Historias Humanas

Dos en uno

Indiscutiblemente existe un vínculo especial entre los hermanos gemelos, así lo afirman quienes provienen de un mismo óvulo fertilizado por un solo espermatozoide. Un vínculo que ni siquiera los más avanzados estudios científicos han podido explicar, pero que para ellos es algo natural, una vivencia diaria.

¿Mellizos o gemelos? Suele preguntar la gente cuando se encuentra con una pareja de personas idénticas, aunque muchas veces la nomenclatura depende del país o de la región en que vivan. La Real Academia Española define a los primeros como personas nacidas en un mismo parto y a las segundas como aquellas que provienen de un mismo óvulo. Científicamente se denominan dicigóticos aquellos que son producto de dos óvulos fertilizados por dos espermatozoides, en cuyo caso comparten solo 50% de la información genética, y monocigóticos los que resultan de un óvulo que se divide a los pocos días de la fertilización, ocasionando así que los bebés sean siempre del mismo sexo y compartan la misma información genética.

Para este artículo escogimos tres parejas de gemelos, o mellizos idénticos o mellizos monocigóticos, la selección del nombre la dejamos a su discreción pues lo que nos interesa es dejar de lado los tecnicismos y adentrarnos un poquito en la mente y el corazón de estos seres especiales y únicos…

Caqui y Julie
Imagínese que usted va a tener su noveno hijo y, justo después que nace, el médico le indica que el número nueve es en realidad el nueve y el diez. ¡Tremenda sorpresa! Pero todavía común hace treinta y tres años cuando nacieron Carmen y Julieta Carrizo. El doble alumbramiento ocasionó tanto revuelo entre las amistades de la familia que se organizó una especie de teletón para completar el ajuar de las nuevas bebés, nos cuenta Caqui con una amplia sonrisa.

¿ Y cómo se manejan dos bebés recién nacidas cuando ya se tienen otros ocho? ¿Cómo se divide una madre entre tanto chiquillo? Percibo un tono de voz especial cuando Caqui afirma que su mamá era experta en repartir amor por igual, que la maternidad era una profesión que le venía fácil y que la ejerció a la perfección.

Volvemos a la vida de las gemelas y escucho con atención cuando me cuentan que, de bebés, sus hijos se sentían igual de cómodos con cualquiera de las dos. Me río al escuchar que Julie siempre tuvo facilidad para los números y sin ningún problema se sentaba en su clase de matemáticas y en la de su hermana, mientras que Caqui daba educación física dos veces. Julie, quien se casó un año después que su hermana, confiesa que fue dificilísimo llegar a casa esa noche con el entendimiento que jamás volvería a compartir su cuarto con Caqui.

“Nuestra familia es superunida”, comentan casi al unísono, pero nosotras somos inseparables. La primera llamada en la mañana es para mi hermana, dicen ambas, porque llama la que primero se despierta y durante el día se hablan un millón de veces más. Saben que siempre existe la posibilidad de que algún día tengan que vivir separadas, pero prefieren no pensar en eso porque cuando una de las dos sale de viaje, aunque sea por dos o tres días, el mundo se queda muy solo.

A pesar de todas las similitudes, de todas las confusiones que generaron, incluso para sus padres, Caqui y Julie son dos personas diferentes. Caqui siempre fue más aplicada en el colegio, más organizada y eso es, precisamente, lo que su hermana más admira de ella, la disciplina. Julie, por su parte, es un poquito más despreocupada, pero Caqui nos comenta que tiene una capacidad de análisis que la deja boquiabierta.

Entre ellas no hay celos, ni envidias y no recuerdan una pelea que valga la pena contar. A los 33 años comparten un vocabulario que solo ellas entienden, sienten en carne propia las penas de su gemela y celebran sus alegrías como si fueran propias. Caqui tiene unos mellizos, Ximena y Juan Diego, de 5 años, pero no lo relaciona con su propia herencia; en la familia de su esposo los mellizos son una ocurrencia común.

Desde muy temprano en su vida matrimonial se ingeniaron para que sus cónyuges, que por cierto comparten también muchos gustos y rasgos de personalidad, desarrollaran una amistad en aras de mantenerse cerca la una de la otra. Eso, es una necesidad para ambas.

Gabriel y Alfredo
Me encuentro frente a una pareja que fue el broche de oro para una familia que totaliza ocho hijos. “Yo sólo tenía una cuna, así es que tuvieron que compartirla hasta que pude conseguir otra” me dice su mamá y aún percibo un tono de angustia y sorpresa en su voz, aunque han pasado ya cuarenta años desde el día que nacieron. “Pero eran la sensación en la familia”, los abuelos, sobre todo, se volvieron locos con ellos.

Piensan que la vida hubiera sido supremamente aburrida si no se hubieran tenido el uno al otro puesto que hay cinco años de diferencia con el hermano inmediatamente anterior. Se rehúsan a aceptar las travesuras que hacían de jóvenes gracias a su parecido, pero se percibe la complicidad en el secreto. “No importaba que nuestros hermanos mayores nos consideraran una plaga, en realidad éramos autosuficientes en términos de entretención. En El Valle, por ejemplo, solíamos meternos dentro de un barril y lanzarnos cuesta abajo. A veces terminábamos medio magullados, pero nada del otro mundo”, comentan alegremente.

Se ríen cuando se encuentran con algún compañero de colegio que los llama “tuherman” (abreviación de “tu hermano”) sobrenombre con que se bautizaron desde muy niños y que sólo utilizaban ellos. ¿Parte del dialecto? Recuerdan que les incomodaba que la gente los tratara como una unidad, a pesar de todos los esfuerzos que hizo su mamá por diferenciarlos. Si uno de los dos cometía una falta, los culpables eran “los mellos”.

Gabriel y Alfredo tienen el mismo lenguaje corporal. Se acomodan en el sofá exactamente en la misma posición, se miran el uno al otro antes de contestar mis preguntas y reconocen que sus esposas tienen personalidades muy similares. Gabriel sufrió de leucemia a los 23 años, lo que para Alfredo fue una experiencia sumamente difícil. Lo tranquilizó el que los médicos le confirmaran que era el donante perfecto para su hermano.

Hoy en día Gabriel Preciado es gerente de ventas de la Cervecería Nacional y Alfredo es gerente de producción de la división de no textiles en T-Shirts Interamerica. “Alfredo siempre fue el inventor, el handyman de los dos”, afirma su hermana Margie, “mientras que Gabriel era el vendedor”. Esta diferencia los llevó a ejercer carreras distintas. Es entonces, por su personalidad, que identificamos a cada individuo.

Gabriel admira la perseverancia de su hermano, una cualidad que lo lleva a terminar absolutamente todo lo que empieza. “El se apega a sus planes” comenta Gabriel, “una vez que los diseña, los sigue paso a paso”. Alfredo, por su parte, siente que Gabriel es un poco más impulsivo, más arriesgado, más valiente, quizás, y admira a su hermano por eso. Y aunque de niños a veces se impacientaban cuando la gente los trataba como una sola persona, hoy en día consideran que sus virtudes se complementan de forma sorprendente. “Es como si entre los dos fuésemos una persona completa”.

Roxana y Dagmar
Roxana y Dagmar Varela Cowes son hijas únicas. Nacieron el 11 de octubre de 1952 y crecieron vestidas y peinadas iguales. Eso nunca las atormentó. Su abuela Silvia de Varela les cosía atuendos idénticos, mientras la otra, Elena McGowen de Cowes, las marcaba con sus enseñanzas. “Nos enseñaba con refranes y de ella aprendimos que lo más importante en la vida era reconocer que todos somos iguales”.

De pequeñas no les gustaba que la gente las estudiara minuciosamente. Pero la experiencia que más “sufrieron” fue grabar un comercial para televisión –el primero que efectivamente se grabó– “te podrás imaginar que lo repetían mil veces al día” comenta Roxana y por meses cada vez que llegábamos a un lugar la gente nos vacilaba con el jingle.

Eran tan idénticas que hasta sus padres las confundían, a veces una comía dos veces y la otra no comía, no logran identificarse en las fotos de niñas y por molestar se preguntan si Roxana será la primera Roxana y Dagmar la Dagmar original. Estas confusiones les parecen supremamente graciosas. Dagmar afirma que de adolescente estaba en desventaja pues, al tener problemas para pronunciar la “erre”, la identificaban con solo pedirle que dijera “carro”. Roxana, por su parte, podía imitar la dicción de Dagmar.

Para Dagmar tener una hermana gemela es una bendición. “Nosotras tenemos telepatía”, afirma muy tranquila, como si comunicarse mentalmente con otra persona fuera asunto común y corriente. “Si yo necesito a mi hermana, puedes tener la plena seguridad de que ella va a buscar la forma de comunicarse conmigo… desde antes de los celulares, añade para que yo comprenda que hubo días en que la comunicación no era instantánea”.

“Vivir de dos en dos, te enseña a ser tolerante, paciente, generosa”, dice Roxana, “pero te crea dependencia y se te hace difícil vivir sola”. “Llegué el primer día de clases acompañada, a mi primera fiesta acompañada, todas mis primeras experiencias fueron también las de Dagmar y como antes no existía tanta preocupación por diferenciar a los gemelos siempre estuvimos en el mismo salón” concluye. “Así, los tres períodos en que nos ha tocado estar separadas han sido duros para ambas y no importa en qué extremo del mundo esté la una o la otra, nos comunicamos con frecuencia”.

Nuestros hijos encuentran en la “tía” a otra mamá y los nietos se sienten igual de cómodos con cualquiera de las dos abuelas, pero hijas de ambas concuerdan en que Dagmar siempre fue más estricta. Se nota, además, un poco más pausada, más reflexiva, mientras que Roxana tiende a ser más impulsiva. La primera cocina, la segunda decora. Dagmar, con su mente matemática, puede llevar cuentas al centavo, mientras que Roxana es la artista y aún a larga distancia le puede acomodar la casa a su hermana en cinco minutos. “Es perfecto, somos como piezas de un rompecabezas que embonan justitas”.

Roxana admira a Dagmar porque se exige perfección en todo. “Siempre está impecable, siempre sabe qué decir”. Dagmar, por su parte, considera que su hermana tiene una fortaleza emocional y temple descomunales y por eso se siente orgullosa de ella”.

Con telepatía o sin ella, es un hecho que los gemelos sí tienen un vínculo especial, es algo que se percibe al verlos interactuar. Uno empieza una frase y el otro la termina –igual que la hubiera terminado el que la empezó–, al buscar una anécdota para contar encuentran la misma y la posibilidad de vivir sin su otra mitad suena espantosa. Gracioso, pero las tres parejas manifestaron que muy dentro de su corazón esperan que su gemelo viva los mismo años que él, que puedan llegar a viejos de la mano de la misma persona con que llegaron al mundo.

Fotos: Ariel Atencio y otras cortesía de entrevistados

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