Cultura y Gastronomía

La pasión, el motor que rompe barreras

La pasión y el esfuerzo de dos personas talentosas y con visión han hecho realidad dos festivales que son hoy referentes de Panamá para el mundo. De la mano de la cultura han logrado proyectar a nuestro país con una cara fresca, innovadora, rica y con valores, motivando cada vez más a la población nacional e internacional a incorporar el arte en sus múltiples disciplinas como herramienta para evidenciar cambios reales.

Cuando hablamos de cultura, algunas personas huyen, creen que es un tema reservado para pocos; sin embargo, Pituka Ortega de Heilbron, directora del International Film Festival de Panamá (IFF Panamá) y Danilo Pérez, creador y director del Panama Jazz Festival, compartiendo su experiencia nos demuestran cómo con el tiempo estos festivales han calado en lo más interno de los diferentes sectores de la población panameña, a la vez que promueven a nuestro país a nivel internacional. Es un gran orgullo saber que dos panameños trabajan en su vida diaria por dejar un legado firme en la promoción de las artes y la cultura.

Según Pituka, “estar en el momento correcto, bajo las condiciones correctas” fue clave. Hoy, el éxito del IFF Panamá proyecta a nuestro país a otro nivel.

Tomar la decisión de lanzarse al ruedo para promover el cine y el jazz en Panamá, en territorios casi sin explorar, como eran los festivales, hace alrededor de 10 años no fue tarea fácil. Sin embargo, en ese momento se veían indicios de que la población estaba preparada para promover la identidad nacional y la autoestima del panameño. Como nos compartió Pituka Ortega, directora del IFF Panamá: “Entre los años 60 y 80 hubo un comienzo con el festival de cine que empezó Roberto Morgan, quien trajo películas y cine importante. No se estaba generando un movimiento de industria en el país y no era el momento, por ende, no prosperó. La primera vez que pensé en un festival de cine fue precisamente en una cena en la que estábamos Danilo y yo en mi casa y estaba cogiendo fuerza el festival de jazz. Le dije, en ese momento, que sería increíble si además de jazz, le incluía cine. Aunque solo quedó en una conversación, la idea se concretó a finales del 2010 cuando un canadiense retirado en Panamá se comunicó conmigo porque tenía interés con varios cineastas panameños de crear un grupo para sacar el festival adelante. Al principio, no estaba segura de que iba a funcionar, pero poco a poco fue tomando forma y quedé completamente involucrada. Fue una idea colectiva de muchos panameños y algunos extranjeros, entre ellos el fundador del TIF, Festival de Toronto. No es real darme el crédito que fue mi idea original, pero fue estar en el momento correcto, bajo las condiciones correctas. Mi plan siempre fue ser parte del proceso. Sin embargo, yo entendía muy claramente lo que podía ser y el impacto que podía tener y mis colegas veían que yo podía sacar esto adelante y me nombraron directora”.

Por su parte, Danilo recuerda cómo desde muy pequeño le perseguía el sentimiento de aprender para compartir con “su gente” y recuerda cómo al asistir al Festival de San Sebastián en España presenció la transformación de la ciudad que lo hizo ver lo que quería hacer en Panamá. “Fue en el 89 en San Sebastián cuando durante tres días fuimos parte de ese cambio de ciudad. Cuando llegamos no había mucha gente. El día en que tocamos, la ciudad se había convertido en una atracción turística y ahí me hizo clic. Desde que yo salí de mi país lo hice con el ánimo de compartir lo que aprendía, con mi gente, mis colegas. Aún sigo y creo en ese sentimiento de compartir. Creo en que ahí es donde uno deja un legado. En San Sebastián me llegó la chispa de que algún día pudiera hacer algo así en Panamá. Entendí de una vez las implicaciones y beneficios directos que tenía en el turismo, por ejemplo, en el turismo cultural. Vi a la gente, los restaurantes llenos y de ahí en adelante los circuitos que empecé a hacer, observé cómo los festivales transformaban las ciudades”, explicó Danilo Pérez sobre los momentos en su carrera que lo llevaron a hacer realidad el sueño del Panama Jazz Festival.

La idea de crear un festival en Panamá surgió hace casi treinta años, mientras tocaba en el Festival de San Sebastián. “Me llegó la chispa de que algún día pudiera hacer algo así en Panamá”, confiesa Danilo, creador y director del Panama Jazz Festival.

El valor del voluntario

Cuando a alguien se le pregunta si cree que un trabajo de voluntariado puede traer sus frutos, lo primero que puede pensar es que como no se le paga al voluntario es imposible que haya compromiso. Puede parecer mentira, pero tanto el IFF Panamá como el Panama Jazz Festival requieren cada año más de 400 voluntarios. El proceso de selección de dichos voluntarios comienza entre 6 a 9 meses antes del festival y lo que más puede llamar la atención es que muchos de los voluntarios sacan días de su trabajo para dejar muy en alto el nombre de Panamá. El compromiso de los voluntarios es incondicional. Durante los días de los festivales se entregan en cuerpo y alma a trabajar por una causa en común. Después de recibir charlas, entrenamientos y capacitaciones, los voluntarios a través de sus diferentes trabajos están preparados para recibir a miembros del turismo local e internacional y de las diferentes industrias relacionadas con las artes.

Como nos comentó Pituka: “Es una historia fantástica porque cuando empezamos con el festival la opinión general era que en Panamá el voluntariado no era algo a lo que gente respondía. Con el paso del tiempo, fuimos comprobando que las personas sí respondían y fue funcionando. El año pasado aplicaron más de 300 personas, de las cuales seleccionamos a 175 con las que trabajamos durante el festival. Hay voluntarios que trabajan durante un mes o mes y medio antes del festival. El entrenamiento que se les da es completo y consiste en explicarles que son la cara del país y de la población panameña. La respuesta ha sido increíble, se dedican con pasión y para mí es la semana donde sale lo mejor del panameño. Estoy segura de que Danilo diría lo mismo con su experiencia”.

Por su parte, la Fundación de Danilo Pérez empieza a convocar a los 500 voluntarios que requiere cada año a partir de julio. A través de la página web publican los formularios de inscripción para comenzar la selección de quienes trabajarán como voluntarios durante el festival en enero de cada año, para continuar, como dice Danilo, “vacunándonos de esperanza, tolerancia y amor para que nos dure el año. La música tiene un propósito en la vida y empezamos el año de esa manera con el festival y los voluntarios participan de esto”.

Integración y cambio en la sociedad

La música, en este caso el jazz, tiene efectos inmediatos que se pueden medir en el individuo, la comunidad y, por ende, en la sociedad. Cuando los jóvenes se exponen desde tempranas edades a practicar música, esto requiere ciertas actitudes y destrezas, las cuales van formando al individuo y dándole pautas para que quieran ser mejores. “El estudiante de jazz empieza a respetar las ideas del otro, aprende que para poder aprenderse un tema tiene que ser responsable, seguir a su mentor, escuchar directrices. En la música no te puedes copiar, no hay manera de hacer trampa, hay que gastar un par de minutitos en aprender las canciones. La música tiene esta fuerza. Tienes que hacer el esfuerzo. Los momentos en que te entregas, te sensibilizas de una manera que te permite mejorar la autoestima porque ves lo que eres capaz de hacer. La oferta de la música es muy atractiva. Si los jóvenes pueden experimentar encontrarse a sí mismos, desde temprano identifican sus debilidades y fortalezas y descubren que las victorias y derrotas en la vida son temporales”, explicó Danilo Pérez respecto al cambio social que puede producir la música a nivel micro y macro.

En cuanto al cine, la pantalla grande siempre es motivo de unión y aquí sucede una integración incluso con las emociones del ser humano que logra empatizar con otras personas que tiene lejos o que viven en realidades muy diferentes, incluso el pensamiento crítico, a través de los años, del público se va volviendo más agudo: “Los primeros tres o cuatro años del IFF Panamá, las películas que el público premiaba eran comedias. Eran comedias inteligentes, pero más ligeritas. En los últimos tres años, no ha sido así, han premiado películas de más contenido. Para nosotros, esto dice que el público está evolucionando y es una fortísima manifestación de que se subestima mucho a la población. Estamos viviendo tiempos difíciles y se nos olvida que nosotros somos una población diversa, por lo tanto, absorbemos las diferentes corrientes culturales que se presentan en nuestro entorno. Lo cual me lleva a pensar que, como país, no solo se te respeta por ser un centro bancario o por la construcción, también podemos hacer respetar nuestra identidad y que haya más fondo en todo lo que hacemos como panameños. Todas estas iniciativas y esfuerzos culturales que se han dado en festivales se han hecho a puro pulmón porque la población tiene una necesidad más grande de ser parte de un país que tiene algo que decir”, compartió Pituka Heilbron respecto a la integración del pensamiento y emociones que actualmente se vive con el IFF Panamá y el público que asiste.

Ambos festivales son actividades que integran diferentes tipos de público, con diferencias sociales, económicas, educativas, edades, algunos de los programas que ofrecen integran a la familia. Como comentó Danilo: “Se crea una unión natural cuando vienen a un mismo lugar y llegan desde temprano los que viven en El Chorrillo a poner sus sillas; luego, más tarde, llegan los de Costa del Este y después la gente que vende frituras en Mi Pueblito y hay un verdadero intercambio. El pensamiento crítico de los que van a trabajar y ganarse la vida también crece, recuerdo que un raspadero venía siempre y cada vez ponía su carro más cerca del escenario”.

Trabajar y luchar por un sueño hasta en su tiempo libre es un compromiso que tanto Pituka como Danilo hicieron. En su vida cotidiana gran parte del tiempo lo dedican a pensar y desarrollar iniciativas que mejoren, ayuden a crecer y consoliden los festivales. Entre los temas que manejan a diario están el rescatar la identidad panameña, el cine y la música como herramienta transformadora y la visión esperanzadora que un cambio sí puede llegar a una sociedad de la mano de las artes. Decir que la pasión mueve montañas en la vida de Pituka y de Danilo es sinónimo de tesón y perseverancia. La manera como comparten con los demás su pasión inspira a muchos a continuar sus sueños, derribar barreras y continuar construyendo un mejor país.

 

Fotos: Fernando Bocanegra y cortesía de IFF Panamá y de la Fundación Danilo Pérez.

Cuarteto en tarima, Sammy y Sandra Sandoval: ©Ricardo Guzman

Wayne Shorter en acción: ©Lay Ling Him

Esperanza Spalding: ©Angel Emmanuel 

 

Artículo anterior

Nueva Banca en Línea de BG

Próximo artículo

Entendiendo la osteoporosis

Juliana Valderrama

Periodista y escritora apasionada, trabaja como freelance para diferentes publicaciones donde escribe de temas variados. A lo largo de su carrera se ha destacado por disfrutar las entrevistas y conocer personajes interesantes de quienes descubre detalles que enriquecen las historias.