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Yo estuve allí

Cuatro panameños comparten sus experiencias de lo que fue estar durante y después de un desastre natural en el sitio cuyos pormenores el mundo entero seguía.

La magnitud de la destrucción que ocasionaron los terremotos de Haití y Japón, así como el posterior tsunami asiático, nos estremecen y, a la vez, sacan a flote el gran valor y solidaridad que el hombre es capaz de mostrar en los momentos más difíciles.

Martes 12 de enero de 2010. 4:53 p.m. Un terremoto de 7.0 grados en la escala de Richter sacude el país más pobre de América, Haití. Cifras reportadas estiman que más de 200,000 personas fallecieron y arriba de un millón quedaron sin hogar, tras el mayor sismo sufrido por esta nación en doscientos años.

Viernes 11 de marzo de 2011. 2:46 p.m. Una de las más exitosas y pujantes naciones, Japón, se ve estremecida por un devastador terremoto de 9.0 grados en la escala de Richter, el más potente en la historia del país y el cuarto del globo terráqueo; tan fuerte, que los científicos calculan que desplazó la isla 2.4 metros y alteró el eje terrestre en aproximadamente 10 centímetros.

Como éstos, infinidad de desastres naturales azotan constantemente a las casi siete mil millones de personas que convivimos en éste, nuestro hogar terrenal, y, pese a no poder controlarlos ni predecirlos, como humanidad aprendemos a sobrellevarlos y a seguir adelante. ¿Qué haría usted si le tocara estar en el sitio de una catástrofe cuando ésta ocurre o, más inverosímil aún, viajar a ese lugar destruido para ayudar? Esto les sucedió a José Luis Carrillo, Ariel Saldaña, Ileana de la Guardia y Ana Lorena Morales. Ellos viajaron a Haití; ellas estaban en Japón. He aquí sus historias.

José Luis Carrillo, gerente de riesgo de Banco General, es además rescatista y teniente del Cuerpo de Bomberos de Panamá. Estuvo en Haití el año pasado para ayudar luego del devastador terremoto.

Haití, un país devastado

“A medida que recorríamos la capital, evidenciamos las dimensiones de la tragedia: una ciudad en ruinas con más del 80% de las propiedades afectadas, miles de sobrevivientes en desesperación por la búsqueda de ayuda y un penetrante olor a descomposición”. Esa es la descripción que José Luis Carrillo, rescatista y teniente del Cuerpo de Bomberos de Panamá, hace de su primer encuentro con el pueblo haitiano, tras arribar a Haití tres días después del terremoto. Haber ganado diversas medallas por su vasta labor y conocer a perfección los procedimientos requeridos en casos de desastre no lo prepararían para eso.

A sabiendas de que la sobrevida de 72 a 96 horas para rescatar víctimas vivas se estaba acortando, José Luis y el resto del equipo enviado desde Panamá trabajaron incansablemente un promedio de 18 horas diarias por los seis días que duró la misión. Al finalizar sus labores diarias, les esperaba un tenso descanso, acompañado de múltiples réplicas, inseguridad, calor y oscuridad. Pero todo valió la pena, pues en esos momentos únicos, en un país extraño y en pedazos, es donde salen a relucir los más íntimos sentimientos del ser humano, donde la solidaridad adquiere un rostro que, muchas veces, es la única esperanza que tienen quienes aguardan pacientemente un desenlace. “En una misión de rescate, encontramos los restos de una víctima. Antes de continuar la búsqueda por la segunda –la cual posteriormente fue encontrada viva–, decidí cubrir el cuerpo. Durante este acto, no me había dado cuenta de que estaba siendo observado por aproximadamente 50 haitianos. Cuando mi mirada se cruzó con las suyas, tres o cuatro de ellos inclinaron por un instante sus cabezas…”.

Para Carrillo, la experiencia de viajar a Haití para ayudar fue muy buena: “Concertamos alianzas con rescatistas de varios países, lo cual fortaleció la capacidad de nuestros equipos; logramos salvar vidas; y brindamos un cierre a la incertidumbre de las familias de los que encontramos sin vida, experiencias que nos hicieron crecer como rescatistas y como personas”. Y continúa: “Aprendí que siempre hay esperanza de un mundo mejor, aún en la presencia de grandes adversidades: lo observé en la cara de los voluntarios de todo el mundo y en la de muchos sobrevivientes. Aprendí que lo material no lo es todo y que en este mundo sí hay verdaderos héroes: tuve el honor de conocerlos y de trabajar con ellos”.

La motivación que tuvo el doctor Ariel Saldaña para viajar a Haití es lo que impulsa a los médicos en lo más básico: ayudar al que sufre. Como ortopeda sentía que, efectivamente y con sus manos, podría hacer una diferencia para mucha gente.

La experiencia del ortopeda Ariel Saldaña, también en Haití, empezó de manera dramática. Por fallas organizativas, al llegar en misión oficial no le permitieron trabajar en el área designada: “Un representante del Ministerio de Salud de Haití nos dio las opciones. Aceptamos la que nos permitía hacer lo que fuimos a hacer: trabajar. Esto consistió en salir del área segura y trasladarnos a Les Cayes, una ciudad a 150 km de Puerto Príncipe, en un viaje que nos tomó 6 horas por el deterioro de la calle y la ausencia de ella en algunos tramos”.

Allí, acomodados precariamente en el mismo hospital, durante cinco días operaron a muchos pacientes –sobre todo con fracturas de fémur–, trataron heridas de todo tipo y colocaron gran cantidad de yesos. El equipo de médicos panameños realmente hizo una diferencia, trabajando sin horario y con lo que encontraron. “Coincidimos con un grupo de médicos norteamericanos quienes nos comentaron que no tenían implantes para tratar las fracturas de fémur pero que ahí, en el hospital, había unos clavos que no se usaban en Estados Unidos desde hacía muchos años. Como en el Hospital Santo Tomás nos entrenamos para tratar a los pacientes con lo más básico existente, y también con la última tecnología, nuestro equipo se encargó de todas esas fracturas”.

Pese a las dificultades, la experiencia valió la pena: “Aprendí mucho. Viví la empatía con tu hermano que sufre, lo maravilloso que es poder ayudar con tus manos a gente necesitada –algo que no tiene precio, pues es la medicina practicada en su esencia más pura–, y aprendí que la ayuda en casos de desastre debe hacerse con muy buena planificación pues, de lo contrario, se corre el riesgo de ser un problema, más que una solución”. ¿Lo que más le impresionó? “La pobreza y la resignación del pueblo haitiano”. ¿Lo más hermoso que salió a relucir de la tragedia? “La unión del mundo para ayudar a un país en sufrimiento”. ¿Lo más horrible? “Que, de no ser tan pobre, con construcciones tan precarias, Haití no hubiera sufrido tanto, no se hubieran perdido tantas vidas”. El Dr. Saldaña concluye: “Indudablemente, vivir una experiencia como ésta te cambia, te mejora como ser humano. Te percatas de que lo que disfrutas a diario, lo más básico, se puede perder”.

Para Ileana de la Guardia, tras el terremoto de Japón, la mayor alegría que tuvo fue saber que su bebé estaba bien y la mayor enseñanza provino de ser testigo de la solidaridad y calidad humana de un pueblo que no se rinde frente a la adversidad.

Un duro golpe para Japón

“Me conmovió la calma, disciplina, dignidad y nobleza con la que se comportó el pueblo japonés, siempre preocupados por los demás, manteniendo la compostura y el espíritu colectivo que los caracteriza. Los considero verdaderos héroes y heroínas”. Así empieza Ileana de la Guardia, esposa del Embajador de Panamá en Japón, su relato.

Tras un año y medio de vivir en Tokio, para Ileana el terremoto adquirió, en cuestión de segundos, un único rostro: el de su bebé de tres meses, a quien había dejado en casa para asistir a una recepción. A diferencia de los casos anteriores, en los que se había decidido prestar un servicio voluntario luego de una tragedia, para Ileana el terremoto fue una realidad inmediata. Los celulares no funcionaban, pero gracias a los chats y al internet logró tener noticias. “Las piernas me temblaban… luego de comunicarme con mi esposo y saber que todos estaban bien, pensé en asegurar suficiente agua y comida. Mi primer movimiento fue hacia el supermercado, para conseguir fórmula, alimentos enlatados y agua embotellada. Cuando encontré uno abierto, nadie parecía estar en pánico. De hecho, no había mucha gente comprando, no hubo caos y eso me impresionó”.

Luego de superadas las primeras horas, Ileana reflexiona: “Aprendí que la única manera de superar un desastre es trabajando en equipo, con respeto, compasión y desinterés. Nuestra vulnerabilidad frente a la naturaleza me lleva a recomendar que siempre se tenga un plan de escape, un maletín con lo básico para sobrevivir y conversar de antemano sobre dónde encontrarías a tu familia si una catástrofe los sorprende, ¡además de mantener los equipos electrónicos de comunicación cargados!”.

¿Tus prioridades cambiaron? “No diría que han cambiado… al contrario. Este tipo de experiencias nos sensibilizan… nos hacen apreciar tantas cosas: la vida, la salud, la familia y los amigos que, cuando se vive tan lejos, se convierten en una familia extendida”.

A pesar de que Japón se encuentra sumergido aún en la tragedia, por el posterior tsunami y la crisis nuclear que se desató, hay lecciones de valor que han salido a relucir. “La solidaridad y calidad humana que percibí es increíble. Y cuando pienso en las historias de sacrificio de quienes arriesgan sus vidas trabajando en controlar la situación en las plantas nucleares, siento que se me encoje el corazón”, comenta Ileana.

 

Ana Lorena Morales, socia de la firma Fábrega, Molino & Mulino, se dirigía a su última cita del día cuando todo se empezó a mover drásticamente. La gran preparación y calma de los japoneses la impresionaron.

El caso de Ana Lorena Morales es totalmente distinto. Por motivos de trabajo, había llegado a Tokio el día anterior al sismo y se encontraba en un elevador, camino a visitar a su último cliente. “El terremoto empezó apenas se cerró la puerta en la planta baja y, gracias a Dios, el elevador se abrió en el quinto piso. Al salir, quedamos en un pasillo y me mantuve ahí durante los dos minutos y medio que duró. El movimiento era tan fuerte y fue tan largo, que en un momento pensé que el edificio se venía abajo. Lo más aterrador de todo era el sonido de la tierra al temblar. Cuando lo peor había pasado, buscamos las escaleras y bajamos corriendo. Al llegar, todavía se podían ver los edificios moverse de un lado para el otro”.

¿Qué fue lo primero que pensaste? “Mi pensamiento estuvo 100% focalizado en mis dos hijos, que me esperaban en Panamá. También debo decir que, a pesar de la distancia, y gracias a la tecnología, pude comunicarme con mi familia y mis amistades todo el tiempo”. ¿Qué fue lo que más te impactó? “A la mañana siguiente, observé a dos señoras japonesas muy mayores. Una de ellas leía el periódico y, de repente, la escuché llorar, muy discreta y calmada, pero lloraba. No había visto a nadie llorar hasta ese momento”. Es en este tipo de situaciones extremas donde se descubre el grado de civilización y coraje que surgen en la adversidad. “Me atrevo a decir”, continúa Ana Lorena, “que saldrán fortalecidos de esta experiencia”.

¿Qué recomendarías? “Mantener la calma es lo principal. Aunque me tocó vivir la experiencia en el país mejor preparado para este tipo de desastres –las estructuras en Tokio no sufrieron, se activaron alarmas que te indicaban qué hacer, la gente salía a las calles con sus cascos para protegerse y no había histeria, ni caos–, comprendí que nunca estamos preparados para una tragedia así”.

¿Qué aprendiste al haber estado en el peor terremoto en la historia de Japón? “Aprendí que lo único que tenemos es el hoy y debemos vivir todos los días como si fuera el último. Suena trillado, pero no hay nada más cierto que eso. La vida hay que vivirla con pasión, con ganas y, para lograrlo, tienes que hacer las cosas que realmente te llenan. Todo lo demás, está de más…”

Sin distinción de raza, religión o poder económico, en naciones pobres y ricas, los desastres naturales ponen a prueba al ser humano, lo hacen sacar fuerzas de donde no las hay y luchar para seguir adelante. Nuestra gratitud y admiración para quienes se despojan de sí con el fin de ayudar voluntariamente a otros, y nuestra solidaridad y respeto para quienes han estado allí, en ese momento tan difícil, pues sus experiencias, su coraje y sus mensajes de optimismo nos reconfortan como humanidad.

Fotos:
Fotos de entrevistados: Silvia Grünhut, Space 67
Foto de iglesia (pág. 13) y del Dr. Saldaña (pág. 16): Cortesía del Dr. Ariel Saldaña
Foto de tsunami (pág. 12): © Kyodo / XinHua / Xinhua Press / Corbis
Foto de rescatistas (pág. 20): © Imaginechina / Corbis

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Gladys Navarro de Gerbaud

Gladys Navarro de Gerbaud es directora y editora de la revista En Exclusiva de Banco General desde 1994. Graduada de Administración de Empresas con especialización en Negocios Internacionales de Georgetown University (Magna Cum Laude). Primer Puesto del Colegio Las Esclavas del Sagrado Corazón. Presidenta de la Junta Directiva de la Fundación Smithsonian de Panamá y expresidenta del Georgetown Club of Panama. Miembro del Comité Asesor de la Fundación Amador (Biomuseo), miembro del Foro Internacional de Mujeres (IWF) - capítulo de Panamá, y miembro de la Asociación Directoras de Panamá (ADP). Fue fundadora y presidenta de la agrupación "Panameñas por el SI", creada a nivel nacional para apoyar el referéndum sobre la ampliación del Canal de Panamá. Ganadora del premio al Voluntario del Año por parte de la Asociación de Exalumnos de Georgetown University en Washington, D.C.