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El eslabón perdido de la educación y dónde encontrarlo

Una educación de calidad es la clave para nuestro éxito. Si no logramos que nuestros jóvenes aprendan un nivel adecuado de conocimientos, estaremos truncando su futuro y el desarrollo de nuestro país. El primer paso es mejorar la formación y dotar de las herramientas necesarias a quienes les enseñan, los docentes.

¿Le gustaría aprender sin esfuerzo?, ¿o quizás con esfuerzo, pero seguro de que va a aprender? Buenas noticias, cualquiera puede aprender matemáticas; y si puede aprender matemáticas, probablemente muchos otros temas también, aunque puede ser ya un poco tarde para usted.

Según Jo Boaler y Carol Dweck, investigadoras de la Universidad de Stanford, cualquier alumno puede volverse competente en matemáticas con la metodología adecuada. Para ello, los docentes deben hacer que desaprendan el temor a las matemáticas y guiarlos a través del material. Por ejemplo, hay que tratar los errores como oportunidades de aprender y no como fracasos.

Una buena educación libera. Más allá de oportunidades de empleo o de emprendimientos, comprender el mundo que nos rodea nos libera de temores, prejuicios y complejos.  Mejor todavía, la educación de otros también nos beneficia.  Piense que la comprensión colectiva sobre mosquitos hace menos probable que usted se enferme. Este ejemplo de educación en salud pública es real y su impacto en productividad ayudó a construir el Canal de Panamá.

Borrón y cuenta nueva

Un problema incómodo es que ese impacto de la educación se nota más en la siguiente generación; mientras que su beneficio inmediato, económico o político, suele ser mucho menos claro. Cuesta valorar la paz y las oportunidades cuando las tenemos, pero es devastador cuando se esfuman.

Según la evaluación internacional PISA 2009, menos de dos de cada cinco estudiantes de 15 años evaluados en Panamá pudieron demostrar competencias adecuadas en lectura o ciencias y solo uno de cada cinco, en matemáticas. No son cifras halagadoras desde ningún punto de vista.

Panamá, por ejemplo, alberga una de las mayores brechas de desigualdad social en América Latina. Además, según la evaluación internacional PISA 2009 de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico, menos de dos de cada cinco estudiantes de 15 años evaluados en Panamá pudieron demostrar competencias adecuadas en lectura o ciencias y solo uno de cada cinco, en matemáticas. Los peores resultados se dieron en el sistema público, que atiende a casi 9 de cada 10 estudiantes del país. Tentar la suerte así es arriesgarnos a mucha turbulencia futura.

Una educación de calidad, por el contrario, serviría como borrón y cuenta nueva, dándole una nueva oportunidad a cada generación sin importar cuán desafortunados hayan sido sus padres.

Hay recursos, falta calidad

Irónicamente, Panamá ha mantenido por varios años una de las mayores tasas de crecimiento económico anual de la región latinoamericana, 7.1% anual en promedio en la última década, con inflación pico de 10% brevemente y mucho menor típicamente. Esta dinámica disminuyó el desempleo y generó oportunidades de altos ingresos. Desafortunadamente, no fue así para todos.  Aquellos con mejor preparación, incluyendo extranjeros, se han beneficiado generosamente; mientras que otros segmentos luchan por adaptarse al alza de precios en las áreas de gran auge.

Tenemos un compromiso enorme con las próximas generaciones. No podremos explicarles que, en medio de la abundancia, no tuvimos la sagacidad de invertir en una educación de calidad para quienes serán el futuro de nuestro país.

La educación se nos quedó chica. Nuestro crecimiento genera grandes oportunidades, pero nuestra educación se las niega a la mayoría. ¿Cómo explicaremos a las próximas generaciones que en medio de la abundancia no tuvimos la sagacidad de invertir en la apuesta más segura: una educación de calidad? ¿Cómo explicar que en Panamá la adicción por el concreto puede más que el valor del conocimiento? Nos ha faltado voluntad, imaginación o empatía colectiva para asegurarnos de que la bonanza se convierte en bases sólidas para una educación de calidad al alcance de todos, es decir en justicia, paz y prosperidad futura. Pensemos qué hacer.

El eslabón perdido

Por décadas, hemos documentado debilidades y cómo debe ser una buena educación, a veces cualitativamente, a veces cuantitativamente. Lo que nos cuesta trabajo es decidir prioridades y mantener las acciones que facilitan un cambio real.

Los estudiantes mejor formados provienen de los mejores docentes y estos, a su vez, son el resultado de la preparación que reciben. La clave está, pues, en darle prioridad a quienes pueden hacer una real diferencia.

Afortunadamente, hay estrategias reconocidas. Fuera de ventajas individuales como el nivel socioeconómico del hogar, el factor propio del sistema educativo con mayor impacto en mejorar la educación es la calidad de los docentes. Esto lo demuestran estudios en varios países. Los estudiantes mejor formados provienen de los mejores docentes y los mejores docentes provienen de los mejores centros universitarios de formación docente.

La necesidad de buenos docentes, aunque parezca obvia, no es tan común entre las prioridades sociales; pero el verdadero eslabón perdido en la cadena de elementos que genera una buena educación son las facultades de educación, que rara vez son parte central en las estrategias de mejora educativa.

Con la inversión correcta se podría formar a más de 2 mil docentes inspiradores por año, lo que sería magnífico para iniciar una transformación concreta de la educación de nuestros jóvenes.

Esta es una segunda ironía, porque parece más fácil y eficaz a largo plazo lograr que los pocos centros universitarios de formación docente del país se transformen en centros de excelencia que lograr resolver en cada administración pública los múltiples y complejos problemas del sistema educativo presente.  Con una tasa neta de 2 mil nuevos docentes anuales en el sistema educativo, representativa del promedio en los últimos años, tomaría solo un poco más de una década lograr que la mitad de nuestros 45 mil docentes hayan sido formados en las mejores facultades de educación de América Latina, ¡en Panamá! Esta es una oportunidad que le negamos a las generaciones previas con vocación docente (Ver Recuadro ¿Mejorar las Universidades?).

Contamos con cuatro centros principales de formación docente: la Universidad de Panamá, en varias de sus sedes; el Instituto Pedagógico Superior Juan Demóstenes Arosemena, en Santiago de Veraguas; la Universidad de las Américas, en la ciudad de Panamá, y la Universidad Autónoma de Chiriquí. Con la atención e inversión correcta podrían formar a más de 2 mil docentes inspiradores por año, para expandir con calidad la cobertura total, especialmente en preescolar y en el nivel medio, y para disminuir la proporción de estudiantes por docente.

Lograr esto requiere fortalecer a los formadores de formadores en esas facultades de educación y empezar ya a especializar a sus futuros profesores; requiere formar docentes con un currículum mucho más riguroso, con mucha más práctica de aula que hoy, con la visión amplia de formar una ciudadanía que eleve al país y al planeta. En una sola generación, transformaríamos nuestro sistema educativo en el mismo tiempo que tomó desmantelar la Zona del Canal.

Paciencia, pero buena letra

El sistema educativo panameño forma a 850 mil estudiantes en 3,900 centros educativos. La sociedad está pendiente de cómo se puede mejorar el nivel de educación para los más vulnerables.

No se trataría de dejar de lado las varias iniciativas actuales de mejora educativa sino tener sentido de prioridad y de continuidad. Entre las opciones disponibles, formar a los mejores docentes es una de las más simples y de más impacto, a cambio de paciencia para cosechar los resultados.

Podemos avanzar en múltiples líneas de acción que el consenso denominado Compromiso Nacional por la Educación enumera muy bien, pero muchas de ellas tienen su mayor sentido como antesala para el momento en que los docentes puedan hacer su mejor trabajo con la mejor formación posible.

Necesitaremos continuidad de propósito y de ejecución. Debemos meditar sobre el mito griego del rey Sísifo, a quien los dioses condenan a empujar hasta la cima a una gran roca que inexorablemente vuelve a rodar cuesta abajo, obligándolo a empezar de nuevo por siempre. Así mismo, si el sistema educativo no logra escabullirse de la cultura política tradicional, aplaudiremos victorias pírricas muy seguido, para luego lamentarnos igual de seguido de lo poco que avanzamos (Ver Recuadro Cambios se avecinan).

¡Uno para todos!

La pregunta de rigor es qué podríamos hacer como individuos para colaborar con los cambios necesarios. Para empezar, podríamos expresar alto y fuerte que nuestra prioridad es una educación de calidad al alcance de todos, hasta que la idea se vuelva ineludible entre personas influyentes y logremos políticas eficaces estables. Pronto regresarán las encuestas de opinión sobre las prioridades del país y en democracia tendremos otra oportunidad de hacernos sentir.

Más de 400 voluntarios del Concurso Nacional por la Excelencia Educativa son un ejemplo del interés por mejorar la calidad educativa. Este concurso entre centros oficiales evalúa a 10 alumnos por centro, seleccionados al azar, del grado en que concursan, y premia con oportunidades de desarrollo a los que obtienen mejores resultados.

Quizás para algunos de nosotros sea un poco tarde para aprender los temas escolares que solíamos esquivar, pero con algo de sagacidad colectiva nuestro sistema educativo desaprenderá el temor al cambio y brindará mejores oportunidades para todos. Hasta entonces, abrace a un docente y exprésele que tiene el destino del país en sus manos.

¿Mejorar universidades?

La Universidad Tecnológica de Panamá, desde el año 1981, ha formado 62 mil profesionales, de los cuales 25 mil han sido en el nivel técnico.  Actualmente, cuenta con seis facultades que ofrecen 138 carreras y programas. En el año 2011, contaba con 63 doctores y se encontraba en el rango de posiciones 191 a 200, según el QS University Rankings – Latin America; mientras que en el año 2016 alcanzó la posición 109, con 130 doctores y 40 en formación, la mayoría por becas del Estado panameño. Elevar el nivel de sus profesores hizo una gran diferencia.  Alienta ver que este y otros centros de formación superior podrían avanzar a los primeros lugares de América Latina. Contamos con cuatro centros principales de formación docente: la Universidad de Panamá, en varias de sus sedes; el Instituto Pedagógico Superior Juan Demóstenes Arosemena, en Santiago de Veraguas; la Universidad de las Américas, en la ciudad de Panamá, y la Universidad Autónoma de Chiriquí.

Cambios se avecinan

Mucho está cambiando. El sistema educativo panameño forma a 850 mil estudiantes, 86% en el sector oficial (público) y 14% en el sector particular (privado), con 45 mil docentes en 3,900 centros educativos. En 2015, la primaria cubría el 96% de la población requerida; la premedia, 91% (de 7mo. a 9no. grados); preescolar, 70%, y media, 59% (de 10mo. a 12mo. grados). Los programas gubernamentales de infraestructura escolar son ambiciosos. En calidad, en 2016 el Ministerio de Educación evaluó a todos los alumnos de 3er. grado del país en lectura, tanto en el sector oficial como en el particular, con la intención de orientar a los docentes sobre cómo propiciar mejor aprendizaje. La sociedad entera muestra interés creciente. Se han multiplicado las organizaciones civiles formales o informales para mejorar la educación, por ejemplo, el Consejo del Sector Privado para la Asistencia Educacional, la Fundación Gabriel Lewis Galindo, el Grupo Unidos por Educación y Jóvenes Unidos por Educación, la Fundación ProEd, la asociación Enseña por Panamá, el proyecto ‘Educación: Éxito Seguro’ de la Fundación Verde Azul, los comités de educación de varias asociaciones cívicas o gremiales y el propio interés creciente en los gremios docentes por la agenda de calidad de la educación. El país ha llegado a compromisos de aumentar el gasto en educación de menos de 4% a 6 % del PIB, de mejorar salarios docentes y de realizar acciones concretas en calidad, equidad, formación de educadores, gestión e inversión.  ¡Ojo!: faltará asegurar la continuidad de estos propósitos.

 

Fotos (c) Getty Images y  Tito Herrera

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Julio Escobar

Julio Escobar

Es Presidente y Ejecutivo Principal (CEO) de Centauri Technologies Corporation, empresa dedicada a fortalecer la competitividad de sus clientes con innovación tecnológica. También es Presidente de Cylerian Corporation, cuya tecnología simplifica la complejidad de operar la infraestructura de información. Fue científico y gerente de investigación del Grupo de Investigaciones Avanzadas de Internet en la empresa BBN, de los Estados Unidos; la empresa que implementó la primera versión de lo que ahora se conoce como el Internet. Ha sido evaluador y miembro de comités asesores de la Fundación Nacional de Ciencias y de la Agencia de Proyectos Avanzados de Defensa (DARPA) de los Estados Unidos, es miembro Senior del Instituto de Ingenieros Eléctricos y Electrónicos (IEEE), miembro de la Asociación de Máquinas de Computación y ha sido miembro del consejo editorial de las revistas científicas IEEE Networks y del Journal of Fiber and Integrated Optics. De 2004 al 2009 fue Secretario Nacional y Ministro de Ciencia, Tecnología e Innovación. Tiene un Ph.D. del Instituto Tecnológico de Massachusetts en Ingeniería Eléctrica y Ciencias de Computación. Es miembro de la junta de síndicos de la Ciudad del Saber, de la Fundación Amador, de la junta directiva de la Fundación Biblioteca Nacional y miembro de la Junta Directiva de Venture Club, el único club abierto de inversionistas ángeles de Panamá. Es Presidente de la Fundación para la Promoción de la Excelencia Educativa y miembro de la Junta Directiva de la Fundación Enseña por Panamá.