Cuerpo y Alma

Un niño es eso, un niño

Estamos muy preocupados porque nuestro hijo no tiene vida social –me dijeron hace poco los papás de un paciente de nueve años. Sus caras mostraban franca zozobra.

Explíquenme más al respecto –les pedí con voz tranquila.  “Se queja él de no tener amigos? ¿Sale solo en los recreos? ¿Llega triste del colegio por no tener con quién jugar?”, fueron algunas de las preguntas que les formulé para yo entender mejor el cuadro.

No, para nada –contestaron casi al unísono. “Nuestro hijo dice tener varios amiguitos y llega feliz de la escuela. Sus maestras nos han comentado que si bien es un niño tranquilo y reservado, no tiene problemas a la hora de compartir con sus compañeros con los que se le nota animoso y risueño. Por otro lado, le encanta estar con sus primos y se lleva muy bien con los miembros del equipo de fútbol al que pertenece”, prosiguieron.

Entonces… –seguí yo–: ¿Cuál es el problema?

“Bueno, que llega el fin de semana y poco lo buscan para hacer planes. Nos gustaría que pasara más tiempo con los amigos. Que lo llamaran para ir al cine, por ejemplo” –me dijo la madre. “Es que, licenciada, –prosiguió el papá– yo a su edad era muy popular, igual que mi otro hijo. Sin embargo, a Lucas (como se llama el crío) no se le ve tan desenvuelto. Y usted sabe, la inteligencia emocional es tan importante…”.

Sí que lo es, y ya a estas edades. También el contacto con otros niños, factor que favorece el proceso de socialización y las capacidades vinculadas a la comunicación y la relación con otros seres.  “El quid de la cuestión es que Lucas tiene nueve años. Solo nueve años”, – refuté yo con una sonrisa en los labios que pretendía ayudarles a bajar un poco la ansiedad.

Y es que, efectivamente, si bien a esta edad el menor necesita de un grupo de iguales con quien compartir inquietudes, risas y juegos, siguen siendo los padres los llamados a ser el principal referente de apoyo, un referente que empieza a tener un papel secundario a partir de los doce años, etapa que da fin a la niñez y abre las puertas a la adolescencia. Un momento crucial en la vida del chico, que implica otras necesidades y demandas cruciales para su proceso de individuación siendo la pubertad (momento que algunos expertos denominan niñez tardía) el camino de la transición.

“Su hijo ya no es un bebé, ni tan siquiera se le puede llamar infante, pero tampoco es un joven. Por ende, no podemos atribuirle intereses que no sólo no le corresponden sino que también pueden abrumarle. Y una vida social muy activa, me pueden creer, puede llevar a eso una vez que aún no cuenta con la madurez y el desarrollo cognitivo para afrontar muchas de las vicisitudes típicas de un adolescente. Un noviazgo, acceso a contenidos violentos y pornográficos o reuniones por las noches (las famosas “reus”), por ejemplo. Noto a los niños muy adelantados, como si hubiesen quemado etapas. Incluso, algunos hasta erotizados. La falta de supervisión de los chicos cuando se reúnen en pandilla por parte de un adulto los empuja a eso”.

La cara de los padres cambió en ese momento. Hasta alivio confesaron haber sentido. Escuchar que a los nueve años (y hasta los doce), el centro de contención deben ser los progenitores, les gustó. Por supuesto, repito, que tener amigos y pasar tiempo con ellos es fundamental, en especial si les depara goce y disfrute. Pero durante la infancia son estos (papá y mamá, incluso abuelos, que representen figuras presentes y nutritivas emocionalmente hablando) los que favorecen la consolidación de aptitudes y virtudes que han de darse en esta etapa evolutiva.

Y es que este es el momento en el que el desarrollo ético del menor debe ser potenciado a través de la educación en valores como el sentido del deber, la honestidad, el respeto al derecho ajeno o la responsabilidad una vez que el niño vaya dejando atrás el pensamiento mágico que predomina en la infancia y vaya desarrollando su razonamiento lógico y discernimiento crítico. Son ellos también los que por medio de lecturas, conversaciones, paseos al aire libre, viajes, idas al cine, parques, museos o teatros le aporten elementos para nutrir capacidades cognoscitivas como la percepción, memoria o el vocabulario.  Labor que está siendo suplida –en algunos casos y sin buenos resultados– por la televisión, el celular y las redes sociales.

“Aprovechen a Lucas ahora. Él solito irá marcando sus tiempos y alejándose de su núcleo parental para ser más independiente y darle prioridad a su grupo de iguales. Cuando eso pase, ustedes tendrán que dar un paso atrás y dejar que sean los amigos los protagonistas en el escenario de la vida de su hijo. Si pretendemos que esa etapa –la adolescencia– transcurra sin grandes crisis y desorganización, deben nutrirlo ahora con mucho cariño, buenos consejos y dedicarle tiempo. Mucho tiempo”, –terminé diciéndoles–.


“Rían y diviértanse con él, llénenlo de besos y caricias, compartan experiencias maravillosas y momentos mágicos en familia, que en menos de que cante un gallo se pondrá unos audífonos en los oídos para escuchar la música de moda, su celular y él estarán prácticamente fusionados y los famosos del Instagram tendrán mucho peso en su manera de mirar el mundo.  Y será la opinión de sus amigos la que muchas veces le importe demasiado –pasando por encima de la de ustedes–, pese a que en más de una ocasión esté errada y le meta en aprietos”.

Como le digo a todos los progenitores de chiquillos menores de doce años, gocen a su hijo ahora y cuiden su inocencia como si de un tesoro se tratase, porque un niño es un niño. Cuando deje de serlo no habrá marcha atrás y ya verán cómo lo echan de menos.

 

Fotos: Getty Images

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Alicia Rego Otero

Casada. Cuarenta y ocho años. Psicóloga. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Pontificia de Salamanca. Por más de cinco años autora de la columna Psicólogo en casa en un periódico local, y más de diez como psicóloga en un centro educativo. Hoy se dedica al estudio de la psicología profunda y a la terapia re educativa de chicos con familias disfuncionales o de bajos recursos.