Ciencia y Salud

La inflamación: Tanto una aliada como una enemiga

Si pensamos en inflamación, probablemente se nos venga a la cabeza la imagen de una parte de nuestro cuerpo roja, caliente, dolorosa o hinchada; y no en vano el mismo nombre inflamación quiere decir “encenderse” o “hacer fuego”.

Pero en los últimos años se ha descubierto otro tipo de inflamación, uno que no vemos en ninguna parte del cuerpo sino que está constante en todo el organismo. Esta inflamación sistémica (que llamaremos “crónica”) se asocia al mal control de enfermedades como la hipertensión, la gota o la diabetes y se ha visto que con el tiempo produce daños generalizados sobre todo a arterias, pudiendo llegar a causar infartos del corazón y el cerebro (“derrames”).

La inflamación es útil… cuando es para reparar

La inflamación es un proceso complejo y normal del cuerpo que cumple una función de reparación. Cuando existe una herida o una infección, el sistema inmune emite ciertas “señales” que avisan a células de ataque (como glóbulos blancos) y a células reparadoras (como plaquetas) que una parte del cuerpo requiere ayuda. La inflamación es consecuencia de todo ese proceso y suele terminar con la reparación del daño y la “curación”. Sin embargo, en ciertos casos las “heridas” son microscópicas y constantes, lo que hace que este proceso de “reparación” se mantenga en exceso. Es aquí cuando la inflamación deja de ser útil y se vuelve un peligro.

La inflamación en tu contra, si se lo permites

Personas que no controlan adecuadamente las enfermedades sistémicas que padecen están constantemente bajo ese proceso de inflamación, aunque no tengan síntomas. La tensión alta, el nivel alto de azúcar o colesterol y otros factores van produciendo microdaños a nivel de todo el cuerpo, lo que les causa inflamación persistente. Sistemas del cuerpo, sobre todo el inmune, intentan reparar los daños, pero estos se siguen produciendo por culpa de la enfermedad mal controlada.

Este proceso se puede mantener por meses o años, lo que provoca una pérdida del equilibrio entre el daño y la reparación, terminando en daño constante y “remodelado” de los tejidos, es decir, una sobrerreparación que llega a deformarlos. Cuando afecta a las arterias del corazón, por ejemplo, va disminuyendo el espacio que tiene la sangre para pasar hasta que se tapan del todo, produciendo un infarto.

¿Qué hago si tengo una enfermedad crónica?

Si se padece de una enfermedad crónica, el riesgo de inflamación aumenta, pero es importante sobre todo cuando se tiene mal control de la enfermedad. La inflamación mantenida empeora el control de la enfermedad que la produjo originalmente y se produce un ciclo vicioso que es difícil de romper, llegando incluso a descontrolar otras enfermedades que sufría la persona previamente o producir nuevas como la ateroesclerosis. Es vital el buen control de la enfermedad que se padezca y tomar la medicación necesaria.

Medicamentos contra la hipertensión, como el enalapril; para la diabetes, como la metformina; o para el colesterol, como la atorvastatina, se deben tomar de por vida como indique nuestro médico. Además, se ha visto que no solo controlan la enfermedad mediante el mecanismo para el que se crearon sino también por otros que parecen actuar directamente sobre este proceso de inflamación y evitar los daños a largo plazo. Estudios recientes sugieren que incluso pueden mejorar la supervivencia de las personas que los toman, independientemente del control de la enfermedad para las que se recetaron.

¡No tener enfermedad crónica disminuye el riesgo, pero no lo elimina!

Aunque el riesgo es mayor cuando ya tenemos una enfermedad, no quiere decir que personas “sanas” no puedan estar bajo riesgo. Este proceso no presenta síntomas y los malos hábitos alimenticios y de vida, como sedentarismo y fumar, pueden llevar a la inflamación. Se ha visto que la obesidad y el exceso de azúcar, de comida procesada y de comida chatarra parecen empeorar la inflamación, y estos hábitos nos llevarán a padecer enfermedades de riesgo en el futuro. Incluso, se cree que la inflamación precede a las enfermedades como la diabetes y que cuando se diagnostican ya la inflamación ha estado cursando por años.

Luchar contra la inflamación

La inflamación crónica es un proceso peligroso, sobre todo porque no da síntomas. Tener una vida activa con un peso y dieta saludables son básicos. Es importante también lo que comemos. Una dieta alta en frutas, verduras y pescados, como la dieta mediterránea, parece disminuir la inflamación. Igualmente, medidas básicas como el ejercicio, no fumar y no beber en exceso ayudan al control tanto de la inflamación como el de la enfermedad que se padezca, si es el caso.

Si se tiene una enfermedad crónica, añadir a lo anterior un seguimiento más estrecho con nuestro médico y tener un buen control de la enfermedad de la que se aqueja disminuyen marcadamente los riesgos.

Fotos: Getty Images

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Dra. Ana Melissa Anzola

Dra. Ana Melissa Anzola

Panameña, médica de profesión. Forma parte del Servicio de Reumatología del Hospital General Universitario Gregorio Marañón de Madrid, donde completa su formación como especialista. Tiene especial interés en la Genética y la Inmunología Clínica, la ecografía del aparato musculoesquelético, las enfermedades inflamatorias autoinmunes y el manejo apropiado del dolor crónico, sobre todo de cara a su impacto en la calidad de vida. Todo lo anterior apoyándose siempre en la evidencia científica, a lo que contribuye en la actualidad con un trabajo sobre el tratamiento de la artritis reumatoide (Metrotexato oral vs subcutáneo: ¿logramos lo mismo?), además de colaborar con el Registro Español de Lupus Eritematoso Sistémico. Escribe para la revista En Exclusiva desde 2008.