Por: Juliana Valderrama
Cuerpo...

A disfrutar de la buena mesa, porque somos lo que comemos > Quizás este 2010 sea un buen año para dejar de contar las calorías y empezar a disfrutar de “la buena mesa”. Y es que en esta época del año, cuando solemos afilar la punta del lápiz y escribir nuestra lista de resoluciones, pienso en las personas que no vi durante todo el año, las reuniones familiares a las que no asistí y me pregunto qué puedo cambiar. Ahora, la rapidez que llevan nuestras vidas hace difícil encontrar los momentos para bajar las revoluciones y disfrutar de algo tan sencillo como una comida rodeada de nuestros seres queridos.
Pero volviendo a las resoluciones, ésta es una de las que encabeza mi lista para el 2010: se trata de recuperar los momentos sencillos de la vida cotidiana que aportan calidad a nuestra vida. No puedo llevarme el crédito de esta idea: todo comenzó hace 23 años, cuando Carlo Petrini, en Italia, promovió el movimiento llamado slow food, el cual incorpora el disfrute y placer vinculado con los ingredientes de un plato suculento, acompañado de unas buenas carcajadas y recuerdos que hacen sonreír al alma. Y es que ante la velocidad de la vida actual, el mundo está despertando y la respuesta es una vida más lenta, donde la pauta la marcan los productos locales, frescos, que aportan riqueza a nuestra dieta y tranquilidad a nuestra mente.
La idea detrás de la organización consiste en combatir de manera activa la globalización de la comida rápida. Según el movimiento, una persona lo puede lograr entendiendo la relación entre los alimentos que llegan a su plato y el planeta, lo cual obliga a recuperar las tradiciones culinarias locales. En Europa, el slow food ha dado lugar a la formación de grupos de presión para incluir prácticas ecológicas a las políticas agrícolas nacionales. Como ven, es un movimiento bastante completo, en el que saber elegir los alimentos que ingerimos es tan importante como el tiempo que dedicamos a comerlos.
Para ser un comedor slow es necesario acortar la distancia que viaja la comida para llegar a la mesa. En nuestro país, participar en el movimiento del slow food, aunque sea de forma esporádica, es más fácil que en otras regiones. Un hábito tan sencillo como preparar una buena taza de café chiricano acompañado de un fresco queso criollo y un bollo de maíz nuevo, en el desayuno, es participar de esta filosofía de vida. El tiempo para disfrutar del placer gastronómico es la clave.
He aquí algunos datos para ser un “comedor slow”*:
- Decir no a la comida rápida.
- Consumir alimentos locales.
- Elegir productos orgánicos.
- Evitar productos modificados genéticamente.
- Darse tiempo para saborear cada bocado.
Panamá es un país privilegiado, donde comprar frutas y vegetales frescos es bastante accesible. Además, el clima nos permite tener comida fresca todo el año, sin necesidad de recurrir a enlatados y comidas procesadas. Incluso, sin ir muy lejos, en la esquina de las principales calles de la ciudad es fácil encontrar un carrito o un chinito que vende una piña que parece miel.
Conseguir productos de temporada es tan fácil como darse un paseo mañanero por el mercado de Ancón o por el Mercado Municipal que queda en la Avenida Balboa, lugares donde encontrarán la riqueza de la tierra. También vale la pena hacer una visita al Mercado de Mariscos donde la pesca del día dura poco. Por otra parte, en la mayor parte de los supermercados locales se encuentran productos orgánicos cultivados en el país.
La tendencia de volver a lo básico responde a un agotamiento generalizado de la vida rápida. Hay una creciente demanda por incorporar productos locales a la dieta y darnos el tiempo adecuado en la mesa para disfrutarlos. ¿Y quién dice que en el 2010 no lo podemos lograr?
Por: Juliana Valderrama
*Fuente: Ecoticias.com
y Alma
viviendo a plenitud
¿Qué se puede hacer con los adolescentes? > La adolescencia es una etapa llena de sueños y ambiciones, así como de angustia y temores para los hijos y para sus padres. Y lo es más en la actualidad porque los niños crecen en un mundo que ha cambiado en forma radical. Ellos ya no viven en un medio urbano rodeado de parientes y amigos, sino en el ciberespacio a merced de una cultura sobresaturada de sexo y violencia. Sus familias ya no son uniones estables regidas por tradiciones y normas inflexibles, sino familias emocionales que los individuos construyen y vuelven a construir cuando y como se les da la gana. La vida sexual ya no es un tema tabú y pecaminoso, sino una forma de divertirse y expresarse que poco tiene que ver con el amor. Sus padres ya no son figuras superiores que imponen su parecer y exigen reverencia, sino individuos que quieren ser sus “amigos” y hacen lo posible por ganárselos para poder controlarlos.
Así, los jóvenes hoy no sólo son más listos y poderosos que las generaciones anteriores, sino que se sienten más solos y perdidos que nunca. Por ello, urge dejar de temerle a la adolescencia para comenzar a entenderla de una manera distinta a como se ha venido haciendo. Con sus comportamientos, a menudo insólitos, los adolescentes nos están diciendo todo lo que necesitamos saber sobre ellos… y también sobre nosotros. Por ejemplo, ¿la forma como los jóvenes se involucran sexualmente unos con otros sin ningún compromiso no será una evidencia de la trivialidad con que los adultos asumimos la sexualidad? ¿La manera en que crece su admiración por las celebridades y decrece su respeto por nosotros, no será el resultado de vernos tan perdidos como ellos cuando lo que esperan de nosotros es madurez y seguridad? ¿El descontrol con que consumen trago o drogas para divertirse y escapar de sus angustias, no será producto de vernos abusar del alcohol para olvidarnos de las nuestras? ¿Y la obsesión de las niñas con su cuerpo, poniendo en riesgo su salud, no será un reflejo de nuestro desmedido interés por tener una figura perfecta?
A pesar de que los adolescentes tienen hoy una visión diferente del mundo, que hace que su interpretación de la vida sea distinta a la nuestra, nos necesitan más que nunca. En la adolescencia ya no podemos dominar a los hijos a la fuerza, pero sí influir mucho en ellos. Así, es imperativo que los padres miremos qué estamos haciendo con nuestra vida para ver cómo estamos guiando la suya. Esto nos obliga, entre otras cosas, a entender el proceso que están viviendo y lo que podemos esperar de ellos; a saber lo que necesitan de nosotros para crecer mental y moralmente sanos. Y a ser toda una autoridad en los temas en los que ellos son más vulnerables –drogas y sexo–.
Recordemos que lo que nos dará el poder para ser los guías de nuestros hijos en su paso por la adolescencia no será nuestra capacidad de intimidarlos o de “comprarles” su obediencia, sino la admiración que les inspire nuestra sabiduría y solidez moral, porque sólo así seremos para ellos figuras dignas de escuchar y emular.
Por: Ángela Marulanda, autora y educadora familiar. En septiembre, la autora visitó nuestro país gracias a la Fundación Hazme Brillar, grupo que promueve el respeto a los derechos de los niños y adolescentes con necesidades educativas especiales (trastornos de atención, conducta y aprendizaje), asociadas o no a una discapacidad, a través de la capacitación, sensibilización y apoyo a estudiantes, padres de familia y educadores.
www.angelamarulanda.com