Enclavada
en nuestro Casco Antiguo se encuentra una edificación
de gran valor histórico y arquitectónico
que fue restaurada sabia y responsablemente por sus
propietarios. Al adentrarnos en esta residencia,
nos transportamos en el tiempo y disfrutamos de aquella
belleza y amplitud tan valorada por aquellas generaciones
que nos precedieron.
Al rescate
de una mansión
Por: Vickie de Dahlgren*
Recorrer el Casco Antiguo con
sus estrechas y encantadoras callejuelas adoquinadas, flanqueadas
por atractivos balcones de hierro forjado, algunos muy
bien mantenidos y adornados con simples maceteros cuyo
verde follaje resalta sobre los colores blancos, amarillos
y demás tonos pasteles empleados en las fachadas
de las viejas casonas, ofrece un placer indescriptible.
Atrayentes también resultan los vivos colores empleados
en los trabajos de madera de las puertas y ventanales que
se asoman tras las forjas y que nos hacen meditar con nostalgia
los años en que este “quartier” fue
un hermoso ejemplo de arquitectura colonial, cuya influencia
española se palpa en las antiguas casonas del área,
en las cuales también se presentan rasgos de origen
galo.
Incrustada en uno de estos pasajes pasa, casi inadvertida,
una edificación que podríamos considerar
como un laboratorio, en el que se entrelazan el interés
científico, la pasión y el orgullo familiar
por parte de sus propietarios, una pareja joven, totalmente
enamorada y comprometida con el barrio de San Felipe, para
quienes fue sumamente importante conocer, en detalle y
a fondo, todo lo relacionado con ese antiguo y un tanto
olvidado caserón.
La pareja sentía necesidad de descubrir la historia
de cómo y cuándo había sido edificado
el primer monumento en esta propiedad. También quería
conocer los cambios que, con el correr de los años,
sufrieran todas las obras allí establecidas desde
que la nueva ciudad fuera trasladada a esta pequeña
península ubicada en la bahía de Panamá,
sitio que ofrecía mayor seguridad a los pobladores
por su posición geográfica y por la muralla
perimetral que fue construida para proteger el nuevo asentamiento
de posibles ataques y saqueos.
El proyecto de restauración del inmueble se inició a
fines de la década de los años 90, comenzando
con la investigación en mapas y vetustos documentos
para poder determinar la fecha aproximada en que había
sido construido el primer inmueble sobre el terreno.
Uno de los más antiguos mapas del Casco Antiguo,
fechado en 1688, ya reflejaba la existencia de una construcción
de una planta, con patio interno, y de otra pequeña
edificación conocida como “cañón”,
situada en la parte posterior del terreno. Desde entonces,
son muchos los mapas y escritos que hacen referencia
a las construcciones que fueron allí levantadas.
Finalmente, mapas que datan de 1866 y 1904, y la conclusión
obtenida de los estudios técnicos, confirmaron a
los dueños que tenían entre manos un edificio
de gran valor, lo que los motivó a tomar la decisión
de rehabilitar el monumento existente.
Para realizar los
trabajos de restauración de la vivienda fue necesario
concebir un plan de conservación, donde los propietarios
se comprometían a mantener, sin cambios, la antigua
muralla y un aljibe existente. La edificación principal,
que consta de dos altos, debía conservarse siguiendo
los parámetros de la última remodelación,
ocurrida en 1930.
El estilo y distribución de la edificación,
con fachada tranquila y poco pretenciosa, no revela ninguna
pista del encantador secreto que iremos descubriendo a
medida que recorramos el interior de este pequeño
complejo arquitectónico, conformado por tres estructuras
independientes, pero a la vez conectadas entre si logrando
una extraordinaria armonía.
El punto neurálgico es un estupendo patio interno
que admite el acceso de los rayos del sol que, además
de ofrecer luz natural a todos los ambientes, alimenta
la vegetación que parece desarrollarse de manera
desenfrenada. Lo cierto es que cada planta está apropiadamente
colocada, procurando luz, júbilo y vida, lo que
además de agradar el alma, hace que su energía
se tamice por todos los rincones de la casa.
Cal, canto, madera y tejas fueron los elementos básicos
de la construcción de este domicilio de dos niveles
construido en 1886, del que aún subsisten algunas
huellas. Lamentablemente, el estado de deterioro general
de las estructuras era de tal magnitud, que muchos de los
materiales debieron ser reemplazados. Para lograr esta
faena, se desarmaron los techos de zinc, reforzando la
estructura para ser reemplazados por tejas de tipo colonial;
algunos de los cielos rasos fueron eliminados, manteniendo
a vista la estructura de la techumbre; en otras áreas,
los cielos rasos se reemplazaron por materiales que, a
pesar de ser nuevos, le dieron a los ambientes aquel carácter
de otrora que los dueños deseaban, como fue el caso
de las maderas nuevas, muchas recicladas de casas que se
demolieron en la antigua Zona del Canal.
Gran parte de los pisos de pasta, admirablemente decorados,
fueron mantenidos, ya que además de ser hermosos
estaban en buenas condiciones. La madera de algunas columnas
y vigas, al igual que otros trabajos en este material,
debieron ser sustituidas por estar arruinadas. Es importante
mencionar que todos aquellos materiales que estaban en
buen estado fueron reciclados ya que la meta de la obra
era conservar al máximo el espíritu original
de la mansión.
En el patio, disimulado entre el follaje, se encuentra
un “aljibe” (pozo que antaño se utilizaba
para recoger el agua de lluvia) que data de fines del siglo
XVII, construido en forma circular y revestido en ladrillos.
Este pequeño cenote tuvo un valor incalculable durante
el período de la restauración. Durante siglos
se convirtió en receptor de pequeños objetos
que probablemente no eran de interés para las personas
que allí moraban pero, muchos años más
tarde, esos antiguos fragmentos, cerámicas, utensilios
de uso doméstico y otros objetos de diferentes períodos,
fueron de invaluable ayuda para conocer un poco más
de las costumbres y forma de vida de aquellos valientes
hombres y mujeres que dejaron todo atrás para venir
al nuevo mundo. Además, reafirman que esta propiedad
fue objeto de construcciones, demoliciones y reconstrucciones
sobre los mismos cimientos y que este aljibe, probablemente,
se mantuvo en uso hasta el siglo XIX.
El frontis se guarda tras un estrecha acera, teniendo
en la sección central de la planta baja la puerta
de acceso principal con dos grandes ventanales. En la planta
alta se repiten, en exacta simetría, tres puertas
ventanas de madera y vidrio que únicamente se diferencian
de las del piso inferior por los arcos que las coronan.
Este edificio frontal congregaba ambientes de tipo social:
en la planta baja se encontraba el foyer, una sala principal,
una secundaria y una pequeña capillita.
Lo que debió de haber sido un gran salón
de estar, donde suponemos se reunieron distinguidos caballeros
para enfrascarse en acaloradas discusiones de la política
del momento o de los últimos negocios, mientras
sus elegantes damas se entretenían en largas tertulias,
actualmente cuenta con un austero amoblado de tan solo
unas cuantas piezas que pasan casi inadvertidas, ya que
probablemente el fin de esta estancia es admirar y recordar
a los ilustres abuelos y ancestros a través de retratos
al óleo, antiguas fotos y documentos conmemorativos
que se exhiben en paredes y mesas estratégicamente
ubicadas.
Esta remembranza del pasado se sella de forma exitosa
a través de los acabados originales, algunos restaurados,
otros custodiados con gran celo e interés. Llaman
la atención los originales y bien mantenidos pisos
de pasta que ofrecen interesantes labores y colores. Brinda
elegancia y distinción a esta área el sobrio
trompe l’oeil que envuelve las paredes, al igual
que el trabajo de pinceleo en el cielo raso.
Una pequeña galería que bordea el patio
interno invade los sentidos de manera placentera y nos
dirige a un reservado oratorio que, por su belleza y tranquilidad,
invita al recogimiento. El deterioro que presentaba el
cielo en esta área obligó a los dueños
a remover, reparar y, una vez terminado el proceso de restauración,
reinstalar el antiguo lienzo. Al fondo, sobre un altar
de madera con detalles en papelillo de oro, está expuesta
una bellísima imagen de la Inmaculada Concepción.
Encantador nos pareció el primer alto del edificio
frontal. Este gran salón de encumbrados techos deja
vista la parte superior de las paredes laterales del aposento
y muestra, de manera atrevida, ladrillos y piedras que
ofrecen un atractivo juego de tonalidades tierra.
La ordenada estructura de madera del techo se entrelaza
de manera muy suave con los ductos de tipo industrial,
utilizados para el sistema de aire acondicionado central.
El color turquesa de estos enormes cilindros combina de
forma agradable con el tono miel de las maderas de los
techos.
Hermosos son los pisos de madera barnizada que cubren
toda el área y juegan perfectamente con la balaustrada
perimetral de la escalera, colocada en el centro del salón
creando dos áreas de “living”. El amoblado
de estas dos “salas” guarda gran similitud,
no sólo en los materiales de tapicería sino
también en la sencillez de adornos y piezas especiales.
De la sala pasamos, por puertas de madera y vidrio, al
comedor que mira sobre el patio interno. Un pequeño
corredor comunica esta sección con el primer alto
del “cañon”. Aquí encontramos
dos recámaras y una deliciosa terracita con maravillosa
vista al mar, por un lado, y por el otro, el jardín
interno siempre se hace presente. Ubicada en la parte más
alta de la casa se encuentra la acogedora recámara
principal, área privilegiada ya que desde aquí se
disfruta también de una extraordinaria vista al
mar, por un lado, y desde la terracita posterior se logran
divisar techos de diferentes formas y tamaños, al
igual que las torres de las iglesias del lugar.


Largos fueron los años en que este viejo e interesante “quartier” estuvo
totalmente olvidado, pero sangre nueva ha llegado, con
brío y compromiso de tratar de rescatar el Casco.
Los estudios y metodología esgrimidos en la restauración
de esta mansión son un ejemplo a seguir para el éxito
del proyecto de restauración total de este histórico
sector de nuestra ciudad, declarada por la UNESCO patrimonio
cultural de la humanidad. Manteniendo las guías
y lineamientos del muy bien organizado plan general de
restauración, se logrará devolverle la importancia
y belleza de la que, en su momento, gozó esta joya
de la arquitectura colonial.
* Vickie de Dahlgren es diseñadora
de interiores.
Fotos: Silvia Grunhut, Space 67.
Agradecemos
al Arq. Daniel Young-Torquemada, de cuyo trabajo documental
realizado para obtener la maestría en estudios
de preservación “Master in Preservation
Studies”, de la Universidad de Tulane, se tomó información
importante de tipo histórico y del desarrollo
del proyecto.