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Enfermedades cardiovasculares en las mujeres >
Mientras que una de cada ocho a diez mujeres desarrollará cáncer en algún momento de su vida, al menos una de cada tres morirá de enfermedad cardiovascular. No sorprende, pues, que el 43% de las muertes en Europa sean atribuidas a enfermedades cardiovasculares, comparado con el 5% para las causadas por cáncer. Y es que, aun cuando se han desarrollado nuevas tecnologías y tratamientos para las enfermedades cardiovasculares, en la mayoría de los países del continente americano éstas siguen siendo la principal causa de dolencia y muerte, tanto en hombres como en mujeres.
Para las mujeres, la situación es todavía más preocupante, pues hay un retraso generalizado en diagnosticar un episodio grave, aparte de que se utilizan menos recursos para definir y tratar la enfermedad. Esto contribuye a que la mujer tenga 50% de probabilidades de morir de su primer ataque cardiaco, comparado con el 30% para los hombres; que 38% de las mujeres que resisten su primer ataque cardiaco mueran en el primer año, comparado con 25% de los hombres; que 46% de las que sobreviven queden incapacitadas por insuficiencia cardiaca, comparado con el 22% de los hombres; y que en los primeros seis años después de un ataque cardiaco, las mujeres tengan doble riesgo de sufrir un segundo ataque, en comparación con los hombres.
Los síntomas de un ataque cardiaco en las mujeres pueden diferir de los presentados en los hombres. Incluso muchas mujeres que sufren un ataque cardiaco no lo saben. Las mujeres suelen sentir ardor en la región superior del abdomen y pueden tener mareo, malestar estomacal y sudoración. Pero como podrían no sentir el típico dolor opresivo detrás del esternón o en la mitad izquierda del pecho, muchas podrían pasar por alto los síntomas que indican que están sufriendo un ataque al corazón.
Habitualmente, en las mujeres los síntomas de enfermedad coronaria aparecen unos diez años después que en los varones. Hay pequeñas pero importantes diferencias en cómo el sistema cardiovascular de las mujeres responde al estrés, a las hormonas, al exceso de grasas saturadas y a determinadas toxinas como el tabaco. Aunque no se conoce bien cómo las hormonas femeninas protegen a la mujer de la enfermedad coronaria antes de la menopausia, al parecer aumentan la lipoproteína de alta densidad (HDL) o colesterol bueno, y también podrían disminuir la viscosidad de la sangre, reduciendo el riesgo de trombosis. Pero todos estos beneficios desaparecen con la menopausia y las mujeres acaban presentando el mismo riesgo que los hombres. Además, las mujeres que fuman y tienen una menopausia prematura aumentan entre dos y tres veces el riesgo de presentar una enfermedad cardiovascular.
Hay dos factores de riesgo cardiovascular que resultan más relevantes en las mujeres que en los hombres: la diabetes, que incrementa el riesgo de enfermedad coronaria entre 3 y 7 veces en la mujer, comparado con 2 a 3 veces en el hombre; y la dislipidemia, o alteraciones en la concentración de lípidos sanguíneos. En este último caso, los niveles bajos del colesterol bueno (HDL) parecen tener un impacto negativo más fuerte en las mujeres, especialmente para las mayores de 65 años.
Para prevenir las enfermedades cardiovasculares y obtener mejores resultados de tratamiento es necesario que las mujeres conozcan sus niveles de lípidos y de presión arterial, se mantengan ejercitándose diariamente, mantengan un peso adecuado, consuman una dieta baja en grasa saturada, coman pescado por lo menos una vez a la semana y visiten a su médico inmediatamente al presentar síntomas de dificultad respiratoria o cualquier malestar agudo en el pecho o el abdomen.
En las próximas décadas, cerca del 40% de las mujeres en América tendrán más de 50 años. Muchas de ellas padecerán enfermedad coronaria o aterosclerótica. Debemos esforzarnos en prevenir los factores de riesgo y cambiar, a través de la educación, la percepción que tenemos acerca de las mujeres y las enfermedades cardiovasculares, para mejorar los resultados del servicio que les hemos estado brindando.
Por: Sergio Solís FACC, FSCAI Cardiología intervencionista y medicina vascular
y Alma
viviendo
a plenitud
Suenos de cada día >“…que toda la vida es sueño, y los sueños, sueños son” Pedro Calderón de la Barca
A colores o en blanco y negro… Sobre el pasado, el presente o el futuro. Los hay aterradores o encantadores. Algunos son eróticos; otros parecen premonitorios. Algunos invitan al reencuentro y, otros, a la separación. Unos son coherentes y otros son como un revoltijo de escenas sin sentido. Sean como sean, los sueños son parte de la vida del ser humano.
A lo largo de los siglos, el interés por los sueños ha prevalecido: las visiones cabalísticas dan pie a una cultura popular: “¿Qué número es soñar con tijeras…? le preguntaban a la billetera sentada a la entrada del Café Minimax. O…“Ayer soñé con mi papá… estaba como si nada…”, me contaba un amigo hace poco. O más aún: “Tuve un sueño en el que se me caían los dientes”, me comentaba mi sobrina Marianela el otro día y quería saber si yo era “experto en analizar sueños”.
¿Cómo funcionan los sueños? Todos soñamos, pero no siempre recordamos lo soñado. La cantidad de horas de sueño varía de persona a persona, pero probablemente menos de seis y más de doce horas al día pueden representar un problema. El sueño también tiene fases: empezamos por un sueño ligero, seguido por etapas de creciente bloqueo de la capacidad de recibir los estímulos y mayor profundidad. En los últimos lapsos es donde tenemos los sueños típicos, representados como imágenes o sonidos, o como narraciones y vivencias.
¿Son peligrosos los trastornos del sueño? Depende. Por ejemplo, las pesadillas, esos sueños perturbadores y sumamente reales que nos estremecen y hacen salir bruscamente de una fase profunda, generalmente no lo son, siempre y cuando no sean constantes. Las causan la falta de sueño, las preocupaciones, el comer antes de acostarse o el efecto de ciertas medicinas. A veces indican experiencias traumáticas del pasado. Por otro lado, detrás de un insomnio o de los ronquidos persistentes puede estar la apnea del sueño, que sí es peligrosa. Quienes la sufren dejan de respirar por un lapso de cinco a veinte segundos, decenas o hasta cientos de veces durante la noche, y se sienten muy cansados al despertarse. Esta condición requiere de la evaluación de un médico especialista para poder ser corregida.
¿Por qué soñamos? Freud decía que los sueños eran una forma de manifestar deseos reprimidos que lograban salir del inconsciente cuando la persona no estaba en vigilia. Sin embargo, los expertos en neurociencia piensan ahora que los sueños pudieran servir al menos para tres funciones básicas:
1. Funcionan como una forma de reprocesar experiencias del diario vivir… Como un sistema de archivar los documentos que nos resultan interesantes, atractivos, o que son “material delicado”.
2. Son una forma de “entretenimiento” del cerebro que busca satisfacer algunos deseos y sentimientos que en la vigilia, por algún motivo, la persona no puede satisfacer.
3. Quizás sirven para acercarnos a información que ha pasado por nuestra conciencia, pero que de una u otra manera no hemos sabido “notar” por estar atendiendo muchas cosas a la vez.
Sean cuales sean las explicaciones de por qué soñamos, lo que sí sabemos es que una persona que no duerme bien puede amanecer desencajada, desganada, decaída o hasta malhumorada, y puede, a la larga, tornarse agresiva o hasta deprimirse. La realidad es que dormir bien, descansar y -si se quiere- soñar, es parte tan importante y normal de la naturaleza humana como tomar agua. Nos conviene asegurarnos un sueño reparador cada noche y, si no lo tenemos, debemos consultar a un médico.
Los sueños son algo que nuestra mente necesita para funcionar adecuadamente. Quizás debemos entender que hay tantas teorías sobre el origen y el significado de los sueños como soñadores existan y que, como en otras áreas de nuestra vida, la interpretación más válida que se pueda hacer de un sueño nuestro, es la que nosotros mismos hagamos.
Por. Dr. Carlos A. Leiro P., Ph.D., Clínica Transiciones