Cuerpo y Alma

Dejarlos ser

Un colega y amigo me contó que un paciente al que atendió hace años le pidió ayuda para escribir un libro sobre su vida. Hoy día es un empresario y exitoso director de teatro que vive a caballo entre Panamá y Argentina, y que quiere animar a los jóvenes que viven en pobreza a explotar sus talentos y a no sucumbir ante las adversidades. Durante su camino, tuvo que enfrentar el escollo de la falta de apoyo parental. Recién graduado de un prestigioso colegio, con un currículo académico y una conducta ejemplares, sus padres ya tenían todo listo para su ingreso en la facultad de medicina. Venía de tres generaciones de médicos y tenía las aptitudes necesarias para continuar la saga. Desde que era pequeño, escuchaba comentarios sobre lo buen doctor que sería y muchas bromas de los papás haciendo apuestas sobre su futura especialidad. “Cardiólogo como el abuelo” –decía el papá. “No, será neurocirujano como su tío” –refutaba en broma y en serio una orgullosísima madre. En el álbum familiar hay decenas de fotos del chiquillo disfrazado de médico en las actividades del preescolar al que asistió por cuatro años.

Lo cierto es que durante su infancia nada hacía presagiar cuál sería el verdadero futuro profesional de la joven promesa, al menos para la familia. En la intimidad de su habitación se la pasaba dibujando, sobre todo tiras cómicas y escribiendo cuentos. A nadie le contó su secreto. Temía que se burlaran de su vena artística y creativa. Además, tenía registrado en lo más profundo de su psique que sería doctor y nada más que doctor. Supuso un chorro de agua fría cuando, a punto de finalizar el segundo semestre y con notas sobresalientes, les dijo a sus padres que no quería seguir con la carrera de medicina sino dedicarse a su verdadera vocación: la animación. “Morirás de hambre” –le reprochaba su padre enfadadísimo–, “estás haciendo una auténtica locura”.

Su madre tampoco lo apoyó; no entendía cómo su hijo estaba dispuesto a renunciar a un futuro asegurado. Por meses, incluso, no le hablaron. Dejaron claro que no estaban de acuerdo con su proceder y que no aportarían un centavo para su nuevo proyecto. Una forma de presión que nunca funcionó porque él se las ingenió para conseguir una beca e iniciar estudios universitarios en el campo que lo apasionaba. Incluso, buscó un trabajo de medio tiempo para costearse sus gastos. Lo que vino a continuación fue una historia de superación contra viento y marea, pero con final de película: hoy en día, tras años de ser el jefe creativo de una gran empresa, tiene dos compañías de publicidad y es productor y director de teatro.

Casos parecidos también me ha tocado ver a mí en la consulta. Continuamente, me llegan progenitores muy molestos porque los hijos se rehúsan a seguir sus recomendaciones, no solo relacionadas con elecciones de carrera. Muchas veces los acompaño en la guía que quieren marcar a sabiendas de que tienen toda la razón. Pero otras tantas –y sobre todo cuando hay mucho enojo de por medio– debo explorar de dónde nace la frustración de los padres. Porque si bien es normal y deseable que se interesen por los pasos que va a dar el hijo e intenten convencerle de que su experiencia como adultos debe ser atendida, cuando hay demasiada insistencia y ese interés se antepone a todo –incluso al amor y la relación paterno filial– puede haber algo más…, algo muy personal e inconsciente que, sin mala intención, está moviendo al progenitor desde sus entrañas y haciendo proyectar en su hijo sus propias insatisfacciones, anhelos o asuntos inconclusos.

Cuando confronto este tema, la primera respuesta suele ser de negación. No es fácil explorar las raíces profundas de las reacciones que tenemos con nuestros seres queridos. Pero es indispensable. Y para ello como primer paso les explico qué es una proyección, un término acuñado por Sigmund Freud que en la psicología moderna (en especial, la profunda) se sigue utilizando en referencia al proceso de atribuir a otros lo que le pertenece a uno mismo, de tal forma que aquello que percibimos en los demás es en realidad una imagen de algo que nos pertenece. Y este algo puede ser un sentimiento, una carencia, una necesidad o un rasgo de nuestra personalidad.

Si bien la proyección es un mecanismo que puede ser activado ante cualquier persona, es con los hijos donde cobra especial relevancia, ya que ellos están a nuestra vera y dependen de nosotros en todos los sentidos. Sobre todo, emocionalmente.

Los padres del joven que hoy es empresario y director de teatro le decían a mi amigo que estaban preocupados porque su hijo no pudiera lucrarse económicamente y que eso derivaría en una gran frustración, algo que se entiende perfectamente y legitima su reacción inmediata. Pero –como ellos mismos admitieron unos años después– había algo más. Al papá le disgustaba que su único hijo varón no continuase la trayectoria profesional de la familia y que esto defraudase a su propio padre (el abuelo del chico), un hombre brillante pero muy frío y crítico; y la mamá sentía mucha vergüenza social cada vez que hablaba del tema con sus amistades. Tener un hijo dedicado al sector de la animación le parecía poco formal y rompía –en su mente– la idea de familia perfecta con prole perfecta.

He dedicado muchas intervenciones para bajar la tensión por asuntos derivados de las proyecciones parentales en referencia a vocaciones profesionales, pasatiempos, actividades extracurriculares, ropa, amigos y, en general, muchas de las decisiones que los chicos quieren tomar. Pero el asunto se complica cuando se extiende no solo al hacer sino también al ser. Y cuando esto sucede, cuando al joven se le cortan las alas para ser él mismo en aras de que se convierta en lo que sus papás –desde sus fantasías y necesidades personales– quieren que sea, se le hiere y frustra hasta tal punto de que se le aniquila (psicológicamente hablando).

Por eso –y como dice la psicóloga Martha Alicia Chávez, autora del libro Tu hijo, tu espejo– cuando un progenitor insiste demasiado, presiona mucho o se encuentra muy enojado porque uno de sus descendientes no accede a algo, debe volver la mirada hacia sí mismo y revisar cuál es la parte de la propia historia que se está tratando de resolver a través de él. De esta manera, lo dejamos libre para que viva la suya propia desarrollando sus capacidades y cumpliendo el propósito para el cual está aquí.

Fotos: Getty Images

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Alicia Rego Otero

Alicia Rego Otero

Casada. Cuarenta y ocho años. Psicóloga. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Pontificia de Salamanca. Por más de cinco años autora de la columna Psicólogo en casa en un periódico local, y más de diez como psicóloga en un centro educativo. Hoy se dedica al estudio de la psicología profunda y a la terapia re educativa de chicos con familias disfuncionales o de bajos recursos.