Historias Humanas

El sueño de cuatro músicos colonenses

Por: Karla Jiménez Comrie

Colón, provincia que otrora fuera loada por su opulencia comercial, resurge hoy como tierra fecunda de artistas, quienes resuenan con éxito como testimonio de que con dedicación y perseverancia se logran los deseos.

Resulta refrescante, emotivo y enriquecedor encontrarse con jóvenes dotados de un talento amplio, cuyos repertorios variados abarcan piezas de Chopin, sinfónicas nacionales, jazz y góspel, y cuyas historias personales son ejemplos que llevan implícito un evidente deseo de superación.

Luis Morales, Joshue Ashby, Katherine Hernández y Eric Blanquicet tienen en común sus raíces colonenses, pero también los une una energía contagiosa y un talento a todas luces cultivado. Estos sencillos muchachos plasmaron sus anhelos en el violín, el tambor, la viola y el piano, y hoy sobresalen como inspiración para las nuevas generaciones.

Definitivamente, el dicho “El arte es un camino” les aplica bien, pues cada uno ha ido forjando un recorrido pleno por la senda musical. Y, lo más admirable, es que ellos han perseguido sus sueños con un toque ejemplar de sensibilidad social, encabezando proyectos sociales con miras a marcar una huella positiva entre la muchachada istmeña.

Un docente y director de orquesta que cambia vidas

Luis Morales nació hace 30 años en el seno de “una familia humilde y apegada a los buenos valores y la educación como medios para salir adelante”, nos cuenta. Su vida siempre estuvo rodeada de música, pues es hijo del saxofonista Luis Morales padre, miembro del grupo de Combos Nacionales The Starlights, antaño dirigido por el desaparecido músico y docente Felipe Hudson. Actualmente, Morales destaca como músico de la Orquesta Sinfónica Nacional de Panamá y como docente y director de la Orquesta Sinfónica y Juvenil de Colón San Miguel Febres Cordero, en donde enseña música a más de 50 chicos entre los 7 y 18 años.

Para Luis Morales, enseñar ha sido una forma de revertir lo aprendido en las nuevas generaciones. Actualmente, estudia para recibirse como director orquestal.

Para Luis Morales, enseñar ha sido una forma de revertir lo aprendido en las nuevas generaciones. Actualmente, estudia para recibirse como director orquestal.

Su aventura musical se inició en 1998, como pupilo de su propio padre, quien lo incitó a tocar la viola. “Mi papá fue mi primer profesor y solía ser más exigente conmigo y mi hermano, que con el resto de los chicos en clase”, confiesa. Sin embargo, dos años más tarde asistió al Campamento Musical Juvenil que organiza la Asociación Nacional de Conciertos y su visión con respecto a la música cambió por completo.

Ingresó a la Orquesta Sinfónica Juvenil Istmeña y en su mente comenzaba a entender que la música era en su vida algo más que una actividad paralela. “Tampoco sabía que se podía vivir de la música, ni que te pagaran por tocar”, añade el artista.

En 2008, fue acreedor de una beca para estudiar en Boston, Estados Unidos, en el Five Week Summer Program de Berklee College of Music, que otorga la Fundación Danilo Pérez en Panamá. “Mi sueño era quedarme en Estados Unidos, pero no lo logré y regresé a Panamá”, dice Morales, quien al día siguiente de su retorno recibió una llamada telefónica del profesor y compositor Samuel Robles para ofrecerle la oportunidad de dirigir el proyecto musical con los niños de San Miguel Febres Cordero.

“Eso no es para mí, pensé. Sin embargo, fui porque –como dice mi padre– cada experiencia es buena para aprender”, agrega el violista, quien inició esta hazaña con apenas 16 estudiantes, quienes para diciembre de ese año efectuaron un primer concierto.

Aquella primera apertura musical caló profundo en Morales. Sin embargo, una segunda oportunidad de estudiar en Boston, esta vez por cuatro años, se asomó en el panorama. “Requería de apoyo financiero adicional para costear los estudios y aunque toqué muchas puertas, no lo obtuve”, afirma Morales, quien vio su suerte como un “llamado de Dios” y decidió permanecer en Panamá para trabajar en favor de los niños, con el sueño ulterior de lograr hacer de Colón un epicentro cultural y musical.

El colectivo musical San Miguel Febres Cordero está conformado por chicos de Colón que han encontrado en la música una forma de intercambio, de expresión, de vivir del arte y de alejarse de la violencia de las calles. La Orquesta Sinfónica Juvenil, con el mismo nombre, es una extensión del proyecto conformado por estudiantes de nivel avanzado, quienes ejecutan con perfecta destreza sinfonías y composiciones vernaculares  y clásicas istmeñas. Para estos jóvenes, Morales es un maestro ejemplar que les ofrece lograr sus sueños por el buen camino.

Empujando los estudios y el crecimiento

Para Joshue Ashby, la música fue la protagonista de muchos cambios en su vida. A los 11 años comenzó a estudiar violín por recomendación de una amiga de su madre, específicamente para mejorar su conducta. Ante las circunstancias, Ashby asegura que su primera reacción fue de rechazo. “Eso no era para mí. Además, en ese entonces hacer arte o música era motivo para recibir bullying”, añade.

Joshue Ashby ejecuta el violín y es inspiración para decenas de chicos en el país.

Joshue Ashby ejecuta el violín y es inspiración para decenas de chicos en el país.

Durante sus años de aprendizaje, Colón pasaba por mucha delincuencia. Sin embargo, sus padres y sus maestros siempre lo incitaron a encontrar su lugar en la música. Y su vida cambió. “Tenía que escoger entre eso y el diario vivir del barrio y, pues, aquí estoy”, nos dice.

Para Ashby, lo que en su momento inició como un curso obligatorio se transformó en toda una forma de vida. Y así, hoy destaca como un músico nacional de éxito y misión incuestionable, cuya música ha traspasado las fronteras nacionales para llegar a ciudades como Nueva York, Boston y Taipei, por dar algunos ejemplos.

Actualmente, Joshue Ashby se desempeña como profesor de música en la Fundación Danilo Pérez, como músico de la Orquesta Sinfónica Nacional de Panamá y, además, como director del Campamento Creativo Juvenil Musical de Colón. También es fundador de Joshue Ashby & C3 Project, un proyecto musical que busca facilitar el acceso a jóvenes y niños a las oportunidades de estudio y crecimiento. Además de hacer presentaciones, C3 Project realiza giras por el interior del país para inducir a los chicos al ámbito musical.

Su violín se ha convertido en un instrumento de cambio, que al son de melodías clásicas y contemporáneas inspira a decenas de chicos del país. A través del Campamento Creativo Juvenil Musical de Colón, que organiza junto a C3 Project y la Fundación Antonio Tagarópulos, proporciona clases musicales y sesiones para desarrollar las habilidades creativas de la juventud colonense.

“Durante mi vida no he dejado de perder amistades por motivo de la delincuencia. Aunque en menor escala, aún sigue pasando. Mi preocupación por los hijos de estas personas fue la principal motivación para crear en 2011 este movimiento”, explica el violinista, quien en el 2015 participó en el programa Héroes por Panamá, que reconoce la labor social, dedicada y muchas veces silenciosa de los panameños.

Para Ashby, el C3 Project que lidera tiene como ideal la educación continua y se inspira en parte en las enseñanzas del maestro Danilo Pérez, quien le ha inculcado la importancia de la educación incesante. “Y todos en el equipo lo hemos adoptado, pues siempre hay mucho que aprender”, continúa. También reconoce que la música ha sido un proceso de cambio, a veces doloroso e incómodo, pero del que ha obtenido resultados satisfactorios. “Creo que nos hace falta entender que la música es una de esas disciplinas de las que se obtienen resultados tangibles a largo plazo”, dice el artista, con la esperanza de poder lograr a través de ella “un Colón con mejor condición que cuando era considerada como la ‘tacita de oro’, a colonenses preparados para aprovechar las nuevas oportunidades en camino, dándoles una mejor calidad de vida a sus familias y haciendo de Panamá un país de calidad musical internacional”.

Enseñando a los más pequeños…

Katherine Hernández creció en la calle 8, en la avenida Santa Isabel y Meléndez de Colón, y aunque su primera aventura artística fue con el dibujo y la pintura, su interés por la música y su pasión por el piano fueron más fuertes.

Katherine Hernández dedica su tiempo a enseñarles música a los niños de su provincia natal.

Katherine Hernández dedica su tiempo a enseñarles música a los niños de su provincia natal.

Con solo 24 años de edad, la más joven de este grupo de artistas colonenses, Hernández nos sorprende y deleita por su talento y porque ya da sus primeros pasos para dejar una huella en los demás a través de la música. Tras años de estudio, Hernández decidió que la música sería su profesión e ingresó a la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de Panamá, donde el año pasado se recibió como licenciada en el instrumento.

Hoy, autores como Frédéric Chopin y Claude Debussy forman parte de su repertorio artístico, influenciado en gran parte por la música del romanticismo y su continua expresión de la emoción y la intuición. Pero para la pianista, que en 2013 ocupó el tercer lugar en el Concurso Nacional de Piano, las melodías adquieren un valor real cuando son ejecutadas a favor de una causa “que sirva para ayudar a los demás… y en la que se realicen conciertos para los niños en los hospitales o a favor de las personas necesitadas”, señala la artista.

Este año, Hernández decidió ingresar a la Facultad de Ciencias de la Educación en la Casa de Méndez Pereira con miras a contribuir con la formación musical en su provincia y revertir las bondades que aporta la música en otras personas, en especial los niños. “Ellos son capaces de hacer muchas cosas que los adultos ni imaginamos”, afirma esta joven talentosa, quien a pesar de su corta edad ha establecido un coro infantil dentro de la iglesia que frecuenta e imparte clases de música a los pequeños pacientes del Hospital del Niño.

 

Un percusionista que encontró su pasión

Eric Blanquicet es hijo único que creció bajo los ojos protectores de sus abuelos. Proviene de calle 8 y Meléndez, sector conocido como El Vaticano, “un barrio difícil y fuerte”, describe el artista.

Como percusionista, Eric Blanquicet no duda de las propiedades formativas y reconstituyentes de la música en la sociedad.

Como percusionista, Eric Blanquicet no duda de las propiedades formativas y reconstituyentes de la música en la sociedad.

Recuerda Blanquicet que su relación con la música se inició desde pequeño, estando en quinto grado del colegio. “Tocaba el bombo en la escuela y además cantaba en el coro de la Parroquia Virgen del Carmen”, comenta. Su segunda incursión musical se dio años más tarde, cuando estaba en quinto año de secundaria, esta vez con el Cuartel de Bomberos, tocando la caja.

Al graduarse, optó por trabajar, dejando de lado el aspecto musical. Y aunque pasó un año sin tocar ningún instrumento, la música volvió a llamarle. Bajo la instrucción del maestro Cornelio Núñez, ingresó en el año 2005 a la escuela de música del Cuerpo de Bomberos como estudiante de trompeta, donde comenzó a tomar su vocación más en serio. “Estaba claro que lo mío era la música”, dice Blanquicet, quien en su haber experimentó con varios instrumentos y ritmos hasta sentir el llamado de la percusión. “Si hoy me preguntan cuál es mi instrumento musical, respondo sin lugar a dudas, que la percusión”, afirma.

Hoy, a sus 29 años, es estudiante en la Fundación Danilo Pérez y destaca como docente y músico en el Joshue Ashby & C3 Project y como tallerista desde 2010, en el proyecto Luna Llena de Tambores que lidera el músico panameño Alfredo Hidrovo.

A través de esas experiencias, ha podido descubrir las propiedades formativas y reconstituyentes de la música en la sociedad, participando en los campamentos musicales y conciertos junto a C3 Project y en los talleres formativos y sesiones terapéuticas que ofrece el colectivo Luna Llena de Tambores, a adultos mayores y personas con síndrome de Down, por ejemplo, sin contar con los conciertos mensuales de este colectivo, que congrega a miles de personas.

Para Blanquicet, la música representa un camino que le ha aportado satisfacciones. “Poder enseñar es una forma de retribuir a Dios y a la comunidad las oportunidades que en su momento me brindó”, asegura con el anhelo de quien sueña en grande.

Fotos: Tito Herrera

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