Ciencia y Salud

Los niños y su inteligencia emocional

Aprender a manejar las emociones desde edades tempranas es esencial. ¿Cómo lograrlo y por qué es tan importante?

María tiene cinco años y hace unos meses llegó a mi despacho con su mamá. El motivo de su visita era su dificultad para manejar la frustración. Cuando algo no salía como ella esperaba, perdía el control: gritaba, pataleaba y se tiraba al suelo. La situación solía terminar en un llanto desbordante que las dejaba exhaustas. Pasado un tiempo, lograba tranquilizarse, tomaba conciencia y se disculpaba. El huracán se había ido, pero no lo que dejaba: confrontaciones en casa, notificaciones en el colegio, deterioro en las relaciones sociales y familiares…

Nuestra sesión transcurrió de manera exitosa. Al quedarnos solas se volvió a descontrolar, pues solamente quería estar con su mamá y con su peluche, pero para sacarla del tantrum y comprender por qué ocurría, puse en práctica ciertas herramientas que también pueden ser utilizadas con niños en otros contextos y situaciones:

  • Ofrecer una alternativa viable: La invité a jugar con otros ositos que yo tenía en una casita de juguete.
  • Propiciar un cambio a nivel físico: Le indiqué que antes de jugar debía lavarse su carita (lo hicimos sin prisa y con agua fresca) y hacer unos ejercicios (saltar abriendo y cerrando las piernas, mientras subía y bajaba los brazos dando palmas).
  • Inducir la raíz del problema mediante el juego: Nos sentamos y le pedí que inventara una historia con uno de los ositos. Escogió al más pequeño y en voz alta hizo un juego de roles. Cuando finalizó, llevó al osito a su cama y dijo: «Ahora me voy a dormir, la verdad es que estoy agotado».

Terminé la sesión intentando que, aun con su corta edad, ella viera el paralelismo de algunas de las escenas de lo narrado y su propia historia.  Entre otras cosas le enseñé a:

  • Revisar las señales que mandaban su cuerpo y mente al sentirse agobiada o cansada.
  • Reconocer las emociones difíciles que solían venir a continuación.
  • Validar otras emociones que estaba reprimiendo, como el enojo y la angustia (derivadas de un conflicto en la dinámica familiar que tocó trabajar con más tiempo), y
  • Definir qué podía hacer para autorregularse ella misma.

El caso de María no es aislado. Les pasa a muchos niños y niñas a los que se les tilda de malcriados, pero quienes con una guía adecuada pueden superarlo y adquirir útiles herramientas para el resto de la vida. Por eso la importancia de que, como padres, les ayudemos a lograrlo.

Estimular la inteligencia emocional en niños, desde una edad temprana, les dará las herramientas para la gestión efectiva de sus emociones.

Una mirada al cerebro: entendiendo la inteligencia emocional

¿Cómo explicarle claramente a un niño lo que pasa por su mente cuando pierde el control y explota, a fin de evitar este tipo de comportamientos? Pues contándoselo sencillito. Con María fue a través de un dibujo con el que quería que comprendiera que la integración cerebral ocurre de abajo hacia arriba. Le expliqué que el cerebro, o “la casita que está en la cabeza de una persona”, tiene dos pisos como el hogar de los ositos. Le dije que, si las emociones de los ositos en la planta baja se desbordan, chocan con el techo y se produce un terremoto que causa estragos en la estructura. Hicimos el simulacro y, para su asombro, todos los muebles del piso de arriba salieron disparados.

A los padres les doy la misma explicación, pero con los tecnicismos que ameritan conocer: la planta baja del cerebro incluye el tronco cerebral y el sistema límbico, situados en su parte inferior (desde lo alto del cuello hasta aproximadamente el caballete de la nariz). Según los científicos, estas zonas inferiores son más primitivas porque se ocupan de funciones básicas (como la respiración y el parpadeo), de reacciones innatas e impulsos (como la lucha y la huida) y de las emociones fuertes (como la ira y el miedo).

El cerebro superior es muy distinto y más sofisticado. Se compone de la corteza cerebral y sus distintas partes, destacando las situadas justo detrás de la frente, incluida la corteza prefrontal media. A diferencia del inferior, es más evolucionado y puede ofrecernos una perspectiva más amplia del mundo pues allí tienen lugar los procesos mentales relacionados con el pensamiento, la imaginación y la planificación. El cerebro superior es responsable de muchas de las conductas y aptitudes que esperamos ver en nuestros hijos, como tener sentido de la ética, controlar las emociones y algunas reacciones corporales, entenderse a sí mismos, sentir empatía, tomar decisiones o planificar con sensatez. En otras palabras: la inteligencia emocional, una habilidad importantísima para una vida plena que ha de estimularse cuanto antes mejor.

Pero, ¿cómo estimular la inteligencia emocional? Entre otras cosas, favoreciendo la integración vertical de ambos cerebros para que ambos trabajen en equipo. Así pues, la parte superior del cerebro o de “la casa” podría supervisar las acciones de la inferior y contribuir a aplacar las reacciones extremas, los impulsos y las emociones originadas ahí sin dejar de conectar con los sentimientos, los instintos y el cuerpo. Ayudar al menor a construir una conexión o “escalera” (metafóricamente hablando) entre ambas zonas es la clave. Esta permitiría un flujo de energía e información bidireccional y el trabajo de las distintas partes del cerebro como un todo.

Impulsemos actividades en las que los niños puedan manifestar sus sentimientos, como dibujar.

¿Por qué es importante promover la inteligencia emocional en edades tempranas?

Volviendo a mi encuentro con María, su caso nos sirve para comprender mejor eso que a muchos otros menores también suele sucederles en algún momento, como cuando ella se sintió desbordada y el flujo de energía e información bidireccional de su cerebro se bloqueó, dando lugar a la “des-integración”. Sin embargo, cuando hizo los movimientos que le indiqué pudo recuperar el equilibrio emocional y luego jugar con tranquilidad con los ositos. Algo que también favoreció esto fue ese momentito de calma y conciencia plena cuando la ayudé a lavar su cara y a elaborar la narrativa a través de la historia (y con ella a entender qué había detrás de lo que a simple vista parecía una pataleta).

En las siguientes sesiones hablamos de ella y de cómo el cansancio y sus emociones difíciles estaban detrás de sus conductas disruptivas. Y entre las dos diseñamos un plan que incluía otras estrategias como la respiración profunda y un diario de emociones a través de dibujos. Es decir, su propia conexión o “escalera integradora”. Pasado un tiempo su inteligencia emocional logró robustecerse y con ello sus relaciones interpersonales, su proceso de aprendizaje y socialización.

A todos los niños les beneficiaría que se les ayudase a entender su mundo emocional desde que tienen uso de razón. Esto favorece su autoconocimiento y el autorrespeto (básicos para el amor propio) y con ello el conocimiento de otras personas y el respeto hacia ellas. Cuando se educa siguiendo esta línea favorecemos lo siguiente:

  • Una adecuada gestión emocional y manejo de impulsos
  • La asertividad y empatía
  • La resiliencia ante eventos conflictivos
  • Una mayor capacidad para tomar decisiones propias
  • La disposición al liderazgo
  • Una menor propensión al estrés y la depresión.

La base y guía de los niños será siempre lo que ven en el hogar. Brindemos entornos en los que todos gestionemos nuestras emociones de la mejor manera.

Los mejores maestros

El colegio supone un excelente terreno para que los menores aprendan todo esto. De hecho, algunos han incorporado en su currículo espacios para ello, como una materia más. Con creatividad muchos profesores ya hablan hasta con los más pequeñitos sobre el amplio abanico de emociones, la regulación de impulsos, la importancia de la respiración y —como hice yo con María— cómo funciona el cerebro.

Pero es el hogar el mejor abono. Y es que los niños modulan su conducta a través del aprendizaje vicario (el adquirido a raíz de lo que se ve y percibe); con lo cual, si un padre gestiona bien sus emociones, en líneas generales (es de humanos fallar), la integración cerebral del hijo va por buen camino.

En contrapartida, perder los estribos o mandarles mensajes contradictorios (como pedirles que se calmen o porten bien gritándoles o pegándoles) los desconcierta. Esto no implica que se les permita conductas que cruzan límites (como las que conllevan agresividad o faltas de respeto) más cuando el menor no está siendo preso de una emoción difícil que no logra procesar, sino que simplemente busca una ganancia secundaria a través de la manipulación.

Lo anterior es explicado muy bien en el libro El cerebro del niño, un manual extraordinario y rico en estrategias para estimular las habilidades emocionales de los menores, escrito por los doctores Daniel J. Siegel y Tina Payne, del Minsight Institute. Y si bien “no se negocia con un terrorista”, como estipulan en términos jocosos, ellos coinciden con lo que la mayoría de los que tratamos con chiquillos recomendamos: que los papás legitimen y hablen de sus propias emociones. Y si hay alguna emoción difícil que entorpezca sus relaciones interpersonales, que trabajen en ella. Esto les permitiría llevar una vida con más calma, poder conectar mejor con los hijos y llenar sus necesidades afectivas, una fórmula que les ayudaría en la integración cerebral.

Así están haciendo los papás de María a quien, en su última sesión conmigo, no pude más que felicitar por cómo está logrando tolerar las frustraciones, autorregularse y desenvolverse con más ecuanimidad tanto en la casa como en la escuela, eso que queremos que puedan lograr todos los niños. ¡Bien por ella!

Fotos: Getty Images
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Alicia Rego Otero

Alicia Rego Otero

Casada. Cincuenta y dos años. Psicóloga. Licenciada en Letras y Filosofía por la Universidad Pontificia de Salamanca. Por más de cinco años autora de la columna Psicólogo en casa en un periódico local, y más de diez como psicóloga en un centro educativo. Hoy se dedica al estudio de la psicología profunda y a la terapia re educativa de chicos con familias disfuncionales o de bajos recursos.