Cuerpo y Alma

El milagro de las lágrimas

Mal entendidas, despreciadas, evitadas, y burladas… Así han vivido las lágrimas por mucho tiempo. De niños, en muchas ocasiones se nos puede haber dicho que no llorásemos. En la adolescencia, los amigos se burlaban de aquel que lloraba. En la vida adulta, muchos hombres y no pocas mujeres las rechazan y quieren deshacerse lo más rápido posible de ellas. Aparentemente, son un signo de debilidad; y la debilidad es prohibida en nuestra sociedad. Hasta la biología las tildó más o menos de “inútiles anacronismos fisiológicos de tiempos pasados en la evolución de las especies”. El abandono y rechazo a las lágrimas en muchos ambientes ha sido… como te digo: algo como para ponerse a llorar.

Sin embargo, la ciencia ha venido poco a poco rescatando el papel tan cimero que tienen las lágrimas en nuestra vida. Y las lágrimas han venido recobrando, en los últimos años, el lugar especial que verdaderamente tienen dentro de la humilde admiración que merece esa maravillosa creación que es el ser humano.

Primero, nos tocó entender que esas gotitas de agua estaban formadas por mucho más que cloruro de sodio y albúmina. Fuimos descubriendo que, además de generar una minúscula capa protectora e hidratante alrededor de todo el ojo, las lágrimas contenían lisozima, que es uno de los compuestos antibacteriales y antivirales naturales más efectivos que existen. Se dice que entre el 90 y el 95 por ciento de las bacterias que llegan a nuestros ojos quedan inactivas después de estar expuestas cinco minutos a la lisozima.

Después, nos tocó comprobar que había dos tipos de lágrimas: las “lágrimas fisiológicas” y las “lágrimas emocionales”. Supimos que el llanto de tristeza era una conducta exclusivamente humana: los animales pueden llorar cuando el ojo se les ensucia, pero no lloran de tristeza. Descubrimos que las lágrimas emocionales son un efectivo medio de comunicación y conexión con nuestros semejantes. Demuestran, aparte de tristeza, vulnerabilidad, empatía, sinceridad y hasta honestidad: todas actitudes y conductas ampliamente valoradas para la supervivencia de la especie.

Finalmente, la ciencia ha descubierto lo que los poetas y cantantes ya intuían por mucho tiempo: ¡llorar es bueno para la salud! Investigaciones hechas por el bioquímico William Frey demuestran que las lágrimas son mucho más importantes de lo que estamos acostumbrados a pensar. Cuando una persona llora por un rato, el cuerpo desecha gran cantidad de una hormona llamada ACTH, lo cual a su vez baja los niveles de la hormona cortisol, responsable por el estrés que experimentamos. Eso hace que, después de llorar, las personas se sientan tranquilas y aliviadas.

Sin embargo, muchas personas empiezan a llorar, pero apenas se les escapa una lágrima se sienten avergonzadas, dejan de llorar y literalmente se tragan sus propias lágrimas. Para esas personas, el llanto no provee la acción sanadora para lo cual fue creado. Echar una buena llantina, sin vergüenza y sin autocrítica, reduce grandemente la intensidad de las emociones negativas, tanto de ira como de tristeza; y genera una sensación de desahogo y tranquilidad que, generalmente, permite ver las cosas con otra perspectiva. Luego de llorar por unos tres a cinco minutos, mucha gente experimenta un gran alivio emocional. La clave es darse uno mismo permiso para llorar por un momento, sin recriminación, vergüenza o culpa.

La pregunta sería… ¿Te das permiso de llorar cuando estás triste, o más bien pides disculpas o te tragas tus lágrimas antes de que nadie se dé cuenta? ¿Será acaso que tragártelas sólo rellena tu corazón de emociones negativas que al final te hacen explotar con ira o se van amontonando hasta que te deprimen?

La próxima vez que sientas tristeza y ganas de llorar, deja una lágrima salir de tu ojo izquierdo. Recógela en el dedo índice de tu mano derecha. Mírala con asombro… y reverencia la naturaleza divina que habita en ella.

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Carlos A. Leiro P.