Cuerpo y Alma

Con los hijos, el dilema es conectarse o conformarse

En una sesión de terapia con una familia, le pedí a cada uno de los miembros que escribieran cuál creían que era el “segundo” problema más importante que es afectaba. Generalmente, el primer problema es tan solo una consecuencia del verdadero problema de una familia, el “segundo”, que típicamente se pierde por el “ruido” que hace el primero.

En sus respuestas, los dos muchachos, uno de 18 años y otro de 16, dijeron –cada uno a su modo– que el segundo problema era que sentían que sus padres no los conocían realmente y que la familia estaba “desconectada”. La madre, por su parte, contestó que el segundo problema era que ella estaba llevando todo el peso de la crianza de sus hijos. Las respuestas fueron un shock para el padre, quien escribió que una limitación económica transitoria era el segundo problema.

Esto permitió empezar a hablar sobre de qué maneras estaba esta familia “desconectada” y qué debían hacer para resolver ese problema. La borrachera y la pelea que uno de los hijos había tenido en una fiesta y que los había traído a consulta eran la punta del iceberg de frialdad, desconexión y desorden que esta familia tenía por dentro. De hecho, una vez que esta familia encontró maneras para conectarse emocionalmente, que establecieron reglas y consecuencias sensatas, los problemas del adolescente desaparecieron.

Quizás una de las mejores cosas que podemos hacer para proteger a nuestros hijos es mantenernos emocionalmente conectados con ellos. Es como crear un revestimiento psicológico que hace “rebotar” muchas amenazas e influencias negativas en la vida de nuestros adolescentes. Yo he encontrado cuatro grandes formas que los padres y madres podemos usar para mantenernos conectados en la familia:

1. Salte de tu mundo y entra al de ellos.

Observa con detenimiento a tus hijos. Conoce su forma de ser, sus gustos, sus amigos, las materias y los deportes que les gustan, y las que rechazan u odian… (por ejemplo: ¿sabes cuál fue su promedio en física este año?). Recuerda que para conectarte debes encontrar a tus hijos en sus ambientes, haciendo o prestando atención a las cosas que a ellos le gustan, su música, sus deportes, etc.

2. Expresa claramente tus expectativas frente a tus hijos.

Di lo que piensas. Habla serenamente, pero habla. Conversa sobre cada uno de estos temas: horas de llegada, convivir inevitablemente con otros muchachos que consumen drogas, borracheras, conductas desordenadas, sida, relaciones sexuales tempranas y no seguras, embarazos, actos delincuenciales, y hasta el suicidio entre adolescentes. Habla. No dudes en hacerlo. Aunque ellos te digan que ya saben todo de esos temas, siempre vale la pena hacerlo para que tus hijos conozcan los valores en los que están siendo criados.

3. Sé firme, pero expresa afecto y bendice con reconocimiento y atención sus logros.

El afecto y el reconocimiento de las cualidades especiales de cada uno de tus hijos (y cada uno tiene cualidades especiales) abre los conductos de comunicación para más tarde poder –como en una línea de teléfonos– transmitir tus valores y las reglas de tu hogar.

4. Empieza ahora.

No esperes a que tus hijos sean adolescentes. En honor a la verdad, una buena relación con tu hijo o hija adolescente se desarrolla mucho antes de que sean adolescentes. Aún así, siempre se puede mejorar la relación con ellos. El mundo de hoy es diferente del que nosotros vivimos, pero todos seguimos necesitando lo mismo: sentirnos “mirados”, tomados en cuenta, sabiendo que tienen tiempo para estar con nosotros, y que se nos hablan las cosas de manera clara y sin tapujos. Si bien habrá situaciones que son y serán difíciles, y que requerirán de firmeza y congruencia de nuestra parte, en lo que se refiere a mantener o no una capacidad de influencia en nuestros hijos, el dilema sigue siendo poder encontrar formas de conectarnos con ellos, en los buenos y los malos momentos, en vez de conformarnos con que salgan librados ellos solos, ¡como puedan!, de las influencias negativas del diario vivir.

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Carlos A. Leiro P.