Cultura y Gastronomía

La Fiesta Taurina: una pasión

El toreo ha estado presente en nuestro país desde la época de la conquista española. Actualmente existe un grupo organizado que se reúne, organiza conferencias y hasta viaja a ver corridas de toros.

Recuerdo con nostalgia los domingos de verano en Panamá cuando, de la mano de mi padre, me dirigía a la Plaza de la Macarena, localizada en el barrio de San Francisco, para presenciar las corridas que se celebraban en ese coso taurino.  Era yo un chiquillo, pero ya sentía la pasión por este arte, pasión que se ha intensificado con el pasar de los años y que he podido transmitir a mi esposa Nanette, nieta de español.

El toreo despierta en las personas que se aficionan a él, una pasión que es muy difícil describir. Será por sus rituales, previos y durante la lidia misma, o por el ambiente festivo que reina en las plazas, o por el espectáculo multicolor que dan los trajes de luces de los toreros y sus capas, o por la gran belleza plástica de los pases, o por el riesgo de muerte que está presente cada vez que un torero se enfrenta a una de estas hermosas y bravas bestias, o más bien por todas estas cosas juntas. No lo sé, pero en mi caso, quedé fascinado por esta fiesta desde la primera vez que asistí a una corrida.

Las corridas de toros han estado ligadas a nuestro país desde la época de la conquista española.  Hay indicios de que en la Plaza Mayor de la ciudad de Panamá (la Vieja), se celebraban corridas de toros.  Años después, se celebraban corridas en la Plaza Herrera (en Avenida A); luego, en la Plaza de Vista Alegre, inaugurada en 1914 y localizada en lo que es hoy Calidonia, y después en La Macarena.  En la década de los 80 y 90, se celebraron corridas en el Gimnasio Nuevo Panamá.  También se han celebrado en la Plaza de Toros de la Feria de David.  Además, en todas las fiestas patronales de nuestros pueblos, se siguen celebrando corridas de toros, al estilo criollo, pero corridas de toros al fin.

En la Plaza de la Macarena, inaugurada en 1953 y localizada al final de la Vía Porras, donde hoy existe un supermercado (área en la parte de atrás de ATLAPA), pudimos apreciar el arte de los mejores toreros de la época, como los españoles Luis Miguel Dominguín, Manuel Benítez «El Cordobés», «El Viti» y Victoriano Valencia, así como los mexicanos Luis Castro «El Soldado» y «Calesero».

En el mes de septiembre de 1993, el entonces embajador de España en Panamá, don Miguel Ángel García Mina, reunió a un grupo de amigos panameños, peruanos y españoles y fundó la Peña Taurina de Panamá, agrupación que cuenta en la actualidad con unos 40 miembros y que preside don Henry Ford Hernández.

Este grupo de amigos se reúne los primeros jueves de cada mes para compartir sobre el tema taurino y disfrutar de la buena mesa. Además, organizan conferencias, viajan a ferias taurinas en Colombia y Perú, y celebran anualmente un Festival Taurino y Ecuestre en la finca de Jorge Araúz, en Penonomé, que posee en ella una cría de ganado bravo, además de una hermosa plaza de toros, llamada «Lucitano». En estos festivales participan toreros de Perú, Colombia y México, alternando con los aficionados prácticos del grupo, Alejandro Aramburú, José Montesinos y Max Gómez, quienes torean vaquillas bravas.  También ha participado Juan Saldaña, que hasta donde tengo conocimiento, es el único matador de toros que ha dado nuestro país. Esta labor de toreo, denominada «tienta», es indispensable, ya que son estas vaquillas las futuras madres de los toros de lidia y de su bravura mucho depende la de sus hijos.

Encontramos en la protohistoria a los ancestros del toro de lidia: el Bos taurus primigenius y el Bos taurus braquiceros, especies originarias de amplias áreas geográficas indoeuropeas y africanas. Es un animal que nace bravo, no se le enseña a serlo, que por lo general embiste cuando está solo, contra todo lo que se mueva. Lo que más le hace embestir es el movimiento, por ello el torero debe mantenerse quieto durante la ejecución de los pases. Es un animal mortalmente peligroso, aún en sus últimos momentos, que solo debe ser toreado una vez en su vida, ya que en los pocos minutos de una corrida, aprende que la capa es un engaño.

Un principio fundamental para el buen desarrollo de una corrida de toros es que estos salgan a la plaza en pleno uso de sus facultades y con sus cuernos íntegros. La violación de este principio es severamente castigada por las autoridades. En la actualidad, el toro de lidia se cría principalmente en ganaderías de España, Francia, Portugal, México, Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela.

Con el saludo entre ellos de «Que Dios reparta suerte», los toreros y sus cuadrillas (banderilleros y picadores) hacen el llamado «paseíllo», caminando en formación por el ruedo o «albero» de la plaza para saludar al presidente de la corrida y dar inicio así al espectáculo.

La corrida o la lidia del toro se divide en tercios: el primero, llamado «tercio de varas»; el segundo, llamado «tercio de banderillas» y el tercero, llamado «tercio de muerte».

Sale el toro de los chiqueros de la plaza o «toriles» y el matador más antiguo, a quien corresponde iniciar la corrida, lo recibe para torearlo con el capote (capa de color fucsia por un lado y amarillo o azul por el otro) y «fijarlo», o sea parar su recorrido alrededor del albero; por lo general, haciéndole pases llamados «verónica», de gran elegancia. Una vez fijado, entran, a caballo, los picadores, y el matador lleva el toro al caballo haciendo lances con su capote para que sea «picado».

Luego, entramos al segundo tercio, en el que los banderilleros deben colocar al toro un máximo de tres pares de banderillas.  Hay matadores que por ser excelentes banderilleros ejecutan la suerte ellos mismos, convirtiéndola en un espectáculo de gran vistosidad.

Colocadas las banderillas, entramos al tercio de muerte, en que el matador torea al toro con una capa llamada «muleta», que se diferencia del capote por su color rojo y por su forma, además de que el matador la utiliza con la ayuda de una espada, llamada «estoque».  Aquí es cuando el torero hace la que se considera la verdadera «faena» y donde puede y debe mostrar su calidad.  En general, inicia con derechazos o pases en redondo, seguidos por muletazos dados con la mano izquierda, llamados «naturales», todos rematados con los «pases de pecho».  Pueden seguir otros pases, cuyos nombres sería muy largo enumerar.  Y llega la llamada «hora de la verdad», cuando el torero debe entrar a matar al toro con el estoque, toreándolo primero en busca de su correcta colocación para que el estoque pueda entrar por un punto específico en su lomo («hoyo de las agujas»), que rápidamente le produce la muerte.

Los premios para el torero son una oreja, si la faena ha sido buena; dos orejas, si ha sido excelente y dos orejas y el rabo, por una faena extraordinaria.  Si el toro ha sido excepcionalmente bravo y ha sido bien toreado, el público pide su indulto y el presidente puede otorgarlo.  Si se concede, pasa a ser semental en la ganadería.

A través de la historia han existido toreros que han marcado épocas, como Juan Belmonte, «Manolete», Dominguín, Antonio Ordóñez, Paco Camino, «El Cordobés» y los mexicanos Carlos Arruza, Armillita, Manolo Martínez y Eloy Cavazos.  En tiempos recientes, se han destacado como «figuras» del toreo, Curro Romero, «Paquirri», «Espartaco» y José Tomás.  En la actualidad, se destacan especialmente los españoles Enrique Ponce y Julián López «El Juli», así como «El Cid», «El Fandi», Morante de la Puebla, César Jiménez, Miguel Ángel Perera y Finito de Córdoba, el colombiano César Rincón, el francés Sebastián Castella y el mexicano «Zotoluco».

La feria taurina más importante del mundo es la de San Isidro, en la Plaza de las Ventas en Madrid.  Se celebran corridas en toda España, pero se distinguen por su importancia las ferias de Valencia, Sevilla, Pamplona, Granada, Córdoba, Bilbao, San Sebastián y Zaragoza y la temporada taurina de Barcelona.  En Francia, las de Nimes, Arles y Bayona. En América, las ferias o temporadas más importantes son las de México, Lima, Quito, Bogotá, Cali, Medellín, Manizales y Cartagena, y las de Valencia y San Cristóbal, en Venezuela.  Además, hay corridas en Portugal, en las que no se mata al toro en la plaza. Debo anotar que recientemente se han celebrado, con gran éxito, corridas en China, Rusia y California.

Han pasado cinco décadas desde que asistí a mi primera corrida y debo confesar que aún en estos días, cuando me voy acercando a una plaza en España, Perú, Colombia o México, siento la misma emoción de aquel chiquillo en la década del 50, que como parte de su fascinación por este arte, llegó incluso a soñar con ser torero.  Ojalá pueda volver a sentirla en mi tierra.  ¡¡¡Y OLÉ!!!

Fotos:
Cortesía del autor.

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Autores invitados

Francisco González-Ruiz A.