¿Se
ha puesto a pensar cómo es la rutina de aquellas
mujeres policías que a diario nos dirigen
al trabajo? ¿O de aquel paletero cuya campana
sonando alegra a más de cuatro? ¿Y
qué de aquel recogedor de basura que tiene
que subir y bajar del camión una veintena
de veces? He aquí sus historias.
Cuando se
trabaja con orgullo
Por: Lil María
Herrera C.
El esfuerzo del panameño
trabajador es digno de admirar. Conocer hombres y mujeres
que a diario salen de sus hogares a dar lo mejor de sí para
desempeñar un papel útil en la sociedad da
gusto, más aún cuando se desempeñan
en labores que requieren ciertas “destrezas” especiales:
estar de pie y caminando todo el día, bajo un sol
rajatabla o un aguacero torrencial, en contacto directo
con la población en general.
Estos protagonistas del día a día, con los
cuales muchos de nosotros nos encontramos al salir a la
calle, son personas que por su espíritu tenaz y
emprendedor nos demuestran que cualquier trabajo, por más
difícil que parezca, puede ser reconfortante y honorable.
Manuel Orozco, Licky Briz y Pedro Juan González
son tres ejemplos de tantos otros que, como ellos, pasan
muchas veces inadvertidos. Su trabajo hace la vida de todos
los demás más llevadera, organizada y fácil.
Manuel Orozco
La campanita precede sus pasos, así como los sabores
de fruta congelada que él ofrece. Con el humor a
flor de piel y a sus 67 años de edad, Manuel Orozco
aún trabaja arduamente para mantener a una familia
de siete personas, incluyendo nietos. Vive en Nuevo Amanecer,
Alcaldedíaz, y labora en la empresa La Italiana
hace más de 28 años, desde la época
en que las paletas de frutas costaban 15 centavos.
Su ruta es la de Juan Díaz: Pedregal, Ciudad Radial,
Chorrillito, Santa Inés, Guayacanes, Marcasa, Romeral...
la misma desde hace 28 años. Cada mañana
sale a la calle con unas 200 paletas en su carrito refrigerado,
de las cuales las que más vende son las de coco,
limón, fresa, nuez y chocolate.
Su faena empieza a las 10 a.m. y termina alrededor de
las 7 p.m. Trabaja de martes a domingo, camina y camina
sin descansar, y “el día que me quedo en casa,
me siento mal”, nos comenta orgulloso. Se considera
discreto, no tiene vicios de ninguna clase y no se mete
con nadie. Este señor, al que todos en el barrio
conocen, tiene una clientela muy leal: “el día
que no voy, al día siguiente me dicen: oiga
tío, ¿qué le
pasó ayer?”. Otros le dicen: “usted
aquí se mete a legislador y sí que saca votos”.
Pero la popularidad no es lo más importante para
Orozco. Salir de su casa aseado y bien presentable es esencial.
Su uniforme consta de gorra y camiseta anaranjados, y va “bien
limpiecito”, porque “el que está sucio,
en la calle no camina”.
“Limón para la presión, piña
para la niña, coco pa’ los locos”, así va
ofreciendo sus paletas a toda voz este señor que
todavía se siente lleno de condiciones y cuyo lema
es no andar bravo. “Cuando me preguntan digo que
para qué ponerse bravo... a mal tiempo, buena cara”.
Y detrás de esa sonrisa afable encontramos un panameño
que disfruta lo que hace y logra que los demás también
lo hagan. “Hay viejo pa´ rato”, nos dice,
con una carcajada de pura satisfacción.
Licky Briz
La subteniente de Policía Licky Briz vive con
su madre y su hermana. Nació en La Chorrera. Nunca
conoció a su padre biológico y su mamá era
madre soltera de 7 niños, incluyéndola. “Había
que trabajar muy fuerte y estudiar para salir adelante”.
Por ello, cuando la subteniente Briz cuenta que incluso
llegó a recoger latas para ayudar en el sustento
de su hogar, lo dice con emoción.
Briz se interesó por la carrera de policía
desde antes de los 18 años, edad en que se permite
empezar dicha profesión, probablemente porque ya
tenía dos hermanos policías, uno que es oficial
y el otro cabo. En 1997 logró entrar a la Policía
a través de un curso becario para oficiales extranjeros
al que aplicó. Así, estudió en Venezuela
durante cuatro años obteniendo, aparte del rango
como oficial de policía, la carrera de Ciencias
Policiales, Mención, Seguridad y Orden Público.
Briz ha laborado como policía operativamente, en
la Policía de Frontera, en el área de San
Felipe y ahora en la Policía de Tránsito.
Para ella, “todas las áreas de la Policía
son bonitas, la cuestión es querer el trabajo y
gustarte lo que haces. Entonces yo no veo excusa de los
jóvenes para decir no hay trabajo. Sí hay
trabajo y siempre la Academia de Policía los necesita”.
Actualmente, como subteniente de tránsito es bastante
la responsabilidad que tiene, con sus compañeros
bajo su mando, con sus superiores, con las personas que
están detrás del volante, con los peatones. “Trato
de mediar en lo que puedo, de que no se formen esos tranques
que verdaderamente molestan a la ciudadanía, trato
de que las personas, sobre todo los conductores, tomen
conciencia sobre lo que es ir detrás del volante.
Más que ponerles una boleta les aconsejo. Yo creo
que es mejor, es mucho mejor”, afirma Briz, quien
sin lugar a dudas tiene una vocación magisterial
muy clara.
Un día en la rutina diaria de la subteniente Briz
es bastante agitado: “Me levanto prácticamente
antes de las 3 de la mañana, para estar en la
sede de la Policía temprano, porque si usted llega
después de las 4:30 a.m. ya está tarde.
La entrada es a las 4:30 a.m. para estar en la vía
prácticamente hasta las 8:00 p.m. Son más
de ocho horas, pero nosotros trabajamos un día
sí un día no, un fin de semana libre, otro
no, así que sí se trabaja, pero también
se descansa”, nos comenta.
Este año será ascendida al rango de teniente.
Quisiera seguir estudiando, otra carrera, pero mantenerse
dentro de la Policía, específicamente especializarse
en Perito de Tránsito. “Yo tengo muchas aspiraciones:
quiero ser explosivista, tomar un curso de francotirador,
especializarme en la rama de la balística, en fin,
todas carreras afines”.
Para Briz la prudencia es lo más importante a la
hora de mejorar la calidad del tránsito de automóviles,
tanto de parte de los oficiales como de los conductores.
Así nos despedimos, dejándola en plena faena
con su silbato presto a poner orden en la vía.
Pedro Juan González
Veintitrés años recolectando basura han servido a Pedro Juan
González para educar a sus hijos: uno es técnico en electrónica,
otro en refrigeración y el tercero aspira a trabajar en algún
barco mercante.
González trabaja en la DIMAUD desde enero de 1983.
Antes trabajaba en el mar, en barcos bolicheros hasta que
un tío, mecánico de profesión, le
consiguió trabajo en la DIMA. Desde hace tres años
su ruta es la de Pedregal, desde las 5:30 a.m. hasta las
2:00 p.m. Tiene dos días libres a la semana.
Considera su trabajo bastante peligroso porque tiene que
evitar los carros para que no lo atropellen. Además,
están los malos olores que por su trabajo tiene
que soportar durante las 8 horas de labor en el carro recolector
de la basura.
En cuanto a su relación con la comunidad nos comenta: “Usted
sabe que en este mundo hay toda clase de gente. Hay quienes
nos tratan bien, otros nos critican y así. Nosotros
hacemos buena labor, pero siempre hay alguien que no está conforme
con algo. Lo bueno es que en Pedregal la mayoría
de la gente se lleva bien con nosotros. Saben que nuestro
trabajo es duro, porque nosotros tenemos que estar llueva,
dándole, sol, dándole, todos mojados y a
veces se nos seca la ropa encima y seguimos trabajando.
Así, la gente nos ve y dice esta gente sí trabaja”.
Todas las mañanas González le pide a Dios
que lleve el control del carro recolector y que cubra a
sus compañeros. Una recomendación para la
población es que acomoden bien su basura. “Deben
amarrar bien las bolsas y cuando viene el carro sacar la
basura a tiempo, así podemos hacer la labor más
eficiente”.
González y sus compañeros reciclan latas
y con ello se hacen un ingreso extra cada día. En
algunas casas le tienen las latas y botellas guardadas
aparte, lo que les ahorra el tener que rebuscar entre las
bolsas. “Yo quisiera ser pronto supervisor”,
nos comenta esperanzado, pero aún así no
cede en su tenacidad y cada día se levanta con aplomo
a trabajar.
Definitivamente, ser paletero,
policía o recogedor de basura no es tarea fácil
o, mejor dicho, no es un trabajo con el que cualquiera
se podría compenetrar, ya que su rutina diaria
involucra lo que muchos a diario evitamos: estar bajo
el sol o la lluvia, luchando contra el tráfico
y evitando los malos olores. Sin embargo, en el caso
de Manuel Orozco, Licky Briz y Pedro Juan González
estos trabajos son su vida y su orgullo, lo que les
proporciona el sustento para sus familias y una labor
que, día tras día, realizan con gran
energía y optimismo en beneficio de la comunidad
en general.
Fotos: Ariel Atencio