Historias Humanas

Tocando el cielo

La pasión por llegar a la cima no tiene límites. Un grupo de panameños nos demuestra que, con esfuerzo y perseverancia, cualquier meta se puede lograr.

Dicen que la fe mueve montañas. Y, en muchos casos, he comprobado que es así. Pero hay otro tipo de fortaleza interior que aunque no llega ni metafórica ni físicamente a “mover” estos enormes accidentes geográficos, sí los conquista… ¡y de qué manera!

Hace más de quince años entrevisté al Dr. Jorge Motta, quien entonces me contó la maravillosa experiencia que tanto él como sus hijas, Alexandra y Melissa, tuvieron al escalar juntos el Kilimanjaro, la montaña más alta de África.

https://www.bgeneral.com/Revista/articulos/2002-09/2.htm

Según Jorge, “todas estas experiencias son bloques donde cimientas tu vida. Lo más agradable es la liberación de los sentidos por la amplitud de estar por encima de las nubes y el silencio”. A sus 72 años, lo expresado por Jorge tras dieciocho años de haber llegado a la cima, es muy similar a lo que hace poco me contaba Juan Raúl Humbert C., de 27, y que despertó mi curiosidad acerca de cómo el montañismo se ha convertido en una tendencia cada vez más marcada y atractiva para muchos. Al igual que Jorge, Juan Raúl ha sido uno de los valientes panameños que se aventuró y logró llegar a lo más alto de África. Al cuestionarlo acerca de qué lo llevó a hacerlo –pues, honestamente, a mí no me vendría muy natural una decisión como esa–, Juan Raúl no lo dudó un segundo: “Yo lo veo como un reto personal y un momento para estar en paz total, compartiendo con los locales y tu equipo. Solo sabía que iba a dejar todo en la cancha con tal de llegar a la cima. Me estaba llamando”.

Y, al parecer, ese llamado ha sido contundente para un número inusual de panameños. A la fecha, al menos quince han llegado a la cima del Kilimanjaro, una cifra nada despreciable tomando en cuenta de que se trata de un difícil recorrido de seis días promedio. Pero no solo el continente asiático ha atraído a nuestros compatriotas. De hecho, seis de las siete cumbres más altas de cada continente –incluyendo la más alta de Norteamérica–han sido conquistadas por algún panameño, con excepción de la ubicada en Oceanía.

¿Qué te hace aventurarte y, literalmente, caminar hacia el cielo? Un exitoso grupo que ha logrado llegar a las cimas de algunas de las famosas Siete Cumbres o Seven Summits, nos cuentan sobre su pasión.

El Kilimanjaro… la preferida

Quizás por su cercanía con un estado como Tanzania, a lo largo de los años el Kilimanjaro ha atraído a miles de aventureros de todo el mundo que buscan completar un sueño. Los miembros de cinco expediciones que conquistaron su cima nos dan su testimonio.

Juan Raúl Humbert, Alexandra Porta, Juan Carlos Heilbron y Ana Carolina Von Chong

Juan Raúl Humbert, Alexandra Porta, Juan Carlos Heilbron y Ana Carolina Von Chong, en la cima del Kilimanjaro.

Tres meses han pasado desde que este grupo llegó a Uhuru, la cima del Kilimanjaro y punto más alto del continente africano, el 19 de diciembre de 2017. Para mi sorpresa, el frío en las noches fue la única queja en común, algo insignificante con relación a lo atesorado por cada uno. “Lo que más me gustó fueron los amaneceres y atardeceres, ya que después de cierta altura las vistas eran impresionantes; incomparable lo que se ve en el día a día”, comentó Alexandra Porta, de 27 años, quien decidió aceptar el reto porque “sabía que sería una experiencia inolvidable, además de una prueba de carácter y aspereza. Es un trayecto en donde la mayoría del tiempo pasamos caminando, con la excepción de algunas partes en donde tocaba escalar piedras, o planicies empinadas”.

A la otra dama del grupo, Ana Carolina Von Chong, siempre le han gustado las actividades al aire libre y estaba lista para un reto más exigente. Según me contó, satisfecha de haber cumplido este sueño a los 26 años de edad: “Entre los 7 summits, todo lo que leí indicaba que el Kilimanjaro debe ser el primero. Lo tomé como un reto personal; algo para demostrarme a mí misma que si me propongo algo y entreno a conciencia para eso, lo puedo lograr”. Y añadió: “Lo que más me gustó fue el cielo. De verdad que nunca en mi vida había visto tantas estrellas como en esas noches en la montaña. Era impresionante, te podías quedar horas viéndolo. Las nubes con formas rarísimas, el sol saliendo y tonos de naranja. De verdad que todo valía la pena en este momento”.

Juan Carlos Heilbron, otro de los integrantes de este equipo, opina que “fue un trayecto sumamente divertido y provechoso”. En palabras de este joven de 27 años, “se trató de 6 días: cuatro y medio hacia arriba y uno y medio hacia abajo. Hubo partes, especialmente en el último día cuando estábamos a dos horas de la cima, donde por la altitud y el cansancio acumulado el trayecto se convirtió extremadamente difícil. No obstante, todo valió la pena al momento de llegar a la cima”. ¿La razón para ir?, en palabras de Juan Carlos: “Siempre me ha gustado realizar aventuras, sean expediciones o deportes. Subir montañas provee un buen nivel de actividad física y, a la misma vez, un gran sentido de logro. También es importante notar que haber hecho esta expedición es un gran reto y yo constantemente busco retos para empujarme tanto física como mentalmente”, concluyó.

Juan Raúl Humbert fue quien armó el viaje y lo disfrutó de principio a fin. “El trayecto es único, especialmente por los cambios drásticos de vegetación. De mi experiencia personal y de lo que pude captar de los guías, divido el trayecto en cinco escenas; cada una muy diferente a las otras. El primer día lo pasamos caminando a través de un rainforest muy similar a estar en Gamboa o en un bosque en Panamá, denso, con vegetación, húmedo y lleno de vida. En la segunda escena, el mooreland, se va perdiendo un poco la vegetación densa, hay más neblina y tipos de plantas que no has visto antes. La tercera escena, el sub-alpine desert, consiste en una vegetación muy limitada, donde el panorama es más abierto y con mucha roca volcánica. A medida en que sigues subiendo, llegas a lo que se denomina el alpine desert. Aquí la vegetación desaparece por completo, es completamente abierto, lleno de roca volcánica. Es impresionante y parece un escenario lunar. Finalmente, la quinta escena es la del summit, que es único. Hay glaciares arriba, el cráter enorme, todo lleno de nieve como si estuvieras en un resort de esquiar y, a golpe de 11 de la mañana, toda esa nieve se derrite”, relató. Aparte de la naturaleza, disfrutó el retiro. “Me gustó el desconecte total del resto del mundo, hubo gran vínculo con la montaña, el grupo de Panamá, nuestro equipo local y el resto de los escaladores en la montaña. Eso fue una experiencia única y un buen détox del día a día”.

José Manuel Sam Moreno y Felipe González

El 27 de agosto de 2017 marcó un antes y un después para José Manuel Sam Moreno, de 31 años, y para Felipe González, de 33. Ese día llegaron a la cima del Kilimanjaro. “Cada día caminábamos un promedio de 5 o 6 horas hacia un campamento en el cual pasábamos la noche y el día siguiente partíamos hacia otro. El terreno se ponía más difícil ya que había que caminar a través de piedras en caminos más empinados que al inicio. El clima también cambiaba casi a diario bajando un par de grados en cada campamento. Por último, la altura, que es el factor que más afecta en el viaje, es tratada muy cuidadosamente por los guías”, detalló José Manuel y añadió: “Me gustó mucho la vista en el summit con los glaciares y ver el cono volcánico Mawenzi a un lado, me sentía como si estuviera en otro planeta”.

A Felipe González, por su parte, lo que más le gustó fue “mirar las estrellas por las noches. El paisaje es algo como nunca vi en mi vida, calmado, seco y con poca vegetación. Fue increíble poder ver la curvatura de la Tierra y estar sobre las nubes”. Pero no todo fue color de rosa, “en varios momentos pensé que no lo iba a lograr, pero todo es mental, si te visualizas llegando créeme, llegas! Recuerdo lo que pensaba: ´Solo sigue a wakbara (uno de mis guías), si él se mueve, tú muévete, ¡no vas a ser el único que no va a lograrlo!´. Ver a gente de todas las edades subiendo, algunos rindiéndose, otros llorando, todo eso te impresiona y te hace apretar los dientes y seguir caminando”.

Diego Cordero y Luis (Nino) Crespo

Luis (Nino) Crespo y Diego Cordero, en la cima del Kilimanjaro.

Diego Cordero, de 31 años, y Nino Crespo, de 30, completaron su aventura en octubre de 2016. Para estar listos, subieron diferentes montañas en Panamá, pero, según Diego, “la mejor preparación mental es llevar un buen amigo”. Y así se fueron, dispuestos a lograrlo. Como se sabe, el trayecto se facilita con apoyo de los locales, cuyos consejos son esenciales para el éxito de la aventura. Pero una cosa es decirlo – y otra es vivirlo. Por eso, para Diego una de las cosas que más le impresionó fue el personal que los acompañó. “Esa gente hacía esa caminata en sus sueños, sin equipo y como con 30 libras encima…”.  Al preguntarle sobre las dificultades y satisfacciones encontradas, aseguró: “Lo más incómodo puede ser la altura y, en mi caso particular, mi sleeping bag estaba roto y me congelaba en las noches. Lo que más me gusto fue la sensación de estar haciendo algo diferente. La enseñanza que saqué de ese viaje es que las cosas solo hay que hacerlas.  No hay que pensarlas tanto”.

A Nino Crespo lo que más le gustó “fue experimentar siete días completos de inmersión en la naturaleza, sin contacto con el mundo exterior. El trayecto en sí es el viaje, no solo llegar a la cima. La motivación es poder vivir una experiencia única. Le da mucha perspectiva a uno y muchas oportunidades de introspección, especialmente cuando uno se encuentra caminando ocho horas al día solo en un ambiente, sin contacto alguno con sus amigos y familiares en casa”. ¿Por qué escoger el Kilimanjaro?, pregunté. “Es un destino global para entusiastas de este tipo de actividades, particularmente por su ubicación en Tanzania y proximidad al Serengueti, más que la región ha sido muy aludida en literatura. Uno de los libros más famosos de Hemingway se llama The Snows of Kilimanjaro –el mismo se ubica justamente en las cercanías de la montaña y evoca mucho de ese sentido de aventura que lo llama a uno a conocer el mundo–. En nuestro grupo–añadió– teníamos mucha diversidad, incluyendo personas del Reino Unido, Costa Rica, Tailandia e India. Es muy especial poder compartir una experiencia de esta índole con un grupo compuesto por extraños que rápidamente se vuelven amigos, quienes provienen de todas partes del planeta”.

Jorge, Alexandra y Melissa Motta

Dr. Jorge Motta, acompañado por sus hijas, en la cima del Kilimanjaro.

Corría el año 2000 cuando Jorge Motta y sus hijas, Alexandra y Melissa, se enfocaban en el camino que juntos recorrerían para alcanzar su meta. En total, fueron seis días los que definieron su experiencia frente al Kilimanjaro, cuatro de subida y dos de bajada. Hoy, recordando esos preciados e inolvidables momentos, cuestiono a Jorge: ¿Por qué lo hicieron? Y la respuesta sigue siendo tan sencilla como natural: “Una meta, un reto más”.

Nunca pensó que no lo iba a lograr. Más bien, estaba seguro de que con paciencia lo harían, a diferencia de otros grupos cuyas decisiones no fueron las mejores. Fue triste “ver cómo se destruyeron, un grupo alemán que nos pasó a alta velocidad el día que emprendimos llegar a la cima. A medio camino, los encontramos parados con dos de sus miembros vomitando el alma. Hay que ir despacio y con un ritmo de movimiento y descanso al llegar a la etapa final”. ¿Qué te motivó a terminar? “Esa era la meta, llegar al glaciar y a la elevación máxima”. Finalmente, la pregunta del millón, ¿qué dijo Leonor, su esposa, sobre esta aventura? “No me acompañó en esta, no se opuso, solo me pidió que cuidara a Alexandra y Melissa.  Ellas me cuidaron a mí y llegaron a la cima antes de que yo lo lograra.  Años después, Leonor me acompañó en un trek a la base del Everest”.

Cale y Haydee Janson

Cale y Haydee Janson, en la cima del Kilimanjaro.

Cale y Haydee Janson tienen 27 años de casados y de estar haciendo todo juntos, incluso llegar a la cima del Kilimanjaro. Y es que el 27 de marzo de 1992, hace 26 años, esta pareja residente en Volcán decidió celebrar los 50 años de Cale por todo lo alto. Por lo que reportan dentro de la farándula de los alpinistas, él fue el primer panameño en completar este reto y ella la primera puertorriqueña.

Como si fuera ayer, Cale me contó que fueron “tres días subiendo y uno bajando. La escalada de la cima empezó a medianoche y llegamos a las 6:30 a.m. Estuvimos media hora esperando ver al sol salir, y regresamos a nuestro hotel directamente”. Desde ese entonces, había empresas especializadas en apoyar los sueños de quienes quisieran lograrlo. En el caso de Cale y Haydee, me cuentan: “Contratamos a Abercrombie & Kent, solamente para nosotros dos. El costo fue de $10,000 e incluyó siete porters para cargar nuestra comida y agua”. Hoy, con 76 años, Cale recuerda con complacencia la experiencia. Aunque tuvo dolores de cabeza por la altura, en sus propias palabras, le gustó “todo lo demás”.

Atenas Cardoze

Con 43 años, Atenas Cardoze es una apasionada de las montañas. La lista es larga, con más de nueve experiencias distintas en América y Europa, pero una de las hazañas que más orgullo le brinda es haber conquistado el monte Elbrús, el más alto de Europa. Reviviendo la experiencia, nos contó que “después de nueve días de ejercicios de aclimatación, se decidió iniciar el ascenso a la cima a la una de la madrugada del día 16 de agosto, con lo que luego de 10 horas de una ardua actividad en la montaña, a las 12:30 medio día, por primera vez en la historia la bandera panameña se vio fotografiada en la cima de Europa. Luego de 15 minutos en la cima, debido al cambio en las condiciones climáticas, emprendimos el descenso hasta el campamento base del Elbrús”, recuerda emocionada.

¿Qué sentiste al estar allí? “Me impresionó ver la belleza de la cadena montañosa del Cáucaso, es un paisaje espectacular y de gran belleza. El trayecto fue increíble, nunca había visto montañas tan altas y cubiertas de nieve, quería fotografiar tanta belleza en mi mente. Luego, en la cima del Elbrús, tuve una mezcla de emociones muy fuerte, lloraba por la emoción de haber llegado, me sentía tan viva y agradecida”.

¿Y qué aprendiste? “Aprendí que hay que estar dispuesta a romper las barreras físicas y mentales, y poner a prueba una voluntad de hierro ante las dificultades, donde has conquistado tus temores, has manejado el miedo, vencido el cansancio, para finalmente lograr tu gran objetivo. Las montañas son maestras de vida, son hermosas y salvajes, pero están llenas de lecciones de humildad, trabajo en equipo, perseverancia, actitud, disciplina, responsabilidad y mucho, pero mucho respeto”, concluye.

Iñaki Lasa… Vinson, Elbrus, Aconcagua y mucho más

Iñaki Lasa en la cima del Macizo de Vinson, en la Antártida

De niños, no había fin de semana que no se aventurara a escalar cualquier protuberancia en El Valle de Antón. Y es que, honestamente, no recuerdo a Iñaki veraneando sin el característico: “¡Voy a escalar!”. Aunque la India Dormida y el Gaital ahora parezcan minúsculos frente a los enormes rascacielos naturales que ha recorrido, lo cierto es que la esencia es la misma, una pasión no negociable por limpiar caminos en busca de lo más alto.

Hoy, a sus 46 años, Iñaki ha logrado lo que muchos alpinistas anhelan. Entre sus tantas hazañas, ha llegado a la cima de tres de las espectaculares Siete Cumbres. En enero de 2005 conquistó el Aconcagua, en Argentina, la cima más alta de América, cuyos 6,920 metros de altura y aproximadamente 15 días de expedición no resultan tarea fácil. Tres años más tarde, en agosto de 2008, alcanzaría el punto más alto de toda Europa, el monte Elbrús. Sus 5,642 metros de altura están localizados en Rusia, cerca de la frontera con Georgia. En diciembre de 2015 llegaría la más grande y riesgosa aventura… el Macizo de Vinson, en la Antártida, la más remota, cara y fría de las Siete Cumbres. Definitivamente, sus 4,897 metros de altura toman un valor exponencial cuando se le agregan las condiciones climáticas extremas que los alpinistas deben sortear para conquistarlo. Tal fue el caso de una tormenta que hizo que la expedición, que debía ser de 16 días, en realidad tomara 21.

Otra de las cimas conquistadas por Iñaki, es la del Aconcagua, en Argentina.

“Siempre me preguntan: ´¿Pero tanto esfuerzo para cinco minutos, quince minutos, en la cima?´; pero hay cimas y hay cimas, cada una es diferente, pero siempre la cima es una sensación increíble, eso la persona que haya hecho alta montaña, cualquier montaña, o en verdad cualquier persona que le haya costado mucho sacrificio y mucho esfuerzo y lo haya logrado va a saber ese sentimiento de logro”, contó Iñaki en una entrevista a raíz de su hazaña en el Vinson. Y continuó: “Para mí, la montaña, además de que me apasiona y siento ese llamado, me encanta hacerlo. Además, me ha ayudado mucho a crecer y, espero, a tratar de ser una mejor persona. Yo creo que todas las personas tienen que encontrar lo que aman hacer y si no tienes algo que amas hacer, lo tienes que encontrar porque le da otra dimensión a la vida. Te llena la vida de una manera mucho más completa”.

Escalar una montaña va más allá del hecho de esforzarse físicamente por llegar a su cima. Es, como todo en la vida, una oportunidad para abrir un espacio de crecimiento personal en el ajetreo diario que muchas veces nos consume. Tener retos y metas que nos llenen, que superen nuestras expectativas y nos hagan genuinamente felices, es una medicina para nuestra alma y un aliciente para querer superarnos a nosotros mismos cada día. Todos, en la medida de nuestras posibilidades y sin necesariamente tener que armarnos de valor para escalar miles de metros, podemos soñar y trabajar para alcanzar la plenitud de un cielo despejado en nuestras vidas. ¡Y, para los aventureros, siempre estarán las Siete Cumbres esperándolos!

Las Siete Cumbres o “The Seven Summits”: el Everest (8.848 m.), en Asia; el Aconcagua (6.962 m.), en Sudamérica; el Denali / antes denominado McKinley (6.195 m.), en América del Norte; el Kilimanjaro (5.895 m.), en África; el Elbrús (5.642 m.), en Europa; el Vinson (4.897 m.), en la Antártida; y la Pirámide de Carstensz (4.884 m.), en Oceanía.

¿A quién contratar?

Es importante contar con apoyo logístico y de buenos guías en la montaña. Usualmente en el paquete se incluye a los porters (ayudantes), la comida y las carpas. Algunas de las compañías que ofrecen servicios para el ascenso del Kilimanjaro son Climb Kili, Zara tours (una mediadora entre clientes y pequeñas empresas operadoras que brindan el servicio) y Top Climbers (se contacta en la página web www.mojhi.com).

Costos

Los viajes están entre U$6,000 hasta los U$25,000 (Antártida). Subir al Everest cuesta al menos U$80,000.

¿Qué llevar?

Lo principal son botas de montañismo impermeables, adecuadas para la subida.  Una buena mochila o duffel bag waterproof, arnés, piolet, crampones, luces, lentes, buena soga, un muy buen sleeping bag y una excelente tolda son equipos literalmente de vida o muerte. Teléfono satelital y Spot también son equipos muy importantes hoy día.

En cuanto a la ropa, es recomendable llevar varios layers que se puedan ir agregando sobre otros en vez de llevar layers gruesos y pesados. Eso te permite ir ajustando la vestimenta con más precisión (el clima cambia muy rápido). La vestimenta con protección térmica adecuada es esencial para esta actividad.

En cuanto a la comida, es recomendable llevar barras de proteína, geles y snacks para las caminadas entre campamentos, pues puedes consumir aproximadamente 2 o 3 por día. También es importante llevar un camelbak para las caminadas, pues permite tomar agua cada 5-10 minutos sin tener que estar sacando una botella, así como una botella Nalgene para los días muy fríos cuando se congela la manguera del camelbak.

Otros especiales incluyen wipes para el cuerpo (muy importante para darse un baño “todos los días”), papel higiénico de calidad, cartas, bocinas portátiles, battery packs recargables, medicamento para la altura, vacunas (fiebre amarilla, malaria, hepatitis), medicamento para el estómago y kit de primeros auxilios.

 

Fotos: Cortesía de los entrevistados

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Gladys Navarro de Gerbaud

Gladys Navarro de Gerbaud

Gladys Navarro de Gerbaud es directora y editora de la revista En Exclusiva de Banco General desde 1994. Graduada de Administración de Empresas con especialización en Negocios Internacionales de Georgetown University (Magna Cum Laude). Primer Puesto del Colegio Las Esclavas del Sagrado Corazón. Presidenta de la Junta Directiva de la Fundación Smithsonian de Panamá y del Georgetown Club of Panama. Miembro de la Junta Directiva de la Fundación Amador (Biomuseo), miembro del Foro Internacional de Mujeres (IWF) - capítulo de Panamá, y miembro de la Asociación de Mujeres Directoras Corporativas de Panamá (WCD-Panamá). Fue fundadora y presidenta de la agrupación "Panameñas por el SI", creada a nivel nacional para apoyar el referéndum sobre la ampliación del Canal de Panamá. Ganadora del premio al Voluntario del Año por parte de la Asociación de Exalumnos de Georgetown University en Washington, D.C.