Cultura y Gastronomía

El arte, de generación en generación

Se respiraba en el ambiente, se practicaba sin pensarlo, era parte del día a día, como comer o dormir. Así se transmitía el gusto por el arte en la casa de Guillermo Trujillo y, luego, en la de Isabel de Obaldía, donde sus hijos también lo obtuvieron desde que tuvieron uso de razón.

Sebastián Icaza, Guillermo Trujillo, Pedro Icaza e Isabel de Obaldía: el arte en tres generaciones.

Guillermo Trujillo (1927) e Isabel de Obaldía (l957), ambos artistas que sentaron pautas en sus respectivas generaciones y que hoy en día son reconocidos tanto a nivel nacional como internacional, tienen un vínculo poco conocido por el público en general: Guillermo e Isabel son padre e hija.

Su historia está llena de anécdotas y vivencias que surgen de su muy especial y excelente relación, pero sobre todo que se nutren de su afinidad y profesión artística, algo no muy común en cualquier núcleo familiar.  Más aún, el legado artístico que hace más de sesenta años inició Guillermo en sus primeros años de consagración al arte no sólo vieron sus frutos en Isabel, sino que han tocado a la siguiente generación: Sebastián y Pedro Icaza, los hijos gemelos de Isabel, también son artistas.

La niñez en la casa de los Trujillo

Cuando Isabel estaba en primaria, como cualquier padre preocupado por su pequeña, Guillermo empezó a ayudarla con sus manualidades escolares.  Los fines de semana, a menudo hacían caricaturas y todo tipo de ilustraciones.  Eran gajes del oficio, que poco a poco alimentaban la curiosidad artística de quien hoy agradece a Guillermo el haberle inculcado el amor por la estética y mucho más.

El maestro Guillermo Trujillo es una leyenda. Sus extraordinarias obras de arte han sobrepasado fronteras y elevado el nivel artístico en Panamá.

Alrededor de los doce años, Isabel recibió un regalo muy especial de parte de su padre: le obsequió su primera libreta de papeles grandes y un juego de marcadores.  Ella no sabría, hasta años después, el gran placer que esto debió causarle a su padre.  Una vez, por curiosidad le pregunté a Guillermo si tenía dibujos de su niñez y la respuesta fue inmediata: “Tú bien sabes que en mi casa no había plata para útiles.  Mis dibujos los hacía en la tierra con un palo”.  Fue a base de su talento y a su pasión por el arte que viajó becado, desde Horconcitos, Chiriquí, a educarse en la capital y luego dos veces a España a estudiar, primero pintura, y luego arquitectura de jardines.

Con sus nuevos materiales, Isabel hizo un trabajo escolar de los signos del Zodíaco.  Sus dibujos causaron sensación entre sus amigas de St. Mary´s School y pronto recibió comisiones de sus compañeros.  Así vendió sus primeras piezas; cobraba cinco balboas por cada ilustración, una cifra sustancial para la época.  Isabel nos comentó que viendo a su padre trabajar y escuchando sus consejos aprendió que “el éxito no se consigue fácilmente. No solo hay que tener talento, hay que ser disciplinado y constante”.

Para Guillermo, fue motivo de satisfacción que Isabel decidiera seguir sus pasos ingresando, en 1975, a la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Panamá.  Allí estudió diseño gráfico, una carrera que pensó que sería económicamente viable.

Durante ese período también aprendió fotografía utilizando un laboratorio que su padre, que enseñaba en la facultad, había habilitado en el taller conocido como “Las Guabas”, el cual utilizaba para enseñar grabado y cerámica.  Con este nuevo talento, realizó las fotos de las obras que Trujillo exhibiría ese año en la Galería Arvil de México.  Para entonces, padre e hija eran colaboradores y cómplices en su amor por las artes plásticas.

Desde muy temprano Isabel de Obaldía aprendió de su padre, Guillermo Trujillo, el amor por el arte. Sus esculturas de vidrio reflejan una destreza única desarrollada a través de los años con mucho esfuerzo y dedicación.

A nivel artístico, por aquella época Isabel elaboró unos muñecos de “papier maché” que tuvieron una gran acogida: “Muchos artistas y coleccionistas me las compraron”, nos dice orgullosa.

Igual que le había sucedido a Guillermo en los años cincuenta, pronto sintió la necesidad de expandir sus horizontes inscribiéndose, en 1976, en la Ecole de Beaux Arts en París, Francia.  Allí, por primera vez se dedicó exclusivamente a las artes plásticas.  Un año después se matriculó en el Rhode Island School of Design y, alentada nuevamente por su padre y por los dueños de la Galería Etcétera de Panamá, en 1977 realizó su primera exposición individual.

En dicha muestra presentó una serie de desnudos femeninos realizados en plumilla.  Como su padre, y tal vez por influencia directa suya, Isabel ha trabajado múltiples técnicas incluyendo dibujo, grabado, fotografía, pintura, madera tallada y, en la década de los 90, escultura en vidrio, técnica que la consagraría como la gran artista que es hoy en día.

Sebastían Icaza estudia en California para perfeccionar sus destrezas artísticas. A su corta edad, ya tiene un manejo habilidoso del vidrio y, al igual que su madre, le encanta lo que hace.

Sebastián y Pedro: un nuevo comienzo

Paralelo a su trabajo profesional, Isabel creó un hogar con Horacio Icaza, en quien encontró un nuevo apasionado de su trabajo.  Pronto nacieron Pedro y Sebastián (1984).  Poco nos podríamos imaginar que con el pasar de los años y siguiendo una búsqueda más informal, que es la mejor de todas, según el famoso escritor James Michener, estos dos niños seguirían los pasos de su abuelo y, especialmente, los de su madre.

Nos cuenta Isabel que desde muy pequeños sus hijos entraban y salían de su taller.  Era la época de la dictadura y su estilo había sufrido cambios.  Atrás quedaron sus paisajes expresionistas y comenzaron a poblar sus telas figuras decapitadas y escenas apocalípticas.  Durante una visita a un museo en el extranjero, los “mellos” vieron una escultura grecorromana sin cabeza y emocionados dijeron: “Mira, mami, ¡como tus cuadros, como tus cuadros!”.  Tenían apenas unos cinco años y ya reconocían sus temáticas.

Soy testigo de que su educación cultural igualmente prosperaba cuando visitaban la casa de sus abuelos.  Allí se les encontraba en las tardes de su niñez, escuchando la música clásica que emanaba del estudio de Trujillo mientras ellos jugaban o hacían tareas.  Tal como lo hizo con Isabel, Guillermo dibujaba a menudo con ellos.  Recuerdan que trabajaban también con barro que su abuelo traía del taller “Las Guabas” imitando los “nuchos” o bastones ceremoniales que en esa época poblaban las obras del artista.  Con su abuela Janine, de nacionalidad francesa, y con su madre, que creció hablando ese idioma, conversaban en francés ya que asistían a la Escuela Paul Gaughin.

Su educación secundaria la hicieron en la Escuela Internacional de Panamá.  Al graduarse, rompieron la tradición familiar de iniciar estudios en la Universidad de Panamá.  Sebastián quería estudiar ciencias ambientales y Pedro cinematografía.

Aparte de haber incursionado en estudios de cinematografía, Pedro Icaza ha destacado en varias facetas artísticas y maneja a cabalidad el trabajo del vidrio. Desde niño el gusto por el arte fue parte de su diario vivir.

Pedro asistió a Bard College de 2003 a 2005.  En 2006 tomó un año sabático para perfeccionarse en la técnica que entonces dominaba la obra de su madre: el vidrio.  Asistió a dos sesiones en el Pilchuck Glass School y también visitó a Isabel mientras ella creaba piezas de gran formato en el taller de Wheaton Arts, en New Jersey.  En 2007, estudió filmación en Barcelona y luego volvió a Panamá para perseguir sus intereses en la escultura y la cinematografía con mayor libertad creativa.  Recientemente, Isabel fue invitada por la galería Diablo Rosso a una muestra en la que cada artista debía, a su vez, invitar a un artista joven.  Ella invitó a Pedro y ambos mostraron grabados sobre vidrio.

Sebastián, por su lado, se instaló en la Universidad de New Hampshire pero pronto cambió su enfoque del medio ambiente a las artes, especializándose en fotografía blanco y negro.  En mayo de 2006 recibió su licenciatura y después de trabajar unos meses en New York regresó a Panamá.  Sentía que le interesaba explorar el tema de la tridimensionalidad.  No había mejor lugar para hacerlo que en el estudio de Isabel.  Refiriéndose tal vez a esta etapa, nos dice: “Gracias a ella he aprendido que la dedicación y la paciencia son las dos cualidades claves que un artista debe poseer”.  En 2008, mostró los resultados de su búsqueda, una serie de piezas de cerámica, junto con obras de vidrio creadas por su hermano Pedro, en la galería Habitante, en Panamá.  En 2009, Sebastián volvió a Estados Unidos para hacer un Bachellor of Fine Arts en escultura, en el California College of Art.

Creo que hay pocas madres más orgullosas de una relación con sus hijos que Isabel.  Ellos se entienden a nivel emocional, intelectual y profesional.  Es difícil dar confianza si ésta no existe y, para triunfar en las artes, hay que confiar absolutamente.  Esto lo aprendió Isabel de Guillermo y ahora se lo enseña a sus hijos.  El arte fue, es y seguirá siendo algo intrínseco en la vida de esta familia, motivo de satisfacción y pilar en su crianza, un placer transmitido de generación en generación.

Carmen Alemán es directora de la Galería Arteconsult

Fotos: Silvia Grunhut, Space 67

 

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Carmen Alemán