
ofrecen un panorama extraordinario.
Desde el área social, salimos a una gran terraza
techada desde donde se aprecia el mar en su totalidad.
Un gran espejo de agua de forma irregular, revestido en
mosaiquillos en variados tonos de azul, crea un efecto
maravilloso con las blancas paredes de la fachada y el
verde del bien cuidado jardín. “En esta área
es donde los niños pasan gran parte del tiempo,
a ellos les encanta estar al aire libre”, comenta
la dueña de esta maravillosa propiedad muy complacida.
Una escalera zigzagueante se abre camino desde el pequeño
montículo donde está colocada la casa hasta
la playa. Aquí, nuevamente, vemos el símbolo
musulmán de la media luna creciente.
Son muchos los años que han pasado desde que el
patriarca familiar se estableciera en nuestro país,
echara raíces e iniciara una familia que mantiene
sus creencias y principios, pero que ha logrado integrarse
a nuestro medio sintiéndose orgullosa de ser panameña.
Fotos: Silvia Grunhut / Space 67.
Vista aérea:
Alfredo Máiquez / Nature
and Travel.