Por:
Julieta de Diego de Fábrega
Jorge Grajales:
un regalo compartido >
Hay niños que tienen que crecer sin una familia que los
apoye y los guíe. Jorge Grajales ha tenido que aprender a vivir sin piernas
y
manos, pero tiene dos familias que lo adoran.
A simple vista, la historia de Jorge puede parecer triste y desgarradora.
erder las dos manos y los dos pies a escasos doce meses de edad no es un
asunto fácil de manejar, ni para quien lo vive, ni para su familia.
Sin embargo, para aquellos que escogemos creer que Dios existe y que los ángeles
de la guarda no descansan, Jorge Grajales confirma nuestra fe.
Este jovencito de nueve años, que divide los doce meses del año
entre su familia panameña y su familia norteamericana, que adora jugar
fútbol, tenis, y disfruta tremendamente la clase de arte, que sonríe
con facilidad y conversa como si fuera un adulto, tanto en español
como en inglés, irradia tanta alegría de vivir que por momentos,
en su presencia, olvidamos que no tiene ni piernas ni brazos. Pero es que
con esos bracitos cortos que le llegan sólo hasta el codo, abraza
con tanta fuerza que uno siente los latidos de su corazón.
Su nacimiento el 26 de enero de 1997 fue un evento feliz para sus padres
Isel Janet Domínguez y Joaquín Grajales, residentes de Paso
Ancho, provincia de Coclé. Jorge es su tercer y último hijo.
Nació sano, al igual que Karen Vanessa y Joaquín Aurelio. Los
Grajales son una familia humilde; Joaquín trabaja en Coronado como
asistente en limpieza de piscinas y llega a casa sólo los fines de
semana. Su modesta vivienda era, hasta hace un par de años, de quincha
y sin muchas comodidades.
Cuando tenía un año Jorge empezó a tener fiebres muy
altas y las extremidades se le empezaron a hinchar y enrojecer. Los padres
buscaron todas las atenciones médicas a su alcance y, finalmente,
Jorge fue referido al Hospital del Niño donde estuvo recluido más
de un mes. Su angustia aumentaba en la medida en que los médicos no
lograban
diagnosticar qué le sucedía.
Finalmente, cuando sus extremidades tuvieron que ser amputadas dado el avanzado
grado de gangrena que presentaban, se le diagnosticó vasculitis, un
desorden que consiste en pobre circulación de la sangre. Inicialmente
se pensó que su enfermedad podía ser progresiva, pero actualmente
los médicos coinciden en que la misma se ha controlado.
Mientras Jorge estaba en el Hospital del Niño con su papá,
Thomas Ford –Tío Ford como lo llaman los tantos niños
que Tom ha logrado atender a través de los muchos
programas de ayuda en los que participa– llegó al hospital
y tuvo oportunidad de conocer sobre el caso. “Llegó como un
milagro”, comenta Isel.
Tom se interesó en el caso y rápidamente hizo los contactos
con Healing the Children, una asociación sin fines de lucro
a través de la cual se atienden en Estados Unidos casos difíciles
de niños de escasos recursos, generalmente oriundos de países
en vías de desarrollo. Esta asociación mantiene contacto con
la Fundación Pro- Integración en Panamá, de la cual
Tom era presidente en ese momento.
La Fundación aceptó a Jorge en el programa y, en junio de
1998, con dieciséis meses de edad llegó al hogar de la familia
Dyksen en el norte de
New Jersey. Era el tercer niño que la familia
recibía en su casa a través del programa. No sabían
en ese momento, que la estadía de Jorge sería más larga
de lo normal.
Faye Dyksen, de 53 años de edad, es enfermera de profesión
y trabajó en un hospital pediátrico hasta el nacimiento de
Brad, el primero de cinco hijos, cuyas edades oscilan entre los 31 y 22 años.
Actualmente, Faye trabaja como enfermera privada. Cuando su hija menor tenía
alrededor de 10 años, los Dyksen se ofrecieron como “host
family” (familia-anfitriona) para el programa Healing the
Children.
Los casos que se atienden a través de Healing the Children generalmente
requieren que los niños permanezcan con su familia-anfitriona por
un par de meses y luego regresan a su país de origen permanentemente.
Sin embargo, el caso de Jorge ha roto todos los moldes. Lo que se pretendía
hacer con Jorge era colocarle prótesis en sus piernas y así fue,
a los dieciocho meses estrenó su primer par de piernas nuevas y tres
meses después daba sus primeros pasos con ellas. Observar aquel video
en el que Jorge, con ayuda de sus hermanos adoptivos, camina por primera
vez es realmente emocionante.
Al poco tiempo surgió un imprevisto, Jorge desarrolló un crecimiento óseo
en uno de los muñones de sus piernas que le causaba mucha incomodidad
al usar la prótesis y para removerlo tuvieron que someterlo a una
operación quirúrgica. La recuperación tomó varios
meses, luego de los cuales a Jorge le tocó nuevamente aprender a caminar.
Nueve meses habían transcurrido desde su llegada a Estados Unidos,
ya le habían adaptado el segundo par de piernas y la situación
parecía estar bajo control, por lo que Jorge volvió a Panamá donde
estuvo casi un año.
Un niño de tan corta edad suele crecer a pasos agigantados y las
prótesis deben ser ajustadas y/o sustituidas por otras por lo menos
una vez al año y a veces hasta dos.
Cuando Jorge regresó a
Estados Unidos era obvio que había transcurrido demasiado tiempo y
que las prótesis eran demasiado pequeñas para él. Todo
parecía sugerir que las prótesis de Jorge debían ser
cambiadas más o menos cada nueve meses.
Si añadimos a eso las terapias, los tratamientos conexos y el arribo
de Jorge a edad preescolar, era lógico que lo ideal fuera que el niño
estuviera en Estados Unidos durante el año escolar y en Panamá durante
sus vacaciones de verano. Sus padres naturales tuvieron que tomar una decisión
muy difícil: dejarlo con los Dyksen nueve meses del año. Así,
no sólo se garantizaba su escolaridad, sino que también se
le podría dar un mejor seguimiento a sus tratamientos y cambios de
prótesis.
En la familia Dyksen se hizo una votación para tomar la decisión
y, aunque la tarea no fue fácil, a Jorge no le costó mucho
ganarse el corazón de sus nuevos “hermanos” y pronto se
constituyó en parte del clan. En estos ocho años Jorge ha
visto a varios de sus hermanos casarse y hasta se ha convertido en tío
Jorge.
Jorge tiene dos familias y ambas lo adoran, él lo sabe, pero aún
así las despedidas son tristes para él. Isel nos comenta que
para ella es sumamente difícil ver a Jorge partir cada año
en agosto. Lo siente triste cuando se acerca el viaje... En New Jersey vemos
la misma escena cuando llega el momento de regresar a Panamá. Tal
como nos cuenta Faye, Jorge tiene que cambiar de ambiente, de familia, de
estilo de vida y hasta de idioma cada vez que viaja. Extraña cuando
está aquí y también cuando está allá,
porque quiere a sus dos familias por igual. Pero la realidad es que sus mundos
son muy diferentes el uno del otro.
A través de estos ocho años, las dos mamás de Jorge
han aprendido a respetarse y a quererse entre sí. Isel, por ejemplo,
comprende que a pesar de que ella es su madre
natural, Faye ha cargado por más tiempo con la responsabilidad de
la crianza. “Tantas noches se ha desvelado cuidándolo cuando
se enferma, tantas horas ha pasado dándole terapia, enseñándole
a caminar, a leer. En ese sentido ella (Faye) es más mamá que
yo”, afirma Isel, sin ningún tipo de amargura o resentimiento.
Para Faye, la responsabilidad de sacar adelante a Jorge es una carga que
lleva con alegría porque su corazón le dice que “eso
es lo que Dios quiere que haga”, porque siente que gracias a Él,
se le han abierto muchas puertas y que seguramente le dará “las
energías, la sabiduría y la paciencia para darle a Jorge una
buena vida”.
Faye estudia con Jorge, lo motiva a participar en todas las actividades
propias para un niño de su edad y, por supuesto, se ocupa de sus terapias.
Atenderlo es una tarea diaria, constante y que requiere mucha energía.
Pero las recompensas son igualmente grandes. Cada logro de Jorge es un logro
compartido por toda la familia.
La actitud de Jorge hacia la vida es su activo más importante y ha
servido de ejemplo e inspiración a muchos. Recientemente, un niño
de República Dominicana llegó a Estados Unidos para que le
pusieran unas prótesis en las piernas. Ni su mamá ni él
cooperaban con los médicos hasta que Jorge, con su candidez y generosidad
nata, les hizo una demostración de todo lo que podía hacer
gracias a sus piernas y de todo lo que podía hacer a pesar de no tener
manos. Hoy en día, ese niño está de vuelta en su país
y maneja sus prótesis exitosamente.
En cuanto a sus manos, la primera prótesis se la instalaron a los
cinco
años en la mano derecha, pero Jorge crecía tan rápido
que se requerían ajustes constantes y
además, así como se adaptó fácilmente a sus piernitas
nuevas, con la mano tuvo más dificultades por lo que se tomó la
decisión de eliminarla. Aún no está claro cuándo
se intentará nuevamente colocarle a Jorge prótesis en sus brazos,
pero sin ellas se puede
vestir, jugar Gameboy, escribir y dar muchos abrazos apretadísimos.
Es cierto que una u otra vez Jorge le ha preguntado a sus padres:
“¿Por qué yo no tengo manos ni piernas?”. Es cierto
también que todavía hace falta tomar muchas decisiones importantes
con respecto a su futuro. Pero tanto Isel y Joaquín como Faye y John
tienen sueños para Jorge. Sueñan con que llegue a graduarse de
la universidad, con que tenga oportunidades en la vida, pero más que
nada sueñan con que Jorge sea feliz. Tan feliz como han sido ellos gracias
a la oportunidad que Dios les ha dado de compartir
a un ángel como Jorge.