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Machín Canda’o: el juego y las reglas de la vida

Esos juegos memorables, que despertaban nuestra pasión, satisfacían cada minúscula parte de nuestra infancia y hacían volar nuestra imaginación, fueron mucho más que una sana diversión: fueron parte de lo que fuimos, de lo que somos y de lo que seremos.

Tortita, tortita, tortita de manteca… Dale, dale, dale.

La infancia no es un tiempo que pasó, es más bien un lugar donde regresar cuando el corazón lo ordene, la memoria lo permita y las ganas de vivir sean tan fuertes que no nos importe salir a mojarnos con el aguacero.

Tía rana dame un beso, tío sapo no sea tan necio

Cada generación tiene su historia, y la ruta que sigue, los avatares del día a día determinan la importancia de las cosas que le pudieran importar. Pero si hay algo que nos define desde el principio de nuestras vidas y para siempre, es la manera de jugar.

Lo lúdico le da sus señas de identidad al ser humano. Desde aquellos primeros cantos, “calapines” como se les llama, cuando abuelas y madres, “hablando chiquitito”, nos relajaban en su regazo tan sólo para gozar del premio de nuestras risas.

Cundín, cundín, cundero, que su mami lo parió encuero, sin camisa y sin sombrero.

La maravilla realmente es la permanencia de esos y de otros tantos arrullos, que de seguro alguno nos resultará familiar. Con la edad, las canciones cambiaron y nos tocaría entonar.

Esa música se queda en el alma, y aunque la prisa haga que la olvidemos, ella siempre vuelve. El simple movimiento de ese interruptor que se llama nostalgia nos renueva ese universo.

Baja la casita baja, un palomito va, uno que va delante y otro que va detrás.

La alegría de silbar, el lograr aquel portento nos hizo ganar popularidad entre la muchachada. ¿O no? Y qué decir de aquellas otras actividades, cada una más sencilla que la otra, como patear la lata, echar carreras sin ninguna razón aparente o saltar la cuerda. En aquellos días, el juguete éramos nosotros y también el juego.

Un trozo de tiza recuperado de la escuela era el dispositivo perfecto para trazar una rayuela en el suelo para jugar con los de la cuadra. Al principio, sólo eran las chicas, más tarde el juego se liberaba de prejuicios de género y ahí empezaba otra historia.

¡Ay, que me duele un dedo!, ¡ay, que me duelen dos!, ¡ay, que me duele el alma y eso lo sabe…

Los juegos colectivos de persecución y búsqueda como: “La gallinita ciega”, “La correa escondida”, “El gato y el ratón”, “El escondi’o”, “La queda” o “La lleva”, “Congelado” o “Estatua”, “Un, dos, tres pan y queso”… Verdaderos clásicos de obligatoria mención. Juego aparte es “La lata” con su archirreconocidísimo tema de descarte: De tin Marín, / de do pingüe/ cúcara mácara / títere fue. / Yo no fui, fue Teté. Pégale, pégale que ella fue. Tú te sales de la rueda y no juegas más aquí / ¡PIM! ¡PUM! ¡FUERA! En este particular caso se escogía una simple lata, que perdía su anonimato, para ser LA LATA, mientras duraba el juego. Había un perseguidor, los demás a esconderse. El “dueño” de la lata cuando los ubicaba cantaba: “Una, dos, tres manos” y nombraba al descubierto. Si se equivocaba, el coro salvador no se hacía esperar. El juego seguía hasta que los pescara a todos. ¡Y qué decir del “Machín canda’o”, ese comodín al que acudir cuando ya no teníamos más remedio!

El juego del ángel, mismo en que se conformaban dos equipos previa visita del ángel o el malo: ¡Pum! ¡Pum! ¿Quién es? El ángel. ¿Qué busca? Cinta. ¿De qué color…? Formados los equipos a tirar de la cuerda. Esos juegos sabrosos de nunca acabar.

Las chicas, por supuesto que son otra historia. Jugar a las muñecas (las de trapo me cuentan que eran una delicia) es, ha sido y será el juego favorito de las niñas, como jugar a tomar el té. ¿Alguna recuerda aquellas muñecas rubias o morenas de unos espléndidos ojos azules y unas pestañas envidiables, a las que se les cerraban los ojos, como si durmieran, al acostarlas? Esas eran muñecas o aquella variante de las “mariquitas” que traían un extenso ajuar para cada ocasión. ¿Y la muñeca de tusa?

A este mundo pertenecen los juegos con las palmas de las manos a velocidades de espanto, por ejemplo: Reducí, reduzca… O aquél: Anoche yo te vi / Adónde, adónde / En el parque tulipano / moviendo la cinturita / param pam / pim pim fuera. O este otro: Mesu, mesu, mesu / Me subo a la cama / tiro la maleta, rompo una botella / mi mamá me pega, / yo le pago a ella / subo cuatro pisos, / toco el tocadiscos / que dice así: / rocanrol. ¿Imaginarán de qué tiempo es éste? O este último: Era una paloma / Punto y coma / La llevé al parque / Punto y aparte / Y era un animal / Punto final.niños jugando

Cuando no había jacks, estaba la liga china. Cuando cansaba el “tejo” o el “pics” era el tiempo del trompo. Y uno veía cómo los patines se convertían en patinetas. Juegos de competencia y de destreza física. En días de lluvia: damas, ajedrez o chinese checkers, eran las opciones. ¿Hay por ahí alguien que recuerde los juegos con canicas (bolas): “El ring” o “El ñuflú”? Entre juego y juego se iban las vacaciones y volvía el tiempo de la escuela. Esas eran las dos estaciones de nuestras vidas cuando sufríamos la infancia y la adolescencia…

La memoria hace un viaje sutil y sin escalas a la infancia cada vez que evocamos cualquier juguete. Esa suerte de iluminación que sufrimos con alborozo cuando tenemos la oportunidad de recordar el juego entre amigos no tiene precio, y su valor se multiplica si contamos con los mismos protagonistas de aquel entonces, para recordar.

Jugar al corro, contarnos historias de pesadilla, en los veranos del interior, debajo del único farol del pueblo. Eso era posible porque éramos menos gente, todas las distancias eran extensas y la tecnología de mayor influencia era la radio. Su programación básica de noticieros, programas musicales y radionovelas no nos era tan atractiva.

No se trataba de conformarse, pero eso era lo que teníamos. Creo que los chicos de hoy tampoco se conforman, porque, y aunque con la tecnología es un recurso al alcance de casi todas las manos, también tienen la oportunidad de jugar por el gusto… Seguro lo harían. Es más, me consta, lo hacen. Somos los padres los que damos las opciones.

Han cambiado muchas cosas o ninguna. Hay quienes cuestionan los juegos de la infancia de hoy o la ausencia de tales. Nos quejamos diciendo que no saben qué es un columpio o para qué sirven los parques y el tintibajo, o el mono mono, o la ola marina… Pero es su tiempo y tienen sus juegos, y su tiempo dejará en ellos su huella. Distinta, bien por ello, a la nuestra.

Muy bien lo expresó nuestra Amelia Denis, la poetisa del Cerro Ancón, cuando nos advirtiera:

No lancéis vuestro dardo envenenado
contra la juventud que ama y desespera.
Dejad que gocen del festín humano
mientras la sombra de los años llega.

Fotos:
© Heide Benser / zefa / Corbis
© Simon Dearden / Corbis
© H&S Produktion / Corbis

 

Este artículo fue publicado originalmente en la edición de marzo de  2009.

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Héctor Collado

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